Democracia liberal. Teoría y práctica
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TEORÍA Y PRÁCTICA DEL LIBERALISMO

Europa se gobierna mediante monarquías parlamentarias. Los Estados Unidos de América, Francia y Suiza, también América Latina, por repúblicas constitucionales. Por contra, Rusia, China o Japón eran imperios autocráticos…


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Cuando la burguesía se hizo cargo del poder o de parte de él, en modo alguno se llevó completamente a la práctica la igualdad de derechos.

Simultáneamente seguían actuando las fuerzas feudales. Así, por ejemplo, a los pueblos coloniales no se les consideraba seres humanos, por lo que se podía justificar la subsistencia de la esclavitud. Dentro de la propia metrópoli, el derecho a la configuración política dependía del censo, esto es: de los impuestos devengados.

Por el contrario, los jornaleros, que tan sólo tenían posibilidad de vender el esfuerzo de su trabajo, aunque eran partícipes de las ventajas que emanaban de las leyes aprobadas por el parlamento, tenían vedada toda clase de colaboración en la elaboración de tales leyes. A consecuencia de ello, Jean-Jacques Rousseau demostró de forma convincente el carácter del parlamento inglés como instrumento de dominio de una determinada clase.

Dado que la Ilustración había destruido de forma radical los intentos de justificación religioso-tradicional de las estructuras jerárquicas, era preciso aducir para tales diferenciaciones jurídicas unas necesidades fundamentadas en la misma sociedad. Según esta justificación, sólo el propietario puede tener algún interés en mantener el orden burgués, y sólo el intelectual puede adquirir una visión profunda de lo que puede ser de provecho para todos. Con ayuda de esta justificación se consiguió denegar el derecho al voto tanto a los obreros como a las mujeres, del mismo modo como hoy en día tampoco se concede este derecho a los menores de edad y a los enajenados mentales.

Pero la equiparación de propietario y ser humano sólo era conciliable con las premisas liberales mientras estuviese abierto a todos el acceso a los criterios «propiedad» y «formación». Sin embargo, dado que la posesión de bienes era premisa para la obtención de una formación, la credibilidad de la pretensión liberal depende de si la economía de la libre competencia concede efectivamente a todo individuo capaz la oportunidad de adquirir la condición de propietario.

Cierto que tales condiciones no se llegaron a cumplir nunca, tampoco en la primera mitad del siglo XIX; pero las categorías liberales señalaban unas tendencias sociales reales y «de todos modos el modelo liberal se había acercado tanto a la realidad, que los intereses de la clase burguesa se podían identificar con los intereses generales, a la vez que el Tercer Estado podía establecerse como nación». Pero en la misma medida en que la sociedad construida por productores de pequeñas mercancías se fragmentó para dar lugar, por una parte a empresas mayores sobre base industrial, y por otra parte a una enorme masa de millones de obreros, dicha pretensión perdió toda su credibilidad. Ya no se podía hablar de una competencia libre entre pequeños empresarios y grandes empresas, que muy pronto comenzaron a desarrollar prácticas monopolistas. Como consecuencia de todo ello, tuvieron que cerrar sus puertas numerosas pequeñas empresas artesanas1.

Reinhard Kühnl, «El liberalismo», en Wolfgang Abendroth y Kurt Lenk, eds.,
Introducción a la ciencia política, trad. Miguel Faber-Kaiser, Barcelona, Anagrama, 1971, pp. 84-85

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