Rusia: La decadencia del zarismo

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Fin del zarismo.



EL DECLIVE DEL ZARISMO

Mariano García de las Heras


CONDICIONANTES SOCIOECONÓMICOS

En los primeros compases del siglo XX asistimos al ocaso del Imperio ruso que, hasta entonces, había fortalecido su posición entre las potencias dominantes del mundo occidental, especialmente a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, el proceso de derrumbamiento que experimenta la Rusia zarista es similar a la caída de un castillo de naipes: partiendo de una situación inicial caracterizada por el atraso social y económico, que se mantiene debido al ejercicio de un poder autocrático desarrollado por la figura de los diferentes zares que se suceden en el poder, desemboca en la acción destructora del sistema mediante una serie de efectos contagiosos. De este modo, en la historiografía y en el imaginario colectivo se ha generalizado la idea de comparar a Rusia con un gigante cuyos pies de barro comienzan a deshacerse paulatinamente hasta derrumbarse de manera estrepitosa.

Rusia, a caballo entre el continente europeo y Asia, gozaba de una fortaleza que únicamente se mantenía en apariencia, si bien su poderío resultaba infranqueable para el resto de las potencias europeas. Pero, en efecto, el gigantesco Imperio zarista se definía por el débil arraigo de las políticas liberales que habían proliferado con gran éxito en buena parte del continente europeo y, además, se hallaba inmerso en sus primeros pasos industrializadores. En este sentido, conviene recordar el peso cuantitativo del campesinado en la Rusia que afrontaba el cambio de siglo.

El desarrollo social de del país, en comparación con el de otros Estados europeos, permite afirmar que el rasgo esencial del desarrollo social ruso era su primitivismo y su lentitud1. Ahora bien, el apoyo del Estado zarista sobre una base económica exenta de modernidad no impidió que se establecieran relaciones entre el éste y ciertas organizaciones involucradas en la propia maquinaria estatal que habían desarrollado una base económica más estable. El resultado de este acercamiento fue el estallido de una conflictividad que concluye con el planteamiento de dos posibilidades: la destrucción del zarismo como consecuencia de esta pugna, o la adopción de medidas que permitieran la evolución sugerida por las condiciones económicas. En tales circunstancias, el Estado ruso aceptó el primer envite y comenzó a desenvolverse gracias a «un supremo esfuerzo de sus fuerzas económicas»1, aunque la maquinaria estatal zarista devoró una cantidad excesivamente elevada de la plusvalía generada y, por consiguiente, comenzó a sobrevivir gracias a las clases privilegiadas que acababan de configurarse. Esta actitud ralentizó, aún más, el lento desarrollo de la esfera económica, y el aparato estatal se lanzó a la conquista del sector campesino, «producto necesario» según Trotsky2, mediante la privación de sus medios de existencia. Así pues, el campesinado fue empujado al abandono de las tierras en las que recientemente se había establecido y Rusia vio frenado el crecimiento de la población y obstaculizó el desarrollo de las fuerzas productivas.

Las clases dominantes, por su parte, presionaron al Estado y lograron convertir sus propios intereses en el contenido de la praxis estatal del zarismo. Esta conducta generó, en opinión de Trotsky, un «muro de separación»3 socialmente imprescindible entre las masas de la población y la organización estatal; algo similar, en esencia, a lo que se desprendía de las monarquías medievales. El Estado procuraba aprovecharse de los grupos económicos en desarrollo y subordinarlos a sus intereses financieros y militares específicos, mientras que los incipientes grupos económicos dominantes pretendían servirse del aparato estatal para asegurarse sus prebendas en forma de privilegios de clase. La historia efectiva de las relaciones entre la institución zarista y las diferentes clases sociales estuvo impulsada y determinada por este encuadramiento de fuerzas: el incipiente movimiento obrero, el amplio movimiento campesino y los círculos intelectuales de la pequeña burguesía (la llamada intelligentsia) minaban los cimientos del Estado autocrático zarista, si bien la cúspide reflejaba una sensación de solidez capaz de perpetuarse en el tiempo4.

El lapso cronológico comprendido entre la formulación del sistema propuesto por Karl Marx y los acontecimientos que acompañaron a las revoluciones rusas en el siglo XX fue testigo de una enorme intensificación de la productividad, gracias a los métodos de producción en serie que consiguieron revolucionar la economía industrial en el mundo contemporáneo. En este sentido, el año 1870 había demostrado que la nación industrialmente avanzada era, al mismo tiempo, poderosa en términos militares, y un buen ejemplo de ello es la guerra franco-prusiana. El canciller Bismarck infligió una severa derrota al II Imperio francés de Napoleón III, que se vio continuada por el alumbramiento de la nación alemana. En el caso concreto de Rusia, este atraso se había evidenciado en la derrota zarista ante Francia y Gran Bretaña en la Guerra de Crimea, entre los años 1853-1856.

El liberalismo, que tanto había enraizado en las sociedades burguesas occidentales, tuvo su primera oportunidad tras los acontecimientos de Crimea al demostrar que las guerras no podían ganarse sin la asociación con una moderna industria5. Este acelerado desarrollo industrial que sufrió Rusia en el último tercio del siglo XIX conllevó una serie de cambios sociales6. En definitiva, el poder militar y la prosperidad material estaban estrechamente vinculados a la productividad, especialmente en el último tercio del siglo XIX; no obstante, por vez primera la revolución rusa proclamó explícitamente el objetivo de la producción armamentística y lo identificó con el socialismo7.

Las fuerzas sociales dominantes del régimen autocrático ruso, encabezadas por la figura del zar, estaban dispuestas a emprender una serie de medidas reformistas encaminadas a modernizar el país, dirigidas, a su vez, a neutralizar cualquier brote de violencia que pudiera desencadenar un cambio drástico. Al margen del decreto de abolición de la servidumbre en la primavera de 1861 -con la consiguiente liberalización de una potencial mano de obra que se presentaba como un requisito esencial para la transformación de las relaciones sociales de producción-, la reforma agraria no supuso ningún cambio sustancial, ya que el impuesto territorial establecido para que los campesinos accedieran a la propiedad de la tierra era fijado por unos órganos institucionales que se hallaban controlados por los sectores sociales dominantes. Sin embargo, a pesar de mantenerse estos vestigios reminiscentes del sistema feudal, la masiva liberalización de mano de obra se convirtió en un factor de gran trascendencia en el desarrollo del capitalismo industrial ruso, sobre todo en los sectores textil y ferroviario.

Las fuentes de financiación para este incipiente desarrollo industrial procedían de la exacción fiscal del campesinado, pero sobre todo destacaron de manera sobresaliente los empréstitos e inversiones extranjeras, especialmente francesas y belgas, cuyas especulaciones se orientaron a la construcción del ferrocarril y el sector minero. Esta fuente de financiación extranjera provocó la dependencia del capitalismo ruso y, por tanto, dificultó el fortalecimiento de la burguesía nacional que, en términos políticos, se tradujo en una actitud vacilante y extremadamente temerosa del proletariado emergente del proceso de industrialización que estaba experimentando Rusia.

Vladimir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, escribió, cargado de optimismo a finales del siglo XIX, que «la Rusia del arado de madera y el mayal, del molino de agua y del telar a mano, empezó a transformarse rápidamente en la Rusia del arado de hierro y del telar a vapor»8. La intencionalidad de Lenin, de acuerdo con los postulados teóricos establecidos por Marx, se circunscribía a encontrar en la sociedad rusa la capacidad proletaria suficiente para impulsar la transición al socialismo, puesto que en a finales del siglo XIX el entramado social ruso presentaba unos rasgos muy heterogéneos que reflejaban un alto grado de complejidad definido por la combinación existente entre elementos típicamente feudales e ingredientes propiamente capitalistas9. A esta confusión, se añadía la presencia de múltiples nacionalidades en el seno de Rusia (eslavos –rusos, ucranianos, polacos, bielorrusos–, bálticos, mongoles, armenios y turcos) y en función de ello el gobierno zarista implementó una violenta política de rusificación, con la finalidad de mantener los lazos de cohesión ante el mosaico de pueblos que componían el Imperio.

Al inaugurarse el siglo XX, Rusia mantenía su preponderancia agrícola y sufría un cierto atraso social que impedía el crecimiento económico, determinado por las pautas liberales asentadas sobre el principio de competencia productivo y mercantil. La industrialización, aunque había arrancado en la segunda mitad del Ochocientos, presentaba un pulso lento y limitado a una serie de ciudades que no lograban desprenderse de la dependencia entablada a raíz de las inversiones de capital extranjero. La situación de la economía del Imperio zarista era de tal magnitud que una parte de la historiografía presenta a Rusia como la principal colonia económica internacional.

En el terreno social se atisba una burguesía emparentada con la existente en el Viejo Continente y, al mismo tiempo, se percibe un notable incremento del proletariado industrial. En cambio, el poder zarista se asentaba sobre dos pilares fundamentales: el ejército y la doctrina religiosa propuesta por la Iglesia ortodoxa. Ahora bien, las clases sociales se modificaron al hilo de las reformas suscitadas en la recta final del siglo XIX y las nuevas realidades socioeconómicas advertidas, provocando, de este modo, un cambio en las relaciones sociales.

Políticamente, en los albores del siglo XX, el Imperio ruso mantenía las estructuras anacrónicas de una monarquía absolutista, pues la autoridad del zar no hallaba limitaciones en el ejercicio de su poder. En este contexto histórico, la pequeña burguesía urbana y la intelligentsia permanecían aisladas de las amplias bases sociales proletarias, esencialmente compuestas por campesinos y obreros industriales, que sufrían unas condiciones de profunda miseria tanto económica como cultural, pero que simultáneamente experimentaban cambios radicales que favorecían las condiciones propicias para una afirmación revolucionaria. Su enorme relevancia se advierte en los años inmediatamente previos al estallido de la I Guerra Mundial, pues el 75 % de la población activa pertenecía al sector primario10.

DEBATE Y PREPARATIVOS PARA ABANDERAR LA REVOLUCIÓN: ¿BURGUESÍA O PROLETARIADO?

Los diferentes grupos que engrosaban la oposición zarista compartían la idea de alcanzar el socialismo de un modo peculiar y, por tanto, las propuestas teóricas de Marx quedaban desbaratadas en el caso de producirse una revolución que lograse implantar el socialismo en un país eminentemente campesino. La ausencia de una burguesía consolidada y la fuerte presencia del campesinado en Rusia, junto con la crítica resultante del negativo desenlace de los procesos revolucionarios que habían sucedido en Europa, y que habían servido para afianzar el papel de la burguesía, indujeron a los grupos opositores a confiar en la capacidad del campesinado para desencadenar un proceso revolucionario. Éste permitiría la implantación de una nueva sociedad sin tener que atravesar la fase económica capitalista, expuesta en el pensamiento marxista, evitando de este modo sus negativas consecuencias. Estos planteamientos correspondían al llamado movimiento populista, abanderado por figuras como Alexander Herzen o Mijaíl Bakunin.

Un teórico de la revolución, Georgi Plejánov, se opuso diametralmente a las argumentaciones populistas y aseguraba que el estadio capitalista era ineludible. Plejánov afirmaba que en aquella coyuntura las únicas fuerzas revolucionarias en la sociedad rusa eran la burguesía y la clase obrera, lo que aconsejaba al proletariado a favorecer una revolución liberal que desarrollara el capitalismo para engendrar la crisis de este sistema económico en Occidente a través de su competencia. Esta acción sembraba, en opinión de Plejánov, las condiciones para una ulterior revolución dirigida por el proletariado, que se importaría desde el mundo occidental a Rusia. Así pues, para Plejánov, los campesinos no representaban una fuerza revolucionaria, y esta enunciación se ajustaba a la ortodoxia marxista11.

Lenin discrepaba del razonamiento de Plejánov sobre la ineludible fase revolucionaria de carácter burgués. El cuestionamiento de Lenin en torno a la cuestión de la necesaria transición mediante una fase capitalista, recogido en su obra ¿Quiénes son los amigos del pueblo?, publicada en el año 1894, radica en la
debilidad de la burguesía rusa y la experiencia sufrida por el proletariado occidental, todavía subyugado a la clase burguesa y a la que habían prestado su ayuda para instalarse en el poder allí donde la revolución liberal había triunfado. Además de esto, para el futuro líder bolchevique el grado de desarrollo del capitalismo en Rusia había adquirido tales dimensiones que incluso había corregido la vieja comuna rural, dominada por un campesinado enriquecido donde se apreciaba un proletariado de signo agrícola. En definitiva, la transición al socialismo únicamente era viable a través de una revolución que derribara el zarismo. Ésta estaría dirigida contra la burguesía, entre la que se inscribían los campesinos enriquecidos; de este modo, el protagonismo revolucionario recaía sobre la fuerza proletaria en colaboración con las restantes fuerzas populares. Esta cooperación se materializaría, según Lenin, a través de la actividad propagandística12.

En el debate expuesto sobre el peso específico del campesinado, Trotsky enfatizaba la actuación del proletariado industrial de manera similar a la postura adoptada por Lenin; sin embargo, éste planteaba que el campo reforzaba la expansión capitalista y, por tanto, se abría la posibilidad de una alianza entre obreros y campesinos asentada sobre la base de unos intereses comunes13. En esta posibilidad subyace la idea de la predisposición del proletariado urbano a mantenerse vinculado al ámbito rural debido a la precariedad de sus condiciones de vida, como era el caso paradigmático del proletariado establecido en Moscú o San Petersburgo14.

En su destierro a Siberia durante los años 1897-1900, Lenin elaboró en su obra El desarrollo del capitalismo en Rusia las líneas teóricas que debían guiar la lucha política: proletarios y campesinos estaban en la obligación de realizar de manera conjunta la revolución, sin esperar a que la sociedad rusa se involucrara en una fase capitalista dirigida por la burguesía. En el momento de forjar una conciencia de clase proletaria, Lenin apuntaba que resultaba esencial la creación de un partido revolucionario conducido por unos cuadros dirigentes. Lenin concibió en su exilio la necesidad de configurar un movimiento político que encauzara la revolución y, posteriormente, en el opúsculo ¿Qué hacer?, el líder revolucionario reflexionaba sobre la funcionalidad del partido y exponía que la imperiosa creación de un núcleo de «revolucionarios profesionales» debía someterse a una disciplina jerárquica15.

Lenin aseveraba que los trabajadores únicamente desplegaban una lucha sindical, mientras que el contenido teórico que requería la práctica socialista debía ser elaborado por los representantes más cualificados de dicha clase. Para el dirigente revolucionario ruso, al contrario de la opinión de Rosa Luxemburgo, la formación de un partido fraguaba la lucha de clases (motor de la historia en los planteamientos marxistas) y, por consiguiente, era el único elemento que impedía a la clase obrera caer bajo la dominación ideológica desplegada por la burguesía16; es decir, la actuación del partido era la vanguardia del proletariado17 y, al mismo tiempo, era el principal baluarte de dicha clase.

Al finalizar su período de confinamiento en Siberia, Lenin abandonó Rusia y se marchó a Alemania con el firme propósito de iniciar los contactos con los socialdemócratas y fue, precisamente, en el país germano donde comenzó a publicar un periódico, Iskra (“La Llama”), que le otorgó un notable reconocimiento. La creación de esta publicación suponía un importante avance por dos razones: como vehículo de difusión ideológica y por motivos organizativos18. El primer número de Iskra vio la luz en diciembre de 1900 y, desde una posición clandestina, se convirtió en el primer elemento propagandístico de la acción revolucionaria. Sus principales objetivos eran la liquidación de la autocracia zarista y combatir los planteamientos populistas19, mientras contribuía a la formación y a la centralización de un partido, cuyos miembros debían ser leales en el plano doctrinal20.

Las diferencias de criterio habían cristalizado en la aparición de diferentes organizaciones. Durante el II Congreso del Partido Obrero Social Democrático Ruso (POSDR), celebrado en el verano de 1903 en las ciudades de Bruselas y Londres se produjo la escisión en dos facciones, sin considerar la pretensión formal de dicho Congreso por fundar un partido, lo que resultaba un imperativo que el conjunto socialdemócrata compartía21. En este sentido, conviene señalar que la idea leninista en torno a la creación de un partido no se asemejaba a la concepción asumida en el Occidente europeo, pues el revolucionario pretendía reunir y desarrollar bajo la formación política todas las tradiciones revolucionarias del pueblo ruso, ya que para el propio Lenin la oposición tenía que adquirir un carácter revolucionario22.

El resultado de la división en el seno de la socialdemocracia rusa fue la aparición de los bolcheviques,«la mayoría», y de los mencheviques,«la minoría». El primer grupo compartía las propuestas teóricas formuladas por Lenin con respecto a la férrea organización del partido, y sus objetivos, aunque bajo la concepción de un partido revolucionario elitista, cuya vanguardia estaba compuesta por la clase proletaria con el fin de instaurar la dictadura del proletariado como etapa previa a la eliminación del Estado. Por su parte, la segunda corriente no pretendía desbordar los márgenes de la democracia liberal y, en consecuencia, se ajustaba a los modelos organizativos de los partidos socialdemócratas de la Europa occidental, aspirando, además, a conformar un vasto movimiento que respaldara su posición en una lucha electoral. El grupo menchevique buscaba la superación de una revolución burguesa para completar el desarrollo económico generado por el capitalismo y, de este modo, emprender la «transición hacia el socialismo».

GARCÍA DE LAS HERAS, Mariano, «El declive del zarismo», en Ab Initio, Núm. 6 (2012), pp. 47-69.


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