Los orígenes: Opiniones encontradas

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LA CUESTIÓN DE LOS ORÍGENES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Rosario de La Torre del Río


Al calor del centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial, se han venido publicando un conjunto de libros en los que, de alguna manera, se han replanteado la cuestión de los orígenes de la guerra de 1914, una cuestión historiográfica que desde 1914 ha sido objeto de encendidos debates. Simplificando mucho, podemos agrupar la ingente historiografía dedicada a la cuestión en tres escuelas, dándole aquí al término escuela una acepción muy general.

Posiblemente la más tradicional de esas tres escuelas contempla la guerra como el resultado del desequilibrio estructural que se había ido produciendo en el corazón de Europa como consecuencia de lo que los historiadores llamamos revolución industrial. Argumenta esta escuela que una Alemania pujante, una Rusia en renovación, una Austria-Hungría en lento colapso y un moribundo Imperio Otomano crearon las condiciones previas para un mundo muy inestable. Aun cuando la mayoría de los asuntos imperiales en Asia y África hubiesen sido resueltos de manera pacífica, el futuro de Europa se había vuelto lo suficientemente incierto como para generar preocupación e inseguridad especialmente en las capitales de los estados mencionados.

Para muchos historiadores (y politólogos), estos movimientos sísmicos en el estatus de las grandes potencias alteraron el papel tradicional del sistema de alianzas que en 1914 no solo ya no cumplía su función disuasoria original, además se había convertido en un mecanismo apocalíptico. Para los seguidores de esta escuela, acontecimientos como la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 y la Guerra de Libia entre Italia y el Imperio Otomano en 1911 son fundamentales.

La derrota de Rusia en la guerra contra Japón de 1904-1905 conduciría a San Petersburgo a volverse casi exclusivamente hacia Europa. Con la ayuda financiera francesa, los rusos empezaron a rearmarse y, lo que es más importante, a remodelar su red de ferrocarriles con el fin de articular las diversas partes de un imperio con grandes potencialidades. Estas iniciativas rusas, y sus espectaculares resultados, se entendieron como amenazadoras por Alemania, Austria-Hungría y el Imperio Otomano, conduciendo a los tres a contemplar su futuro de manera fatalista y pesimista.

Del mismo modo, la invasión italiana de Libia trastocó el Imperio Otomano y dio mayor confianza a sus rivales balcánicos. Así, en 1914, para los líderes de esas tres grandes potencias, que se sentían amenazados y vulnerables, la guerra pareció una opción si bien poco atractiva, preferible ante un futuro dominado por una Rusia renacida y sus fortalecidos aliados balcánicos.

Esta escuela, que podríamos llamar “estructuralista”, minimiza la importancia del asesinato de archiduque Francisco Fernando y sostiene que, con los cimientos del equilibrio europeo resquebrajándose, tarde o temprano habría sucedido un acontecimiento similar. La paz podía haber sobrevivido a crisis recientes como la de Marruecos de 1911 (Agadir), pero no lo haría siempre; otros sucesos relativamente poco importantes en el norte de África, en los Balcanes o en Asia Oriental habrían hecho añicos una paz cada vez más frágil. Las causas determinantes de la guerra serían, pues, estructurales. Los expertos de esta escuela no culpan necesariamente a un único país. Los problemas que identifican trascienden a los estados o a sus dirigentes individuales.

Una segunda escuela, que podríamos denominar “contingencialista”, argumenta que en 1914 ninguna crisis debería haber conducido a la guerra entendiendo que, de hecho, el asesinato de archiduque fue un problema menor en el gran marco de los asuntos europeos y que, por tanto, Europa no tenía razones para ir a la guerra por esa causa. Aducen estos historiadores que el sistema internacional había manejado crisis en el pasado (1905, 1908, 1911 y 1912-1913) y que, por lo tanto, debería haber sido capaz de solventar adecuadamente esta de 1914, que no era más grave que las anteriores. Así, si una crisis menor se convirtió en una gran guerra fue, “simplemente”, por la incompetencia o estupidez de la generación de dirigentes de la Europa de 1914.

Estos historiadores incluyen entre los más destacados villanos al general Franz Conrad von Hötzendorff, jefe del Estado Mayor austro-húngaro, que habría utilizado el asesinato del archiduque para impulsar una recurrente y agresiva agenda política anti-serbia o, en algunos relatos, para mostrarse como un héroe ante su amante, a la que presionaba para que se divorciara de su marido y se casara con él. El káiser Guillermo II de Alemania y el zar Nicolás II de Rusia también son duramente criticados, no tanto por su agresivo militarismo, como por su torpe incapacidad para prever las consecuencias inevitables de sus actos.

Análisis más recientes culpan también a aquellos que asesoraron a los dirigentes en la toma de decisiones. El general alemán Helmuth von Moltke y el ministro de Exteriores ruso Sergei Sazonov aparecen en nuevos estudios presionando a favor de acciones temerariamente agresivas aun a riesgo de iniciar una guerra a pesar de no estar seguros de que sus países pudieran vencer. Menos convincentes son los estudios que cargan la responsabilidad sobre las espaldas del ministro de Exteriores británico (Edward Grey) y del presidente de la República Francesa (Raymond Poincaré), ya que no se ha podido demostrar ni que ninguno de los dos desease la guerra, ni que no hicieran otra cosa que reaccionar ante acontecimientos que reamente no provocaron; otra cosa es que reaccionaran de la manera más conveniente para detener a los más agresivos. Fundamentalmente, estos estudios aducen que jamás debió estallar una guerra en 1914.

Los políticos deberían haber sido capaces de resolver la crisis del asesinato del archiduque como habían solventado las cuatro crisis anteriores. Su fracaso aparece como resultado de la arrogancia, de la ceguera ante los peligros que se arriesgaron a desencadenar y, en muchos casos, del simple desconocimiento de cómo funcionaba realmente el sistema internacional. Aunque no abogaran activamente por la guerra, sus decisiones individuales habrían tenido un impacto colectivo que hizo la paz más y más improbable.

Un último conjunto de explicaciones trata de situar las causas de la guerra no tanto en la relativamente pacífica Europa Occidental, sino en el violento e inestable este europeo. Estos estudios otorgan poco peso a la rivalidad entre Francia y Alemania o a la carrera de armamentos navales anglo-germana como causas de la guerra. En cambio, ven el asesinato del archiduque por el bosnio Gavrilo Princip como el primer disparo de lo que debería haber sido la Tercera Guerra Balcánica para dirimir el conflicto existente entre Austria-Hungría y Serbia.

Ciertamente, durante la mayor parte del mes de julio, cuando los europeos hablaban de la guerra que se avecinaba, se referían a un conflicto limitado entre Austria-Hungría, deseosa de vengar lo que sus dirigentes entendieron como un acto de terrorismo de estado, y Serbia, ansiosa por afirmar el nuevo poder que había adquirido tras las guerras balcánicas de 1912-1913. Es decir, estos especialistas no ven la Primera Guerra Mundial como la consecuencia de las tensiones entre las grandes potencias, sino como consecuencia de su incapacidad para mantenerse al margen del polvorín balcánico. En este marco, afirman que el decidido apoyo del gobierno alemán a Austria-Hungría y la decisión rusa de respaldar a Serbia fueron los pasos cruciales que arrastraron al sistema de alianzas europeo a una guerra que no respondía a los intereses del conjunto.

Así, Francia, Gran Bretaña y Bélgica, que no tenían intereses vitales en los Balcanes, se habrían visto completamente sorprendidas por el repentino viraje de una crisis diplomática balcánica que se convertía en una guerra continental. Así, si no se hubiera producido la invasión alemana de Bélgica y de Francia, Gran Bretaña podría haber permanecido al margen del conflicto de la misma manera que el gobierno italiano llegó a la conclusión de que, a pesar de su participación en el sistema de alianzas, la crisis no tenía nada que ver con ellos mientras que el Imperio Otomano, que no era signatario de ningún sistema de alianzas, entró en la guerra subrayando el hecho de que entendía que la clave de los acontecimientos estaba en Oriente, no en Occidente.

Este tercer grupo de historiadores, por tanto, ve la Primera Guerra Mundial como un conflicto regional que se extendió innecesariamente como consecuencia de la situación peculiar de 1914 y critican, en concreto, dos decisiones: (1) la agresiva decisión alemana de apoyar a Austria-Hungría y poner en marcha el discutible Plan Schlieffen, y (2) la arriesgada decisión rusa de movilizar su ejército al completo en vez de limitarse a movilizar aquellas unidades que se encontraban en su frontera con Austria-Hungría.

Pues bien, en este triple marco se movían ya la historiografía cuando el debate sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial fue avivado, en la década de los sesenta con las obras de Fritz Fischer y de James Joll, y a finales de los noventa con las de Niall Ferguson.
Como es sabido, Fischer1 documentó no solo los amplísimos objetivos anexionistas de Alemania en la Primera Guerra Mundial a través de la formación de una potente Mitteleuropa a su servicio, sino que además sugirió que el gobierno alemán había ido a la guerra de 1914 de manera deliberada para conseguirlo; para mayor enfado de muchos de sus colegas, Fischer sugirió además que podía haber cierta continuidad entre los objetivos de Alemania en 1914 y los de Hitler de 1939.

A pesar del grandísimo impacto de libro de Fischer en el debate sobre la continuidad de la política exterior alemana, el aspecto del trabajo de Fischer que resultó más importante para la discusión de las causas de la Primera Guerra Mundial fue su sugerencia, realizada de manera incidental, en Griff nach der Weltmacht (Controlando el poder mundial), desarrollada en su nuevo libro Krieg der Illusionen (Guerra de Ilusiones), y llevada al extremo por parte de varios discípulos, del “primado de la política interior” como reacción contra el rankiano “primado de la política exterior”, que hizo que los historiadores que abordaron a partir de entonces la cuestión de los orígenes de la Primera Guerra Mundial se ocupasen, como no lo habían hecho antes, de la situación interior de los estados europeos que fueron a la guerra.

Fischer argüía que el káiser Guillermo II y sus ministros provocaron el conflicto por una combinación de ambición expansionista y de deseo de distraer y disciplinar a los socialistas y a otros sectores de una sociedad alemana cada vez más insubordinada.
Joll2, por su parte, estudió con detalle la Crisis de Julio y afirmó que los líderes de las grandes potencias afrontaron, en ese mes decisivo, una situación en la que no pudieron prever el desenlace. Según Joll, el comportamiento de los líderes estuvo muy lejos del cálculo racional de Clausewitz, reposando, por el contrario, en una serie de nociones vagas y muchas veces erróneas, adquiridas muchos años antes. Es decir, las reacciones de los responsables se explicaban por ideas que estaban en el ambiente, que pasaban por evidencias pero que, en gran parte, eran falsas. El estudio de lo que el británico Joll llamó “postulados implícitos” en la toma de decisiones de julio de 1914 tenía mucho que ver con la historia de las mentalidades desarrollada por entonces por los franceses.

Por último, Ferguson3, en busca de la polémica, pero de manera muy analítica, ha tratado de desmitificar algunas ideas relativamente dominantes en la historiografía de la Gran Guerra, entre las que se encuentran algunas que afectan a la cuestión de los orígenes, afirmando, por ejemplo, que Alemania realizó en 1914 una guerra preventiva a la que se vio arrastrada por la irresponsable diplomacia británica y sugiriendo, por ejemplo, que el siglo XX hubiese sido mucho más beneficioso para los europeos si en 1914 Gran Bretaña se hubiese quedado al margen de una guerra continental que, sin duda, hubiesen ganado los alemanes.

Tras el pequeño vendaval polémico desencadenado en 1998 por Ferguson, descalificado por la mayoría de los especialistas, parecía llegado el momento de revisar los conceptos y las fuentes y de volver a precisar los debates. El mejor ejemplo que conozco de ese esfuerzo apareció hace once años, en 2003, en forma de un grueso y rigurosamente académico volumen sobre la cuestión editado, y parcialmente escrito, por Richard F. Hamilton y Holger H. Herwig, con la colaboración de una decena de especialistas. Pudo pensarse entonces que poco nuevo quedaba por decir a propósito de una cuestión que, por otra parte, tiene detrás ingentes cantidades de documentos y una bibliografía tan extensa que nadie podría consultar aunque viviese cien años y tuviese el don de las lenguas. Y es que el espléndido volumen de Hamilton & Herwig formula y contesta razonadamente a todas las preguntas que me atrevo a considerar más pertinentes y que se agrupan en cuatro niveles:

  1. ¿Quiénes fueron los que tomaron las decisiones? ¿Monarcas, presidentes, ministros de Exteriores, jefes del Estado Mayor, o una combinación de todos ellos? ¿De qué manera las experiencias del pasado reciente (especialmente las dos Guerra Balcánicas de 1912 y 1913) agudizaron sus perspectivas?
  2. ¿Cómo llegaron los gobiernos a declarar la guerra? ¿Qué procedimientos constitucionales se siguieron? ¿Fue la declaración de guerra un exclusivo acto de los monarcas?
  3. ¿Qué “fuerzas sociales” o qué lobbies extraparlamentarios empujaron a la decisión de ir a la guerra?
  4. ¿Cuáles fueron las razones de unos y de otros? ¿Cuáles fueron las justificaciones de la decisión de ir a la guerra? ¿Por qué se tomó la decisión? ¿Hubo las mismas o similares justificaciones en todos los casos? ¿Necesitaron discursos diferentes?

Los autores, que en distintos capítulos aplican la batería de preguntas al comportamiento de Serbia, Austria-Hungría, Alemania, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Japón, Imperio Otomano, Italia, Bulgaria, Rumanía, Grecia y Estados Unidos, llegan a la conclusión de que la respuesta a la cuestión de los orígenes de la Primera Guerra Mundial debe apoyarse en las circunstancias de cuatro de las cinco grandes potencias europeas: Austria-Hungría, Alemania, Rusia y Francia. En cada uno de estos cuatro “casos”, el grupo de personas que tomó la decisión veía a su país “decayendo” o, como mínimo, ante una gravísima amenaza. Para detener el declive o para bloquear la gravísima amenaza, el grupo que tomó la decisión en los cuatro “casos” entendió como un imperativo realizar alguna demostración de fuerza. Fue el sentido de la amenaza y la necesidad resultante de frenar la decadencia lo que les llevó a la decisión de julio de 1914. Gran Bretaña, por su parte, entendió que debía defender el equilibrio de poder en el Continente.

Resumiendo, y en pocas palabras, los autores de este libro entienden que las consideraciones más importantes de las cinco grandes potencias europeas fueron de naturaleza estratégica. A partir de ahí, ¿podía seguir la polémica? La polémica quizá no, pero la publicación de nuevos libros, sin duda; y no solo porque fuera razonable aprovechar el interés que despertaría el centenario del estallido del conflicto en julio de 2014, también porque la experiencia de la realidad internacional que vivimos retrotrae a muchos al mundo anterior a la Primera Guerra Mundial. Y es que, si algo caracteriza a los libros más recientes es ─con alguna excepción parcial─ la notable ausencia de polémica en sus textos. Además de la ausencia de polémicas, los libros recientes reseñados comparten tres características importantes: (1) todos estudian de manera intensiva todas las posibles fuentes disponibles, lo que les permite encontrar alguna nueva información que, sin embargo, no desborda el acervo de lo mucho que la historiografía ya había establecido; (2) todos nos ofrecen una magnífica escritura como corresponde al estudio de una época que dispone de fuentes como las memorias de Stefan Zweig y Harry Kessler, y (3) todos narran historias de individuos: gobernantes, diplomáticos, políticos, diplomáticos y militares.

Margaret MacMillan, la última en aparecer, nos proporciona el planteamiento más amplio, ya que su tema no es otro que el progresivo final del Concierto Europeo. Comienza la autora poniendo el foco en la Exposición Universal de 1900 en París, cuando parece que el concierto entre las grandes potencias había proporcionado a los europeos un siglo de prosperidad y razón, para pasar a analizar el desarrollo del juego de alianzas en presencia; unas alianzas que dan fuerza y seguridad a las partes contratantes pero que debilitan y producen inseguridad en el conjunto del sistema internacional europeo. En ese marco, la autora nos va presentando la evolución de cada una de las grandes potencias, sus fortalezas y sus debilidades, sus ambiciones y sus miedos, así como el encadenamiento de las crisis que preceden a la de julio de 1914; crisis que van exacerbando las tensiones. En todo momento, la autora nos conduce a tener muy en cuenta los “postulados implícitos” de los individuos; ese mapa mental que hace que la guerra sea considerada como algo no solo aceptable sino incluso beneficioso y glamuroso. Finalmente, la autora se detiene en la cada vez mayor autonomía de los jefes militares y en su decantación por la “doctrina de la ofensiva”.

El libro de Charles Emmerson nos presenta la anatomía del mundo en el año 1913, destacando el dinamismo de la vida en sus grandes ciudades, con su cosmopolitismo y sus interconexiones. Pero aunque en el año 1913 el autor no encuentre anuncios claros de la tormenta que se avecina, ni el autor ni los lectores pueden olvidar que 1913 fue el último año de paz. Es como si el libro nos dijera: ¡mirad lo que se perdió con la guerra!

Sean McMeekin, en su libro sobre los orígenes rusos de la Primera Guerra Mundial, pone el acento en la ambición del régimen zarista de controlar no solo los Balcanes sino, sobre todo, la totalidad del Cercano Oriente; lo que quiere decir que los inmemoriales sueños rusos de controlar Constantinopla y los Estrechos se habrían inflamado ante las viejas y nuevas rivalidades en los Balcanes y ante la amenaza de un Imperio Otomano fortalecido por los alemanes. El autor llama nuestra atención sobre el sospechoso comportamiento del ministro ruso de Exteriores Sergei Sazonov y sobre la importancia de la secreta movilización del ejército ruso del 25 de julio, que considera diseñada para acelerar la confrontación con Austria-Hungría al margen de que Alemania fuera o no fuera en ayuda de Viena. A mi juicio, el mayor interés de este libro se encuentra en que en vez de mirar hacia Flandes, mira hacia Constantinopla.

Sean McMeekin es autor también de otro libro posterior sobre la Crisis de Julio en el que narra, con gran fuerza expresiva, el desarrollo de la alta política y de la diplomacia en las cinco semanas que siguieron al atentado de Sarajevo. Casi día a día, el autor describe el complejo proceso de toma de decisiones entre los individuos que forman los grupos decisivos y entre las distintas capitales de los estados implicados. Llama la atención el hecho de que, en este segundo libro, Sergei Sazonov ya no sea “el genio maligno” del primer libro y que la estrategia rusa aparezca como algo diseñado, como mucho, para provocar una hipotética “Tercera Guerra Balcánica”, nunca una guerra continental. Por lo demás, el autor considera a Alemania como el principal responsable si bien destaca la inflexibilidad de Austria- Hungría y la irresponsabilidad de las movilizaciones de Rusia y Francia que confirmarían el escenario alemán de un inminente ataque en los dos frentes.

El libro de Max Hastings, más un libro de historia militar sobre el primer año de la guerra que un estudio original sobre sus orígenes, es el libro de los reseñados que más “entra al trapo” en las polémicas afirmaciones de Ferguson sobre la responsabilidad de la diplomacia británica. Y no solo eso. Hastings es uno de los pocos historiadores que rechazan la idea ampliamente compartida de que el conflicto de 1914-1918 perteneció a un “orden moral” distinto al de 1939-1945. Por lo demás, se trata de un magnífico ejemplo de la mejor historia militar.

El libro de Michael S. Neiberg da voz a la generación que se vio impelida a participar en la guerra y se pregunta si, verdaderamente, la Europa de 1914 era un campo minado de nacionalismo. El autor reexamina la cuestión sobre la base de las evidencias que nos llegan de lo que pensaban y sentían los europeos ordinarios mostrando que, al contrario que sus líderes políticos y militares, ni deseaban ni esperaban la guerra en el verano de 1914. Siguiendo sus reacciones ante la rápida escalada que conduce a la guerra, el autor rechaza la noción de que los europeos eran entonces unos nacionalistas rabiosos resueltos a lanzarse a una carnicería mutua masiva. Lo que los europeos ordinarios expresaban antes de la guerra era shock, repulsión y miedo; después llegaría tanto la desilusión como la propaganda.

El más consistente y perspicaz de los libros considerados en esta Nota bibliográfica es, a mi juicio, el de Christopher Clark, por cuanto su narración busca explicar, no tanto “por qué” sino “como” se desencadenó la guerra de 1914. Clark comienza con Serbia, el casus belli para los rusos fueran las que fueran sus ambiciones en el Imperio Otomano. Los lectores nos acercamos a Sarajevo por la ruta que hizo el asesino del archiduque y sus compañeros; y entendemos cómo encajaba en el ambiente ultranacionalista de Belgrado y en el programa expansionista serbio tanto los conspiradores como la condición de objetivo del archiduque con sus planes para integrar mejor en el imperio a los eslavos del sur. Después, Clark nos traslada a Austria-Hungría, a la que reconoce el derecho a castigar el asesinato, pero sobre la que destaca su profunda disfuncionalidad política. Pero si cuando empezó la crisis, los protagonista eran solo Viena y Belgrado, a finales de julio la situación se complica no tanto por la incorporación de Berlín, que, en un principio, se limita a recomendar a Viena “un mínimo de medidas defensivas en la frontera de Serbia”, cuanto por la entrada en el juego de Rusia y de Francia, a donde nos va llevando Clark que, como McMeekin, acusa a San Petersburgo de jugar un juego muy arriesgado, sin pasar por alto que París sabía que una crisis Balcánica les arrastraría a luchar contra Alemania. La respuesta francesa aparece determinada tanto por el azar como por la personalidad de Raymond Poincaré, deseoso de reforzar su papel como presidente de la República Francesa y en visita oficial en San Petersburgo en el momento de la toma de decisiones de los rusos. En cualquier caso, podemos entender que la decisión de Poincaré y Sazonov de concertar la movilización de sus ejércitos tenía mucho que ver con su conocimiento de los planes austriacos y alemanes que, no lo olvidemos, con gran ineptitud lanzaron ultimátum y declararon la guerra antes de que sus ejércitos estuvieran en disposición de luchar.

De esta manera llegamos al 1 de agosto, cuando la guerra ya se había extendido por la Europa continental. ¿Y qué pasa con el Reino Unido? ¿Hubiese sido todo muy diferente si no hubiese entrado en la guerra? ¿Se hubieran detenido los alemanes si hubiesen estado seguros de la neutralidad británica?

Clark examina el incremento del antagonismo anglo-alemán desde 1890, se detiene en la carrera de armamentos navales y afirma que, en víspera de la guerra, la carrera había sido ganada por los británicos. Clark analiza con atención la toma de decisiones del gobierno de un estado parlamentario destacando no solo el papel de Edward Grey, su ministro de Exteriores, sino también las intensas fricciones parlamentarias y la gravedad de la cuestión de la autonomía irlandesa. En su análisis de la situación interna del Reino Unido podemos encontrar ecos de la tesis de Fischer:

¿Una guerra en el Continente para controlar una profunda crisis interna? Sin embargo, cuidado, la decisión británica fue la más abierta a la opinión pública: las acciones del monarca y de sus consejeros, de los gobernantes y de sus diplomáticos, de las autoridades civiles y militares estuvieron presentes en una prensa que, sin duda, intentó presionar a los gobernantes aunque también pudo ser la coartada para unas decisiones que debían ser explicadas a los ciudadanos.
Como dice con gracia Clark, el estallido de la guerra en 1914 no es una obra de Agatha Christie, donde al final descubrimos al culpable, con una pistola humeante en la mano, de pie ante un cadáver. En esta historia hay una pistola humeante en la mano de todos y cada uno de los personajes principales. Visto bajo esa luz, el estallido de la guerra fue una tragedia, no un crimen. Reconocerlo no significa que tengamos que restar importancia a la beligerancia y a la paranoia imperialista de austriacos y alemanes; pero los austriacos y los alemanes no fueron los únicos imperialistas ni los únicos que sucumbieron a la paranoia. La crisis que desencadenó la guerra en 1914 fue fruto de una cultura política común; pero también fue multipolar y genuinamente interactiva, de ahí su complejidad y el debate historiográfico incesante; lo que no quita para que exista la impresión compartida por muchos de que lo fundamental sobre la cuestión quedó establecido, a comienzos de los años cuarenta, en el excepcional libro de Luigi Albertini4.

Una cosa está clara: ninguno de los trofeos por los que compitieron los políticos de 1914 valía lo que supuso el cataclismo que vino a continuación. ¿Comprendieron los protagonistas lo mucho que había en juego? ¿Realmente confiaban en que la guerra sería corta? Parece que alguno de ellos no descartó un “Armagedón” pero ¿de verdad comprendían lo que aquello podría significar? En los años posteriores a 1945, durante los años cincuenta y sesenta, los dirigentes y la gente en general comprendían por igual, y de una forma visceral, el significado de una guerra nuclear (las imágenes de los hongos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki formaban parte de las pesadillas de los ciudadanos corrientes). Posiblemente como consecuencia de ello, la mayor carrera armamentística de la historia de la Humanidad nunca culminó en una guerra nuclear entre las dos superpotencias.

Antes de 1914 las cosas eran distintas. Da la impresión de que, en el fuero interno de muchos estadistas, la esperanza de una guerra breve y el temor de una guerra larga se anulaban mutuamente impidiéndoles apreciar los riesgos de manera correcta. “En este sentido, sigue diciendo Clark, los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”.

Bibliografía
1. HAMILTON, Richard F. & HERWIG, Holger H. (eds.), The Origins of World War I, Cambridge, Cambridge University Press, 2003.
2. NEIBERG, Michael S., Dance of the Furies: Europe and the Outbreak of World War I. Cambridge, Harvard University Press, 2011.
3. McMEEKIN, Sean, The Russian Origins of the First World War, New York, Belknap Press/Harvars University Press, 2011.
4. CLARK, Christopher, The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914. New York, Harper, 2013.
5. EMMERSON, Charles, 1913: In Search of the World Before the Great War. New York, PublicAffairs, 2013.
6. HASTINGS, Max, Catastrophe 1914: Europe Goes to War. New York, Knopf, 2013.
7. McMEEKIN, Sean, July 1914: Countdown to War. New York, Basic Books. 2013.
8. MACMILLAN, Margaret, On the War that Ended Peace: The Road to 1914. New York, Random House, 2014.

Rosario de La Torre del Río, «La cuestión de los orígenes de la Primera Guerra Mundial», Cuadernos de Historia Contemporánea 2014, vol. 36 Universidad complutense, Madrid, pp. 355-371.


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