Los Balcanes y el Imperio Otomano

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LOS BALCANES, EL AVISPERO REVISITADO

Alberto Basciani


Entre belle époque y barbarie. Los Balcanes en el ocaso del Imperio Otomano

Desde 1878, en las principales cancillerías europeas se consideraba que la problemática balcánica había quedado solucionada en el Congreso de Berlín, el cual había puesto fin a la guerra ruso-turca, o guerra de Oriente, de 1877-1878. En realidad, al finalizar esa crisis no solo las relaciones entre las grandes potencias resultaban ser más rígidas y tensas –una de las consecuencias de que en mayo de 1881 volviera a reconstituirse el Dreikaiserbund1–, sino que las cuestiones balcánicas quedaban lejos de estar solucionadas.

La presencia otomana en los Balcanes había quedado reducida a una banda de territorio que iba de Oeste a Este y comprendía Albania, Macedonia y la Tracia. Esa zona todavía quedó más restringida cuando en 1885 Bulgaria, después de una guerra victoriosa en contra de Serbia, se anexionó la Rumelia Oriental. Por entonces, las grandes potencias europeas estaban centradas en la expansión imperial por África y Asia, lo cual contribuyó a que disminuyera la atención dedicada al Sureste europeo. Incluso Rusia estaba concentrada en la expansión hacia Asia y en la articulación de su enorme imperio con la construcción del Transiberiano, que había comenzado en 1891. Solo dos potencias parecían directamente interesadas en los Balcanes: Austria-Hungría que acababa de conquistar Bosnia, e Italia la cual, excluida por el momento en la carrera colonial, veía en el crecimiento de su influencia hacia los cercanos territorios del Sureste de Europa (empezando por Albania) una posibilidad real de afirmarse definitivamente como protagonista del concierto de Europa2.

Mientras tanto, la decadencia del «Hombre Enfermo», como había denominado el zar Nicolás I al Imperio otomano, continuaba sin pausa. Junto con las grandes causas estructurales contribuía a su erosión la situación de inestabilidad que se vivía en Macedonia, donde confluían las ambiciones nacionalistas de griegos, búlgaros y serbios. Por ello, bandas armadas compuestas por guerrilleros de esas nacionalidades se hacían la guerra entre sí y luchaban a su vez contra la autoridad del Imperio otomano, implicando de paso a albaneses y a rumanos, que también poseían sus propios grupos armados. Como consecuencia de ello, a comienzos del siglo XX, Macedonia era la región de Europa donde se vivía la situación más aguda de violencia continuada.

Sin duda, hasta 1903 fue Bulgaria la que protagonizó los esfuerzos para acabar con el dominio turco en esa región. En 1893 fue fundada la Organización Revolucionaria Interna Macedonia (ORIM). Dos años más tarde nació otra entidad: el Comité Supremo, más vinculado con los ambientes gubernamentales de Sofía. El resultado de todo ello fue un aumento generalizado de la violencia, llevada a cabo con técnicas muy modernas y en el más absoluto secreto. Las formaciones armadas actuaban por la noche, poseían una muy bien organizada red de apoyo y de financiación, tanto en Bulgaria como en la más remota aldea de Macedonia. Amenazas y promesas le aseguraban el respaldo de las poblaciones civiles3. Hasta 1897 las autoridades otomanas ignoraban la misma existencia de la ORIM4.

El momento apoteósico de esa actividad tuvo lugar durante el denominado alzamiento del día de San Elías, el 2 de agosto de 1903, protagonizado por la Organización Revolucionaria del Interior de Macedonia-Adrianápolis (ORIMA), que a su vez generó una dura represión por parte de las fuerzas otomanas, las cuales hubieron de movilizar una fuerza de 175.000 hombres para acabar con la revuelta. A raíz de la sangrienta insurrección, el emperador Francisco-José y el zar Nicolás II se reunieron y arbitraron un plan de paz conocido como el Programa de Mürzteg (9 de octubre de 1903), que fue respaldado por todos los signatarios del tratado de Berlín. No era sino una variante de los conocidos esquemas intervencionistas al uso, en virtud del cual los cónsules austriaco y ruso supervisarían la aplicación de una serie de reformas dictadas por Viena y San Petersburgo. El programa de reformas obtuvo escasos resultados reales, pero atrajo la atención internacional sobre lo que sucedía en Macedonia5, lo cual sirvió para alimentar el mecanismo de la trampa balcánica por el cual los nacionalistas locales se sentían respaldados y alentados a continuar su lucha.

Deseoso de evitar una nueva guerra abierta en la zona, Abdülhamid II cedió a las exigencias del programa de Mürtzeg y, en consecuencia, Macedonia se convirtió en un infierno en el cual bandas de búlgaros, serbios, válacos, macedonios y musulmanes albaneses organizaban atentados, represalias y asesinatos contra la población civil, los funcionarios, maestros y autoridades religiosas del contrario o las instituciones del gobierno otomano.[…] Ese tipo de guerra sorda y no declarada resultaba profundamente frustrante para los militares y gendarmería del Imperio otomano, que terminaron echando la culpa a los políticos de Estambul o al régimen autocrático del sultán: se abría paso la ingenua teoría de que la representación de los pueblos de Macedonia en el Parlamento otomano resolvería la cuestión. Así, del desgaste sufrido por el Ejército en la campaña de Macedonia surgió la que fue conocida popularmente como Revolución de los Jóvenes Turcos –organizada, más propiamente, por el denominado Comité de Unión y Progreso o CUP–.

En la primavera de 1908 llegaban frecuentes informes a Estambul sobre el descontento entre la oficialidad del Tercer Ejército en Salónica. Entre el 9 y el 11 de junio se supo que el rey de Inglaterra y el zar de Rusia se habían reunido en Reval (actual Tallin), en Estonia, y habían discutido sobre el futuro de Macedonia. Ese fue el momento decisivo en el que los coordinadores de la conspiración decidieron actuar para derrocar al régimen hamidiano. Así, en julio de 1908, un alzamiento encabezado por oficiales al mando de las tropas desplegadas en Macedonia y Tracia puso punto final al régimen tiránico del sultán Abdülhamid II en un contexto caracterizado, por lo menos en sus comienzos, por grandes entusiasmos y esperanzas. En muchas ciudades, empezando por Salónica, muchedumbres de cristianos, musulmanes y judíos se echaron a las calles aclamando el Ejército y gritando «¡Libertad, igualdad, hermandad, justicia!»6. Con el poder en manos de los Jóvenes Turcos, pareció por un momento como si la vieja idea del cosmopolitismo otomano, reforzada por la percepción de que el Estado no era ya una emanación del sultán, sino que pertenecía a todo el conjunto de la «nación otomana», hubiese vuelto a ser el nuevo eje de la política del Imperio7.

Sin embargo, la Revolución de los Jóvenes Turcos no trajo el apaciguamiento en los Balcanes, y menos aún en Macedonia, donde pronto se olvidó el entusiasmo y las expectativas que habían generado el golpe del Comité de Unión y Progreso. Ya desde el otoño de ese mismo año de 1908, la violencia y el terror desencadenado por las acciones terroristas de las distintas bandas armadas8, se volvieron más contundentes que nunca. […] Según había sido capaz de contabilizar el Balkan Committee, solo a lo largo del invierno de 1907-1908 cerca de treinta mil personas habían tomado la decisión de dejar las provincias europeas del Imperio otomano con destino, sobre todo, a los Estados Unidos como meta final de su exilio9. Semejante emigración parecía poner de manifiesto cómo las poblaciones civiles habían entendido, de alguna manera, que la situación de la región en el futuro solo podría empeorar y que, tarde o temprano, la guerrilla estaba destinada a dejar el sitio a una verdadera guerra.

Muchos eran los indicios que llevaban hacia semejante conclusión. En septiembre de 1908, cuando aún los entusiasmos provocados por el golpe del CUP no se habían evaporado del todo[…], un geógrafo británico hizo una interesante reflexión sobre el modelo de desarrollo de las infraestructuras puesto en marcha en los Balcanes. Escribía Noel Buxton cómo los ferrocarriles podían ser el instrumento decisivo para impulsar una verdadera modernización de la península balcánica; pero, al mismo tiempo, el estudioso lamentaba las escasas líneas puestas en servicio. Y las nuevas, aún en fase de proyecto, solo respondían a exigencias militares y estratégicas, siendo Austria-Hungría y Rusia los más fervientes patrocinadores de esa manera de actuar10. […] El modelo que las clases dirigentes balcánicas, animadas por un fuerte sentido nacionalista, tenían como punto de referencia, por supuesto, los países occidentales. Consideraban que impulsar la construcción de escuelas –sobre todo primarias–, aparatos burocráticos y ejércitos hubiera bastado para impulsar tanto el proceso de state building como un fuerte crecimiento económico. Sin embargo, en muchos casos el resultado más visible fue convertirse en cómicos imitadores de las instituciones occidentales11. […] Así que junto con una clase de pequeños agricultores creció muy pronto una agresiva y ambiciosa casta de empleados y funcionarios que no solo se convirtieron en los protagonistas de la vida ciudadana, sino que utilizaron los recursos del Estado para fomentar sus ambiciones de ascenso social y económico, y llegaron a ser piedra de toque de unas políticas nacionalistas que desde las respectivas capitales miraba hacia tierras irredentas; y entre todas Macedonia, muy especialmente12 […].

Todo ello ponía de relieve, una vez más, que en la creciente importancia de las crisis balcánicas poseían una enorme importancia los designios de las grandes potencias, expectantes ante el previsible destino final del Hombre Enfermo. A este respecto cabe distinguir entre el protagonismo de las tensiones internas en los Balcanes, impulsadas por los nacionalistas locales, y la acción de las grandes potencias, lanzadas al reparto del mundo, incluyendo los viejos imperios medievales que se estaban desmoronando, y que entre 1911 (Imperio chino) y 1918 (Imperio otomano) iban a desaparecer para siempre. Es importante subrayar esta distinción para comprender la relación entre las crisis balcánicas de 1908-1913 y la Gran Guerra de 1914: en realidad, esta no comienza por la voluntad de los asesinos del archiduque, sino que es una consecuencia de los pulsos entre las grandes potencias. A su vez, estas consideraciones ayudan a entender el sorprendente fenómeno que tuvo lugar en el verano de 1914, cuando una más de las «crisis de Oriente» desbordó su marco de desarrollo habitual, produciendo la ignición de una guerra en Occidente, sinapsis que ni antes ni después se repitió.

La consecuencia de 1908: Entre grandes potencias y cuestiones locales

La crisis de Macedonia llevó a la Revolución de los Jóvenes Turcos, y esta a la anexión de Bosnia-Hercegovina por el Imperio austro-húngaro, haciendo de 1908 un año crucial en la escalada de las tensiones balcánicas. Por entonces, Viena había decidido anexionarse formalmente Bosnia-Hercegovina que regentaba con «permiso» de Estambul desde el Congreso de Berlín. En todo ese tiempo, los austriacos habían ejercido sobre el tal territorio, que era su única colonia, una notable labor pacificadora y modernizadora de las estructuras sociales y administrativas. Pero por otro lado, la anexión formal de Bosnia perseguía claramente cerrarle la salida al mar a Serbia, que por entonces era ya una potencia balcánica de cierta consideración. Al mismo tiempo, además de estas razones políticas, estratégicas e históricas, los círculos nacionalistas de Belgrado, así como la misma opinión pública serbia, no olvidaban que en Bosnia-Hercegovina, aún a comienzos del siglo XX, unos seis mil propietarios musulmanes mantenían bajo un régimen poco menos que feudal o semifeudal a cerca de cien mil campesinos serbios.

Más allá, Rusia, derrotada y humillada en la reciente guerra contra los japoneses, tan solo tres años antes, que a su vez había desencadenado una revolución social (27), transigió entre grandes muestras de frustración, lo que obligó a Belgrado a hacer lo mismo (28). Para las fuerzas nacionalistas de Belgrado la anexión de Bosnia a Austria-Hungría fue una dura humillación que solo mostraba la incapacidad de las fuerzas políticas para llevar a cabo las aspiraciones nacionales del pueblo serbio. Desde entonces los oficiales de la organización secreta de la «Mano Negra» adquirieron más influencia en la vida pública y decidieron aumentar los esfuerzos para incrementar la penetración cultural, política y militar en todas las tierras serbias irredentas, empezando justamente con Macedonia. En 1911, en Belgrado esos mismos oficiales crearon otra organización, «Unión o Muerte», con el objetivo de luchar para unir con Serbia a todas sus tierras irredentas: Bosnia, Montenegro, Vieja Serbia (Kosovo), Macedonia, Eslavonia, Voivodina, etc.13[…].

La contrarrevolución que tuvo lugar en Constantinopla en abril de 1909 puso en estado de alarma a todas las formaciones políticas que rompieron la frágil tregua cuando el gobierno otomano, a partir de dos leyes ad hoc, la de las asociaciones y la ley para la prevención del bandidaje, declaró ilegales todas las organizaciones tanto políticas como culturales de los distintos grupos étnicos. Como estaba previsto, la violencia retomó la escena con un nuevo protagonista: esta vez los Jóvenes Turcos armaron bandas de irregulares musulmanes. […] Por lo tanto, 1908 abrió para Rusia un doble frente en el tablero balcánico. De un lado, el ya preexistente, dirigido a expulsar al Imperio otomano de Europa, definitivamente, lo que suponía situarse a las puertas de la antigua Constantinopla. Del otro, contener a Austria-Hungría, que a su vez deseaba contrarrestar el auge de Serbia como potencia regional, con capacidad para intervenir en su colonia de Bosnia-Hercegovina. La prensa austro-húngara venía lanzando contra Serbia una ofensiva que no se limitaba a fustigar a la clase dirigente en el poder por entonces en Belgrado. Según escribían los periódicos vieneses, el pueblo serbio en su conjunto era un puñado de terroristas y agitadores cuyo principal propósito era preparar artefactos explosivos y sembrar discordia entre las poblaciones balcánicas; y sobre todo entre los súbditos eslavos de la doble monarquía14 […].

De otra parte, la situación de tensión entre las grandes potencias regionales era espoleada por los pequeños actores locales, que aparte de enfrentarse entre ellos, no dudaban en plantar cara a las potencias o intentar implicarlas en sus planes. Italia, cuya existencia como Estado unitario era bien reciente, era uno de esos actores que se estrenaba en los Balcanes precisamente por esta época. Destaca, por ejemplo, la firma, en octubre de 1909, de los acuerdos de Racconigi entre Italia y Rusia. A través de este pacto las dos potencias, ambas afectadas por los acontecimientos de 1908, intentaban tutelar sus propios intereses en el Sureste de Europa15. Aunque aún no estaba militarmente preparada, Rusia empezaba a construir su propia reserva de caza en los Balcanes, con una clara perspectiva antiaustriaca16. A partir de 1910 el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sazonov, comenzó a presionar para que se constituyera un eje balcánico entre Bulgaria y Serbia, dirigido en lo militar contra el Imperio otomano, pero desde una perspectiva política en contra del rival Austria-Hungría17 […].

Asimismo, el primer ministro búlgaro Ivan Gešov (que había logrado encabezar una coalición de gobierno formada por nacionalistas y progresistas) estaba destinado a enfrentarse a la firme actitud otomana.[…] El primer ministro intentaba defender los intereses de los búlgaros de esa región y, al mismo tiempo, satisfacer las ambiciones (cada vez mayores) de los ambientes más nacionalistas empezando por su propio rey Fernando II. Los planes de Gešov fracasaron ante la rigidez de los Jóvenes Turcos, que no transigían en aplicar trato preferente a ninguna de las nacionalidades de sus dominios europeos18. Ante esta situación, a lo largo de 1910, el mando del Ejército búlgaro se puso a trabajar en el denominado «Plan A», es decir, la preparación de la guerra contra Turquía19[…].

Por entonces persistían las dudas sobre la capacidad militar otomana, en un momento en el cual la revolución de los Jóvenes Turcos podría estar contribuyendo a regenerar decisivamente al Imperio, modernizándolo y aportando el apoyo político y social de sus poblaciones constitutivas. En tal sentido, la derrota rusa ante los japoneses, en 1905, había sido toda una revelación, un ejemplo para los militares otomanos: el viejo adversario ruso no solo no era invencible: su nivel de decrepitud parecía superar con mucho el de su propio imperio. Resultaba evidente que un pueblo no europeo podía modernizarse en un tiempo récord hasta el punto de poner en serios problemas a los occidentales y que el recurso a la fuerza militar era perfectamente válido en esa carrera contrarreloj20. De repente, Japón se convirtió en un modelo antiimperialista y no solo para los otomanos: nacionalistas filipinos, iraníes, birmanos o indios comenzaron a pensar que había llegado la hora de las naciones no europeas21 […].

Vivida en el día a día desde Estambul, la realidad era más prosaica. El nuevo régimen luchaba con grandes dificultades y se fragmentaba internamente, mientras que las divisiones políticas afectaban la coherencia y efectividad de las fuerzas armadas. Y precisamente, la potencia encargada de demostrar que el caballero estaba malherido dentro de su propia armadura fue Italia, quien en septiembre de 1911 se lanzó a ocupar el último resto del Imperio otomano en el Magreb: la costa libia, con Trípoli y Bengasi22. El impacto internacional de la guerra de Libia, que la escuadra italiana llevó más tarde a las islas del Dodecaneso y hasta los mismos fuertes de los Dardanelos, no fue en absoluto desdeñable. Primero, porque una potencia hasta entonces considerada menor, se atrevía a atacar al Imperio otomano en su mismo corazón, con una tecnología militar y unas tácticas consideradas muy innovadoras para la época, dejando en evidencia la obsolescencia de la maquinaria de guerra turca23. Pero, en segundo lugar, los italianos se atrevían con regiones del imperio de población íntegramente musulmana, como era el caso de Libia. De hecho, el ataque italiano provocó un verdadero paroxismo de indignación entre los musulmanes del imperio, muchos de los cuales se ofrecieron como voluntarios para ir a defender a los hermanos en la fe.

Por otra parte, ante la solitaria aventura imperialista de los italianos, los firmantes del Tratado de Berlín de 1878, no habían hecho absolutamente nada por impedirla u obstaculizarla. Resulta fácil de entender que los nuevos Estados balcánicos se inflamaran a su vez ante la audacia italiana: solo la fuerza expulsaría a los turcos de los Balcanes, las grandes potencias occidentales ya no parecían dispuestas a defender la integridad del Imperio otomano; el Hombre Enfermo seguía estándolo sin que la revolución regeneracionista de los Jóvenes Turcos pareciera haberlo revitalizado y, lo que era más importante, incluso potencias menores podían batirlo en el campo de batalla sin necesidad del apoyo militar de los «hermanos mayores». Esta última cuestión resultó ser trascendental para entender por qué las guerras balcánicas contribuyeron al desencadenamiento de la Gran Guerra, en 1914.

Las guerras balcánicas

La guerra italo-otomana o guerra de Libia es un conflicto muy olvidado en los manuales de historia; y sin embargo, tuvo un efecto importante en el Imperio otomano. En primer lugar, porque a diferencia de lo ocurrido en los Balcanes, Libia era una provincia poblada íntegramente por musulmanes, en la cual la soberanía otomana nunca había sido cuestionada. Esto no podía sino tener un profundo impacto en un imperio que había perdido casi todas sus provincias balcánicas y en 1911 se componía, básicamente, de Anatolia, Próximo Oriente y Arabia, además de Libia: es decir, era predominantemente turco-árabe. En tal sentido, la agresión italiana tuvo un efecto unificador al principio, galvanizando a los árabes del imperio que se ofrecieron como voluntarios para defender lo que muchos consideraban ya su legítimo Califato24.

Sin embargo, el ataque italiano era en sí mismo un síntoma muy alarmante para Estambul: incluso una potencia menor se atrevía a emprender una guerra de estilo imperialista, en solitario, contra el Imperio otomano. […] Inicialmente, para Roma fue una campaña limitada, que en su afán por superar las graves contradicciones internas que suponía la consolidación del Estado italiano creado hacía poco más de medio siglo –y las vergonzosas derrotas antes las tropas etíopes en Adua, en 1895– buscaba la formación de un imperio mediterráneo aunque se contentaba, de momento, con la Tripolitania. Pero ante la eficaz defensa del interior que emprendieron las fuerzas otomanas enviadas como refuerzo, con ayuda de los beduinos de la orden de los senusis, de origen sufi, los italianos se atrevieron a presionar más audazmente para conseguir la capitulación otomana. En la primavera de 1912 llegaron a ocupar las islas del Dodecaneso, a un paso de la costa de Anatolia y su escuadra bombardeó los fuertes otomanos a la entrada de los Dardanelos25. Paralelamente, organizaron la entrega de armas a montenegrinos y albaneses para atizar la guerra en los Balcanes.

La guerra italo-turca excitó de forma decisiva a los nacionalistas balcánicos, que creyeron había llegado el momento de lanzarse a expulsar a los turcos de Europa, definitivamente. En marzo de 1912, serbios y búlgaros firmaron un acuerdo de alianza y poco después, el 29 de mayo, siguió otro entre Grecia y Bulgaria. Esta arquitectura diplomática se completó en septiembre-octubre de 1912 con la adhesión del Reino de Montenegro, que poco antes se había proclamado independiente. Había nacido la Liga Balcánica, y ya era imposible ocultar su clara orientación antiturca. […]

En realidad, la marcha de los acontecimientos preocupaba, y mucho, en San Petersburgo. Las maniobras bélicas italianas y el cierre de los Estrechos decidido por las autoridades otomanas aportaron un grave perjuicio a la economía rusa […]. Una vez más, San Petersburgo tuvo ocasión de experimentar la importancia estratégica de los Estrechos para todo el sistema económico, militar e industrial de Rusia26. Por otra parte, los diplomáticos zaristas no parecían tener bajo control los acontecimientos y sobre todo las maniobras de los países balcánicos en una situación casi histérica, en la cual Sazonov tenía miedo de caer en una nueva humillación, tras la de 1908, solo cuatro años atrás27 […].

La nueva alianza balcánica no poseía ningún significado antiaustriaco solo representaba a una coalición de potencias locales decididas a terminar definitivamente con la presencia turca en el Sureste de Europa. Y eso era así porque, en parte, Rusia no deseaba lanzarse a una guerra para respaldar unos objetivos bélicos contradictorios y que, además, se solapaban con los suyos propios. Por lo tanto, y dado que los rusos no parecían garantizar nada concreto, ni ir detrás de los objetivos ambicionados por los balcánicos estos, como explicaba el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Sazonov, en sus memorias –en muchos casos bastante evasivas–, tendían a actuar por su cuenta y no estaban dispuestos a que Rusia actuara como árbitro en sus propios designios28.

Así, entre septiembre y octubre de 1912 todo estaba listo para empezar el conflicto que puntualmente, tal como los aliados habían previsto, se desencadenó sin que nadie tuviera la posibilidad de detenerlo. Los países aliados, que sumaban juntos diez millones de habitantes, desafiaban a un imperio que contaba 26 millones. En tales condiciones frente la mirada asombrada de la opinión pública europea –con un componente de admiración como si el público se encontrara ante un espectáculo a la vez exótico y bárbaro– el Sureste de Europa dio el paso que le separaba del terrorismo y la guerrilla, a la abierta conflagración. Y esta se iba a desarrollar a la vez en diversos frentes, por la acción de distintos ejércitos, todos ellos determinados no solo a derrotar su adversario, sino también a terminar definitivamente con él.

Por extensión territorial, por el número de tropas implicadas, la complejidad de las operaciones militares y la modernidad de las armas y técnicas utilizadas, la guerra que estalló en los Balcanes en el otoño de 1912, no tuvo precedentes en la historia militar de la región29. Dos fueron los frentes donde se desarrollaron las operaciones bélicas: uno, el oriental, en Tracia; y otro el occidental, en Macedonia, Epiro, Kosovo y Sančak[…].La organización y la disposición en los distintos teatros de guerra de esta enorme masa de soldados fue posible gracias a la extensiva utilización de trenes y modernas técnicas de ingeniería militar. En este sentido, las guerras balcánicas resultaron militarmente novedosas; y también lo fue la enorme movilización de las respectivas opiniones públicas: las tropas desfilaban antes de ir al frente por las calles más céntricas de las principales ciudades, saludadas por las muchedumbres. Muchos fueron los voluntarios que pidieron enrolarse, y esa oleada de patriotismo se manifestó hasta en los lugares más remotos. Los intelectuales y periodistas lograron que pasara el mensaje de la cruzada en contra del oscurantismo otomano y de la sagrada lucha para que los «Balcanes volvieran a los pueblos balcánicos30».

Las operaciones militares se desarrollaron con rapidez y determinación y, pese a una desesperada resistencia intentada por las fuerzas otomanas –emblemáticos fueron los sitios de las fortalezas de Scutari, Jannina y Adrianopolis–, en la primavera de 1913 se iniciaron en Londres las negociaciones de paz que concluyeron el 30 de mayo con la firma de un tratado: de hecho con la única excepción de Constantinopla y el extremo de la Tracia Oriental, los turcos habían sido expulsados definitivamente de Europa.

A pesar de la mediación de San Petersburgo, resultó bastante más difícil concluir un acuerdo definitivo entre los aliados balcánicos para la división de los territorios conquistados, especialmente en Macedonia. Se puede afirmar que de alguna forma, tanto las negociaciones que precedieron a la guerra, como el desarrollo de la contienda, marcaron el fin de la vieja Europa de las grandes potencias y estrenaron un modus operandi que, al cabo de dos años, el resto de las potencias hubieran adoptado en las fases anteriores al estallido de la guerra y, sobre todo, durante la misma contienda, cuando a los protagonistas iniciales se añadieron otros nuevos. Lo que pasó en las cancillerías del Sureste de Europa fue que en la determinación de acabar con el adversario de siempre y la voluntad de aprovechar a toda costa las situaciones políticas y estratégicas más favorables, no se atendió a una esmerada preparación diplomática. Los grandes problemas que desde hacía años envenenaban las relaciones interbalcánicas, simplemente no fueron planteados.

Ante la perspectiva de conquistar Salónica, Uskub o Adrianápolis, los problemas étnicos y territoriales relativos sobre todo a Macedonia se transformaron momentáneamente en «detalles» que deberían encontrar la solución adecuada después de la victoria militar. El resultado fue que, a tan solo unas semanas de la firma del Tratado de Londres, estalló una nueva guerra balcánica, la segunda. Esta vez, el escenario era bastante distinto. Bulgaria, convencida de su superioridad militar, atacó de repente a sus ya ex aliados a finales de junio. En realidad lo que sucedió fue el resultado de dos factores: de un lado el debilitamiento de las relaciones entre Sofía y San Petersburgo: Sazonov ya había avisado a los búlgaros de que, en caso de alguna contingencia bélica inesperada, no podría esperarse ningún respaldo por parte de Rusia31; y, por otro lado, un verdadero golpe jugado por el rey Fernando I y el jefe de Estado Mayor Savov en contra del mismo premier Danev32. En definitiva, en aquellas fatales semanas en Sofía tuvo lugar una verdadera e irremediable fractura entre las autoridades civiles y los mandos militares. Aunque ambos perseguían el mismo objetivo, no supieron en modo alguno trabajar juntos y dejaron aún más espacio al autoritarismo, a las maniobras y a las ambiciones del zar Fernando33.

El resultado fue una verdadera catástrofe militar para los búlgaros, que se vieron a su vez atacados también por los rumanos y los turcos. Ya a comienzos de agosto el fracaso era evidente y ante la concreta posibilidad de que la misma capital, Sofía, fuera conquistada, el rey Fernando –quizás el principal responsable de la derrota– tuvo que pedir la paz34. Las negociaciones fueron bastante rápidas y concluyeron en Bucarest el 10 de agosto de 1913: el sueño búlgaro de establecer su predominio en los Balcanes había fracasado completamente. Sofía tuvo que ceder Dobruja meridional a Rumanía y el territorio en torno a Adrianápolis–así como la misma ciudad– al Imperio otomano. Macedonia quedó dividida principalmente entre Serbia y Grecia y este último país logró también conquistar la cosmopolita Salónica, la ciudad más desarrollada y rica de la región, además de ser un puerto de fundamental importancia comercial35. Serbia se hizo también con Kosovo.

Pero, además de todo ello, durante la primera guerra balcánica quedó claro que el zar Fernando de Bulgaria, apoyado por los militares, había impuesto un objetivo con connotaciones estratégicas de alto nivel: capturar Constantinopla, descabezar al Imperio otomano, controlar los Estrechos y hacer de Bulgaria la impulsora de un nuevo Imperio bizantino de esencias sudeslavas. La operación había impedido que el Alto Mando otomano trasladara sus abundantes fuerzas de reserva desde Anatolia a Tracia y Macedonia, pero había sido un fiasco para los designios imperiales del zar búlgaro. Sus tropas, detenidas ante la línea fortificada de Çatalca, a las puertas de Constantinopla, no habían podido evitar que los aliados balcánicos se quedaran con la parte del león en el reparto militar de Macedonia.

Sin embargo, el comportamiento de Bulgaria, y más precisamente los designios de su ambicioso zar Fernando, iba a propiciar un cambio estratégico decisivo, que resulta muy clarificador para entender los mecanismos que llevaron al estallido de la Gran Guerra, meses más tarde. En efecto, no debe olvidarse que el zar búlgaro y su camarilla en el poder aspiraban a conquistar Constantinopla; ese era el objetivo preferente de las tropas búlgaras en la primera guerra balcánica, y ello explica que concentraran el máximo esfuerzo de su ofensiva en la Tracia, y no en Macedonia, que acabaron conquistando sus aliados en esa guerra y enemigos en la siguiente.

La ofensiva búlgara sobre la capital otomana fracasó, pero aun así dejó una impresión deplorable en San Petersburgo. Desde el siglo XVI, la liberación de Constantinopla había sido un objetivo sagrado de los zares rusos, porque ello suponía su legitimación histórica central: la lucha contra el Islam, la destrucción del Imperio otomano y, sobre sus ruinas, la reconstrucción de la Tercera Roma. Precisamente por ello, desde Rusia no se habían visto con buenos ojos los planes de los conspiradores griegos de la Filiki Etería en 1821 para recrear un nuevo Imperio bizantino tras expulsar a los musulmanes de los Balcanes y Constantinopla. El nuevo intento de un nacionalismo balcánico por cumplir esa ambiciosa misión no solo frustraba a los rusos, dejando en evidencia que en realidad no controlaban los planes y ambiciones de la Liga Balcánica; además les inquietaban sobremanera las incertidumbres que ello proyectaba en el futuro, sobre todo ante un Imperio otomano que parecía a punto de descomponerse en cualquier momento.

La consecuencia más visible de esa situación fue que Rusia cambió sus preferencias en los Balcanes: Bulgaria quedaba aparcada como aliado preferente, y Serbia se convirtió en la nueva favorita. Esto introdujo cambios profundos en la zona e hizo que Rusia todavía gobernara menos el teatro estratégico de los Balcanes. Aunque esta gran potencia eslava todavía seguía considerando que Constantinopla era su objetivo preferente, se veía obligada ahora a respaldar las ambiciones serbias en Bosnia, frente al Imperio austro-húngaro, trayendo de nuevo a primer plano el recuerdo de las frustraciones de 1908.

En apariencia, el cambio de preferencias de última hora en la línea geoestratégica rusa, ofrecería de por sí una explicación suficiente para enlazar el desencadenamiento de las guerras balcánicas con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, no es un ejercicio tan sencillo, si se tiene en cuenta que el distanciamiento de Rusia con respecto a Bulgaria no suponía que la gran potencia eslava hubiera olvidado su preocupación por el Imperio otomano. Muy al contrario, la perspectiva de una recuperación militar turca con ayuda de Alemania se convirtió en una obsesión en los meses anteriores al desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. Y ello hasta el punto de hacerse y rehacerse planes de contingencia para organizar alguna forma de guerra preventiva contra el Imperio otomano, o expedición anfibia contra los Estrechos36. Para ello, el gobierno ruso trataba de aprovechar el nuevo respaldo que le confería su alianza con Francia y Gran Bretaña. Especialmente su antigua competidora en el Gran Juego durante buena parte del siglo xix, que desde el acuerdo de 1907 –la denominada Entente anglo-rusa, matriz de la Triple Entente– debe- ría tener un papel esencial caso de que la guerra contra el Imperio otomano derivara en un conflicto contra la Triple Alianza. Así, mientras el Ejército francés mantendría al grueso de las fuerzas alemanas inmovilizadas en el frente occidental, la Marina británica llevaría a cabo un eficaz bloqueo del Báltico, que provocaría el colapso económico del Reich. Ello posibilitaría unas rápidas conquistas rusas en Europa central que posteriormente se utilizarían como moneda de cambio para obtener el control de los ansiados Estrechos e incluso la descomposición del Imperio otomano.

En definitiva, durante el verano de 1914, en puertas del asesinato del archiduque Francisco Fernando, en Europa se creía que las guerras balcánicas de 1912-1913 habían dejado en orden el turbulento Sureste europeo por, al menos, una generación. Nadie sabía –ni siquiera en las principales cancillerías– de las angustias rusas y sus planes temerarios. Pero sobre todo, fuera de los altos círculos de poder en la misma Rusia, se desconocía hasta qué punto los ánimos bélicos estaban recalentados.

Alberto Basciani, «Los Balcanes: El avispero revisitado, desde la crisis oriental de 1908 a la Primera Guerra Mundial», Historia y Política, núm. 32, Madrid, julio-diciembre, 2014, pp. 105-127.


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