Emigración: Conflictos

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Cualquier migración desencadena conflictos, independientemente de la causa que la haya originado, de la intención que la mueva, de su carácter voluntario e involuntario, o de las dimensiones que pueda adoptar. Tanto el egoísmo de grupo como la xenofobia son constantes antropológicas previas a cualquier justificación, cuya difusión universal permite pensar que fueron anteriores a cualquier otra forma social conocida.

Para frenar dichas constantes, para evitar continuos baños de sangre, para posibilitar un grado mínimo de intercambio y circulación entre clanes, tribus y etnias, las sociedades antiguas inventaron los tabúes y los ritos de la hospitalidad. Tales mecanismos no suprimen, sin embargo, el status del forastero; al contrario: lo consolidan. El forastero goza de hospitalidad, pero no puede quedarse.

***

La puerta del compartimento se abre de nuevo para dar paso a dos pasajeros más. A partir de este momento varía el status de quienes los precedieron. Justo hasta ahora todavía eran intrusos, forasteros; pero en este instante se han convertido de pronto en aborígenes. Ya forman parte del clan de los sedentarios, de los propietarios del compartimiento, y, como tales, hacen uso de todos los privilegios que creen que les corresponden. Resulta paradójica la defensa de un territorio «ancestral» que apenas acaban de ocupar; notable la falta de cualquier empatía para con los recién llegados, quienes se ven enfrentados al mismo rechazo y que tienen por delante la misma difícil ceremonia de iniciación a la que tuvieron que someterse sus predecesores; sorprendente el rápido olvido con el que cada cual oculta y niega su propia procedencia.

Hans Magnus Enzenbesger, La gran migración. Treinta y tres acotaciones, trad. Michael Faber-Kaiser,
Barcelona, Anagrama, 1992, pp. v (15) y vi (16).


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