De la "Revolución de Octubre" a la URSS

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LA REVOLUCIÓN RUSA

Alberto Lettieri


La vanguardia socialista de los inicios del pasado siglo difícilmente hubiera considerado que el primer país donde estallaría la revolución proletaria sería Rusia. Todos os intelectuales de la izquierda europea consideraban que el advenimiento de un orden socialista era producto del pleno desarrollo capitalista que conllevaba a una profunda contradicción entre los medios de producción y las fuerzas productivas; esta tesis parecía muy lejana a una Rusia donde coexistían elementos de una sociedad feudal y otros de una sociedad capitalista industrializada.

Producida la revolución, observadores y protagonistas comenzaron a preguntarse cómo sería el futuro de una sociedad que debía "quemar" etapas para evolucionar rápidamente a una sociedad sin clases. Incluso sus principales actores se enfrentaron cotidianamente por esta controversia.

Uno de los interrogantes que se desparramó por el mundo fue tratar de descifrar por qué un pueblo que se mostró pasivo ante una autocracia omnipotente, de pronto se abalanzó masivamente para arrasar con todas las instituciones existentes, y sobre ensayo y error, construyó un orden nuevo que pronto sería modelo para las insurrecciones mundiales, aun en los parajes más remotos.

Es evidente que el Imperio Ruso mostraba, a mediados del siglo XIX, las incongruencias de instituciones anquilosadas en el pasado; pero todavía podía controlar a través de la coerción y de un fabuloso ejército a una población mayoritariamente pobre y ajena a los escenarios del poder político. Sin embargo, esta visión no se correspondía con la historia rusa, ni con la existencia de diversos factores prerrevolucionarios a lo que hay que sumar la incapacidad del Estado zarista para neutralizar a largo plazo los elementos de desequilibrio interno. Pero, además, Rusia tenía una tradición revolucionaria muy enraizada, la cual quedó bastante minimizada en la historia ante la gran trascendencia y total ruptura que provocó la Revolución Bolchevique de 1917.

Rusia fue convulsionada en el siglo XIX con la insurrección decembrista de 1825 pero, en los ochenta años posteriores, fue el único país de la Europa continental donde no se sucedieron transformaciones políticas radicales. No obstante, el país no quedó ajeno a la evolución de la civilización occidental y mostró fisuras muy importantes que refractaban a su sistema político y a la estructura cuasi arcaica de su economía.

La sublevación de 1825 fue una acción liderada por oficiales del cuerpo militar ruso, que contó con la participación de un grupo de la aristocracia ilustrada. Más allá de los motivos que orientaban la rebelión, que no eran más que un problema a sucesión del trono, Rusia mostraría durante el siglo XIX un sector ilustrado cuya profesión doctrinaria por la "razón del hombre" se contraponía al oscurantismo que propiciaba la autocracia zarista. Ante la ausencia de libertades civiles y la persecución continua, las ideas reformistas sólo pudieron expresarse desde el extranjero, donde se refugió una elite intelectual rusa cuyo campo de acción fue la política revolucionaria y el sindicalismo europeo.

El mayor exponente del campo revolucionario a mediados de siglo fue Mijail Bakunin y, a partir de la década del 80, la ideas marxistas se propagaron gracias a Plejanov, Axelrod, y por supuesto, Vladimir Illich Ulianov, más conocido como Lenin. La actividad revolucionaria de esta época fue intensa y extremista a tal punto de terminar con la vida del zar Alejandro II. Para 1894, los dirigentes socialistas fundaron el Partido Obrero Socialdemócrata. Muy pronto el zar Nicolás II los enviaría al exilio, desde donde conspirarían par derrocamiento de la autocracia.

Pero independientemente de estos grandes personajes, existió otra advertencia el zarismo sobre la imposibilidad de perpetuar un poder absolutista en un mundo donde la permanencia en el ranking de las naciones imperialistas se asociaba cada vez más con su capacidad industrial. Uno de los primeros avisos fue la Guerra de Crimea (1854­-1856), cuya derrota puso de manifiesto cómo el atraso económico era determinante en los frentes de batalla. El zar Alejandro II decidió iniciar un proceso pausado de modernización comenzando con la abolición de la servidumbre y la reforma judicial, pero estas medidas aisladas no podían más que acelerar las contradicciones internas del orden social ruso, más aún, cuando las guerras imperiales siguieron escalonándose. En efecto, Rusia entró en guerra con Georgia y con sus eternos enemigos, los turcos, en la década del 70.

Hacia fines de siglo y en un marco de permanente turbulencia, Rusia debía controlar los desórdenes que provocaban sus antiguas anexiones. Con una impronta nacionalista hubo levantamientos en Finlandia, Polonia, Ucrania y el Báltico, y el conflicto externo irrumpió nuevamente en 1904. En esta oportunidad se desató la guerra con Japón en una típica batalla imperialista por la ocupación de Asia. Rusia había ocupado parte de China y Manchuria y su próximo objetivo era Corea. Japón disputaba el mismo espacio de dominio y la guerra fue inevitable. El clima interno para afrontar la guerra no podía ser menos propicio: las huelgas y los movimientos de protesta se sucedían cotidianamente y la derrota frente a Japón arrojó a Rusia a un estado de inminente revolución.

La revolución de 1905
El atraso institucional ruso y la ausencia de libertades civiles no impidieron la formación de partidos obreros, aunque la coerción ejercida desde el poder más la proscripción de sus líderes había llevado a que el movimiento popular se encontrara fragmentado y dividido. En 1903, el partido Obrero Socialdemócrata se dividió en dos facciones: los mencheviques y los bolcheviques. Los primeros, entre los cuales militaban Plejanov y durante un tiempo Trotsky, consideraban que era necesario esperar el desarrollo capitalista para la revolución. Los bolcheviques o maximalistas dirigidos por Lenin preconizaban, en cambio, la dictadura del proletariado. Por otro lado, se había formado el partido social revolucionario, encabezado por Tolstoi, Chernov y Savinkov, quienes sufrieron las persecuciones del reaccionario ministro Plehve.

En los primeros días de 1905, y simultáneamente con la capitulación de Rusia frente a Japón, este ministro fue asesinado, El movimiento liberal aprovechó las circunstancias para reclamar reformas democráticas, pero su intervención en los acontecimientos fue ecléctica debido a las propias divisiones internas de los constitucionalistas democráticos ­el partido Kadete­. Una gran multitud se concentró, el domingo 22 de enero, para peticionar al zar. Las autoridades reaccionaron asesinando a mansalva a los manifestantes. El Domingo Sangriento, como se denominó este suceso, exacerbó los ánimos y se sucedieron motines, huelgas obreras y revueltas campesinas. El conflicto se extendió hasta octubre cuando se creó el Primer Soviet de trabajadores en San Petersburgo.

El zar, acorralado, otorgó una serie de concesiones, creando una asamblea nacional, la Duma, libertades civiles, y una nueva Constitución. Como contrapartida arrestó a todos los miembros del Primer Soviet y reprimió a los rebeldes. De esta forma, el nuevo gobierno, vigente a partir de 1905, estaba constituido por una alianza entre la nobleza y la alta burguesía.

Las elecciones para la constitución de la Duma mostraron la fortaleza del electorado de izquierda, por lo cual el recién elegido primer ministro Stolypin, anuló el proceso y convocó a nuevas elecciones donde estaban habilitados para votar un porcentaje muy ínfimo de la población. Su gestión intentó acortar las diferencias con la Europa moderna, imponiendo la propiedad privada en el campo y eliminando, en consecuencia, el sistema comunal del mir. Esta reforma agraria resultó muy beneficiosa para los campesinos más ricos, los kulaks, polarizando la estructura social rural. Las profundas diferencias en el campesinado sería un elemento muy decisivo en el desarrollo de la revolución bolchevique. Por otra parte, la postura gubernamental frente a los revolucionarios fue de extrema dureza y por ello, los grupos socialistas apelaron a la proliferación de atentados políticos, que incluyó el homicidio del propio Stolypin. El gobierno transitó en pocos años el camino inverso hacia la liberalización del régimen y, en 1908, volvió a concentrar todo el poder.

Entre la guerra y la revolución
El zarismo había podido controlar el gobierno, sin embargo, su poder, interno y externo, quedaron muy debilitados. El sistema político se encontraba asediado por las revueltas que adquirían un perfil de lucha clasista, con un proletariado en aumento y un campesinado mayoritariamente empobrecido y más subyugado que antes por las reformas agrarias realizadas.

El conflicto se agravaba por la gran explosión demográfica: si en 1870, Rusia contaba con 84,5 millones de habitantes en 1911, la población alcanzó a 160,7 millones. El incremento vertiginoso de la población repercutió en la distribución de la tierra, siendo ésta una presión cada vez mayor. El poder imperial en decadencia se confirmaba por las desastrosas intervenciones externas. Sus rivales, el Imperio Turco y el Austro­húngaro también se hallaban en dificultades, y le correspondió a éste último impulsar la ofensiva, ya que su objetivo era aletargar su declive como potencia.

Austria avanzó sobre los Balcanes dominando Bosnia y Herzegovina; Rusia intentó parar la expansión aliándose con Serbia y Montenegro. La guerra de los Balcanes estalló en 1912 y dos años después con el asesinato del heredero del trono austríaco por parte de una célula terrorista serbia, comenzó la Primera Guerra Mundial. La intervención de Rusia era inevitable, por cuestiones geopolíticas necesitaba controlar el expansionismo austriaco era casual que dos potencias que pujaban por un lugar en el concierto de naciones intentaran poner en este conflicto sus esfuerzos para retener prestigio y dominación en un mundo cuyo eje se desplazaba definitivamente hacia el Occidente, el problema es que la evolución imperialista del momento, la carrera armamentista y el sistema de alianzas iban hacer de la guerra el primer enfrentamiento a escala mundial.

Aunque los cuadros militares rusos eran de un nivel aceptable, la Primera Guerra Mundial impuso modalidades nuevas ­como la guerra de trincheras­ que no eran conocidas apropiadamente por los soldados rusos. Pero la mayor dificultad que tuvieron que enfrentar fue la insuficiencia industrial en materia de armamentos y municiones. La escasez pronto se hizo moneda corriente en Rusia que se enfrenta a serios obstáculos para poder aprovisionar a sus tropas. La falta de alimentos constituyó uno de los problemas más graves, y esto se debió a la gran cantidad de campesinos que fueron movilizados para la guerra. Cerca de diez millones fueron reclutados. Lo que restó las posibilidades de mantener el mismo nivel de producción de materias primas.

Bajo estas condiciones, el estándar de vida de la población se degradó de forma exagerada. Las primeras rebeliones no se hicieron esperar: los levantamientos se iniciaron en San Petersburgo, rebautizada en la guerra como Petrogrado, en reclamo de alimentos. Los campesinos tal vez hubieran podido ser derrotados por los cuadros militares rusos, pero éstos se negaron a reprimir. Desde hacía dos años el pueblo estaba hastiado de la guerra y muchas tropas rusas habían comenzado a desertar de los frentes de batalla. Esa actitud no fue exclusiva de los soldados rusos, lo mismo ocurría con los franceses y otros ejércitos beligerantes; pero en Rusia este factor repercutió en un desequilibrio de fuerzas en detrimento de la alicaída monarquía. El Imperio zarista sucumbió por sus deficiencias internas, su ausencia de autoridad y los efectos devastadores de la Primera Guerra.

En febrero de 1917 (marzo del calendario gregoriano occidental), en medio de una gran movilización popular, un gobierno provisional basado en la autoridad de la Duma reemplazó a la monarquía zarista. El zar Nicolás II había perdido toda legitimidad, los cosacos se negaron a reprimir la insurrección y pronto se sumaron a ella los obreros industriales; las movilizaciones ocuparon las calles durante cuatro días. Simultáneamente, volvieron a conformarse los soviets, consejos de autogobierno en los ámbitos locales que imitaban el sistema aldeano de democracia directa.

Los partidos de izquierda intentaron coordinar y dirigir a estas agrupaciones de base integradas por obreros, soldados o campesinos; inicialmente los socialistas revolucionarios y los mencheviques tuvieron éxito en esta empresa, pero con el paso del tiempo el sector bolchevique, con Lenin a la cabeza, controlaba la mayor parte de los soviets.

La revolución trajo de regreso a los líderes socialistas exiliados y su presencia comenzó a ser decisiva en el desarrollo de los acontecimientos. La revolución de febrero llevó a una dualidad de poder; por un lado el Gobierno Provisional, establecido por los partidos constitucionales y por otro lado, el poder de los soviets dirigidos por los mencheviques, el partido social revolucionario y los bolcheviques. Esta dualidad se transformó en un juego de imposibles cuando los bolcheviques, a partir de julio, propiciaron la idea de otorgar «todo el poder a los soviets».

El primer gobierno estaba integrado por el partido democrático constitucionalista Kadete y el Partido Octubrista. El primer gobierno provisional del príncipe Lvov cayó pronto en la ingobernabilidad asediado por las demandas de los distintos sectores sociales, sumado a la desconfianza que comenzó a generalizarse en los sectores empresarios, los cuales veían con malos ojos cómo se instalaba la indisciplina en el interior de las fábricas.

Lenin había expuesto, para entonces, los puntos centrales del programa bolchevique, conocido como la Tesis de abril. En ella proclamaba la dictadura del proletariado, la conformación de una república de soviets, y su proyecto político incluía la nacionalización de la banca y la desaparición de la propiedad privada.

Los meses siguientes estuvieron signados por una fracasada contrarrevolución zarista y por la negativa popular a volver a empuñar las armas en los frentes de batalla. Los gobiernos provisionales se sucedieron unos tras otros, fracasando en la conformación de una nueva legitimidad política. El más sintomático de esos gobiernos, el de Alexander Kerensky, intentó establecer un gobierno parlamentario basado en el sufragio universal, ya que los social revolucionarios sabían que contaban con el apoyo masivo del campesinado, mientras que los bolcheviques reclutaban a sus militantes en las filas obreras y en los sectores urbanos, ampliamente minoritarios en una sociedad rural.

El vacío de poder era manifiesto y el 6 de noviembre de 1917, 24 de octubre del calendario juliano utilizado en Rusia, se produjo la ocupación del Palacio de Invierno por parte del congreso de los soviets. El gobierno revolucionario disolvió al gobierno provisional y aprobó las iniciativas que marcarían el quiebre del viejo régimen: la inmediata negociación de paz con Alemania, la nacionalización la tierra y la industria, y la creación del Consejo de Comisarios del Pueblo, bajo la guía de los soviets. Mantuvo la convocatoria a la elección de constituyentes para la formación de una Asamblea Nacional, pero estas elecciones le dieron el primer revés. Los social revolucionarios, con el apoyo campesino, ganaron las elecciones.

Por ese motivo, Lenin primero aplazó reunión y luego disolvió la Asamblea Nacional, asumiendo todo el poder. Este gobierno compartió el poder sólo por algunos meses con un sector izquierdista del partido social revolucionario, pero muy pronto las fricciones con el Partido Bolchevique generaron su desplazamiento. En el mes de junio de 1918, se creó la República Federal Socialista Rusa, adoptando una Constitución basada en el sistema de soviets y en la dictadura del proletariado.

El desmembramiento del Imperio Ruso
El primer objetivo de Lenin en el poder era lograr que el gobierno revolución pudiera consolidarse ampliando sus bases de autoridad y recreando legitimidad donde todavía la doctrina bolchevique no se había enraizado, es decir, en el mundo rural. Su desvelo era que su gobierno no fuera una experiencia efímera y desintegradora como lo había sido el Gobierno de la Comuna de París en 1870.

El pueblo ruso deseaba la paz a cualquier costa y ésa fue la primera tarea que encaró el gobierno revolucionario. Pero su acción no podía culminar allí; el antiguo Imperio zarista comprendía territorios bastante disímiles, muchos de los cuales no tardaron en aprovechar la circunstancia de debilidad del gobierno central para proclamarse independientes, éstos fueron los casos de Georgia, Azerbaiján y Armenia. En este último caso también se trataba de una cuestión de dignidad, ya que durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno ruso no había podido evitar la matanza de un millón y medio de armenios en manos turcas, episodio que constituyó el primer genocidio de siglo XX. Las tentativas de paz con Alemania resultaron ser bastante deshonrosas y unilateralmente beneficiosas para el país vencedor. Rusia se declaraba incondicionalmente derrotada y mediante el Tratado de Brest­Litovsk perdía los territorios de Polonia, las provincias del Báltico, Transcaucasia, y se declaraba la independencia formal ­aunque en la práctica quedaron bajo la protección del gobierno alemán hasta la finalización de la Primera Guerra­ de los territorios de Ucrania, Finlandia y Moldavia; también los turcos obtuvieron como recompensa una franja limítrofe.

El monto de las indemnizaciones que debió pagar Rusia fueron muy costosas sobre todo para una economía destrozada. Rusia lograba conseguir la paz deseada, pero reducía su imperio al territorio de Rusia y algunos espacios geográficos menores. Su plan de paz estaba orientado por necesidades políticas, pero también por la idealización del pacifismo y la fraternidad universal que propiciaba la teoría marxista. A raíz de la firma del tratado de Brest­Litovsk, los aliados social revolucionarios de izquierda partieron la coalición de gobierno. De esta manera, el Partido Bolchevique quedó como único partido gobernante. Pero en el interior del partido gobernante también se produjeron conflictos, porque quien tenía a su cargo el Ejército Rojo, Trotsky, tenía una visión opuesta a la de Lenin respecto de las condiciones de paz y cesión de territorios. En última instancia, prevaleció la idea de entregar todo a cambio de la paz.

El flamante gobierno no tuvo respiro. Pronto estalló la guerra civil encabezada por los partidarios de la monarquía. La guerra se extendió desde julio de 1918 hasta finales de 1920 y contó con el tardío y débil auxilio de la intervención extranjera. Las tropas reaccionarias, conocidas como el Ejército Blanco, esperaban encontrar más eco internacional que el que verdaderamente tuvo.

Los países vencedores de la Primera Guerra Mundial inicialmente consideraban que la revolución rusa se agotaba en sí misma, que su poder iba a ser socavado rápidamente, pero por sobre todo estaban aún más preocupados por destruir definitivamente a Alemania que por los sucesos rusos que parecían tener un tinte más nacional. Sin embargo, para 1919, las economías capitalistas comenzaron a preocuparse por los efectos que había tenido la revolución rusa sobre los movimientos obreros europeos y la emergencia de la idea de revolución a escala continental. Tropas norteamericanas, francesas, inglesas, japonesas y hasta suecas arribaron a los límites geográficos de Rusia para combatir con el Ejército Blanco. Éstas no propiciaron demasiada ayuda al bando blanco, ya que al desgaste de la recién terminada guerra mundial se le sumaba que los soldados no fueron proclives a luchar por una causa que ni siquiera comprendían y que parecía muy ajena a sus vidas. En la práctica, la ofensiva de la reacción quedó en manos exclusivas de los nacionales. Éstos esperaban contar con el apoyo campesino, sin embargo esto no ocurrió, puesto que si bien la masa campesina no era favorable a los bolcheviques, tampoco deseaban regresar al antiguo régimen. Solamente los kulaks fueron favorables al bando blanco pero su apoyo no alcanzó para superar al Ejército Rojo.

Durante la guerra civil, el país estuvo gobernado por una oficina política del Partido Comunista, conocida como Politburó, la cual se integraba por cinco agencias de gobierno: la Jefatura de Estado ­ejercida por Lenin­ la cual se fusionaba con la autoridad del partido, un comisariado del pueblo, el Ejército Rojo comandado por León Trotsky, y un virtual Ministerio del Interior, al mando de Stalin. Fue durante el conflicto interno cuando, temerosos de conspiraciones y traiciones, comenzaron las primeras persecuciones, la limitación a la libertad de prensa y de expresión, la proscripción de todos los partidos políticos, a excepción del Partido Bolchevique, instalando así, un sistema de partido único.

La repercusión de la revolución soviética en los núcleos socialistas europeos fue extraordinaria. Para los partidarios del marxismo no había posibilidad de que la revolución rusa sobreviviera si no se extendía a una revolución de tipo continental, como primera escala para una revolución mundial. Estaban doctrinariamente en lo cierto; Karl Marx había establecido que la revolución proletaria iba a producir un efecto dominó ya que no era posible la supervivencia de un país socialista en un mundo capitalista. Sobre esta idea, la difusión de movimientos insurreccionales se regó por toda Europa. El miedo del mundo capitalista adquirió ribetes altamente reaccionarios.

Los enfrentamientos nacionalistas se solaparon. Rusia debió combatir contra Estonia y Letonia, en 1919, y con Polonia al año siguiente. Las fricciones con este último se originaron por los territorios de Ucrania y pese a lo que todos auguraban, las tropas polacas vencieron al Ejército Rojo; como consecuencia de esta guerra, Rusia perdía Bielorrusia y una porción de Ucrania. Sin embargo, la extensa movilización de soviéticas había dejado como saldo un cuerpo militarizado formado por cinco millones de soldados, disciplinados y convencidos de la causa revolucionaria. Este pasó a formar parte de una burocracia estatal, nucleada bajo la nueva denominación del partido bolchevique: el Partido Comunista. Ésta era su fortaleza; su debilidad: que la guerra había desmembrado al viejo imperio y los vencedores de la guerra se aprontaban a crear un cordón sanitario que evitara el contagio socialista hacia el occidente. Para ello fortalecieron a las regiones que prestaron oposición a la revolución bolchevique: Finlandia, Polonia, Rumania y Besarabia; además crearon tres nuevas repúblicas en la región báltica: Letonia, Estonia y Lituania.
La revolución se circunscribía entonces a una unión de repúblicas y a un puñado de provincias, la mayoría de las cuales pertenecían al Asia Central que tenían significancia vital para los comunistas por poseer gran riqueza agrícola: Turkmenistan, Kazajstán, Uzbekistán, Tadjikistán y Kirquisistán; las cuales, bajo la órbita de la república rusa, conformaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Fortalecer la revolución implicaba organizar en una unidad política a este conjunto de pueblos con disimiles características étnicas, nacionales y religiosas. Para ello los soviéticos organizaron un poder centralizado compuesto por un Soviet Supremo, dividido en dos cámaras donde, imitando la fórmula de representación occidental, una representaba proporcionalmente a la población y la otra, a las repúblicas integrantes de la Unión. Las Cámaras elegían un Presidium que ejercía el poder ejecutivo de la mano del Partido Comunista. La autonomía de las repúblicas era sólo nominal pues, en la práctica, dependían de las directrices emanadas del gobierno central. La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría le darían una nueva chance para incorporar nuevos países a la URSS y para recrear un sistema de países satélites dentro de la órbita de Moscú.

Alberto Lettieri, «La revolución rusa», La civilización en debate. Historia contemporánea: de las revoluciones burguesas al neoliberalismo, Eudeba. Buenos Aires, 2003, pp. 181-188


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