El «fordismo»

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Cuando un hombre es “alquilado” en el reparto de los distintos empleos, la regla debe ser la de asignarlo a un puesto de trabajo adaptado a sus condiciones. Si en la primera prueba éste se muestra incapacitado para desarrollar su trabajo, o si no se muestra a gusto con las condiciones, debe entregársele un tarjeta de transferimiento que le permita presentarse a un nuevo reparto de destinos y puestos: y aquí, tras un examen, se le destina a cualquier otro trabajo más adecuado a sus condiciones y a sus aptitudes. Los hombres que presentan una buena capacidad física, sin son asignados al puesto adecuado, se comportan como buenos trabajos, al mismo nivel que el resto. Por ejemplo, un ciego fue trasladado desde su primer puesto a otro en el que llevaba el cómputo y control de tuercas y tornillos. Ya había otros dos operarios empleados en esta misión. Tras dos días, el encargado de la asignación de puestos remitió una nota a la oficina central de transferencias para que los dos hombres fueran puestos bajo la dirección del trabajador ciego, ya que éste no era sólo capaz de realizar su labor, sino que incluso llegaba a cubrir la labor de los otros.

Esta obra de preservación —de los costes de producción— puede llevarse a cabo actualmente a cabo sin dilaciones. Comúnmente se admite que cuando un hombre sufre un accidente de trabajo, debe ser dado de baja y pagarle una subvención. Pero siempre hay un periodo de convalecencia, especialmente en los casos de fractura, durante los cuales dicho trabajador lo que desea realmente es reintegrarse al trabajo, ya que aunque la cantidad recibida como subsidio sea la mayor no cubre lo que en realidad la cantidad de un salario total. Nos encontramos que la tasa adicional que a esto destinamos, al final, representa un incremento en el coste del producto. Y esto nos conduce a una pérdida de ventas que se hace necesario no perder de vista.

Hemos experimentado, ante esto, con hombres recluidos en sus lechos, con tal de que pudieran mantenerse sentados. Se extiende sobre su colcha una tela encerada negra y se le dan los materiales para que pueda trabajar las piezas durante intervalos de tiempo. Es un trabajo que puede realizarse a mano, del que suelen ocuparse entre 15 y 20 hombres, el de la distribución de imanes. Este trabajo puede realizarse en las mismas condiciones tanto en una cama de hospital como en la propia fábrica, a así el operario puede mantener su sueldo íntegro. Y de hecho, su producción superaba el 20%, si no me equivoco, la producción habitual realizada en la factoría. A nadie se le imponía trabajar, si no lo deseaba. Pero todos accedían. Les ayudaba a sobrellevar el tiempo de convalecencia. Dormían y comían mejor, y se recuperaban más rápidamente.

Ninguna observación especial debe realizarse a propósito de los sordomudos. Su rendimiento en el trabajo es del ciento por ciento. Los operarios tuberculosos —y sin que podamos referirnos a un solo milagro— son asignados al reparto y distribución de materiales. En los casos en que se les considera contagiosos se les agrupa, construido según sus necesidades. Se tiene especial cuidado que la mayor parte de su trabajo se desarrolle al aire libre.

En el último recuento de trabajadores se contabilizaron 9.563 hombres con un nivel inferior de capacidad. De éstos, 123 tenían el antebrazo, el brazo o las manos amputadas. Uno de ellos carecía de los tres, incluidas las manos. Cuatro de ellos padecían ceguera total, 207 carecían de visión en un ojo, 253 con graves dificultades de visión en un ojo, 37 sordomudos, 60 epilépticos, 4 con las dos piernas amputadas o ambos pies, 234 con una pierna o con un pie solos. Los otros tenían lesiones menores.

La duración del tiempo necesario para aprender y manipular las técnicas e instrumentos de su oficio es la siguiente: el 43% de todos nuestros trabajadores no necesitan más de un día de adiestramiento; el 36% necesitan de una media de un día a una semana; el 6% de una semana a dos; el 14% de un mes a un año. En total, un uno por ciento requiere de uno a seis años. Entre estos últimos figuran los que necesitan desarrollar trabajos en común que requieren una gran especialización, como aquéllos dedicados a la fabricación de la maquinaria y a las labores de soldador.

La disciplina que reina en nuestras factorías es rígida. No se trata de reglamentos mezquinos, o de los que se pueda discutir racionalmente sobre su justicia. Se evitan los despidos arbitrarios o injustos, encargando al director del reparto de empleos que resuelva los casos de despido, quien sólo lo ejercita en casos excepcionales. El año 1919 es el último del que disponemos de datos estadísticos. En este año se produjeron 34.155 cambios en el personal. 10.344 lo fueron por casos de absentismo durante más de 10 días, sin justificación, lo que equivale a una voluntad manifiesta de ruptura de contrato; 3.702 fueron despedidos por haberse negado a aceptar el trabajo que se les asignó o por exigir uno distinto sin aportar razones plausibles. El rechazo a estudiar el inglés como idioma en las escuelas dispuestas para ello llevó al despido de 38; se enrolaron en el ejército otros 108; casi 3000 fueron transferidos de una factoría a otra. Razones que atañen a la repatriación o al traslado al trabajo agrícola o a otras industrias fueron las que determinaron en mayor número el mayor número de cese de contratos. 802 mujeres fueron despedidas porque ya sus maridos estaban ocupando un puesto de trabajo: por principio, no contratamos a mujeres casadas, cuyos maridos ya trabajan. En toda esta cantidad de datos, deben tenerse en cuento los 80 casos de despidos sin contemplaciones, debidos a comportamientos deshonestos (56), órdenes relacionadas con la escolarización (20), y comportamientos indeseables (4).

Por nuestra parte esperamos que los operarios realicen un trabajo bien hecho. La organización está tan escrupulosamente organizada y cada una de las partes depende de tal modo de las otras que, en ningún caso, puede permitirse al trabajador ningún tipo de aportación personal improvisada. Sin este principio de máxima disciplina sobrevendría el caos. Los hombres están en la factoría para producir el mayor trabajo cuantitativo posible y para recibir el mayor salario posible. Si a cada hombre le fuera concedido la posibilidad de trabajar a su manera, la producción se resentiría, y con ello, sus salarios. A quien no le plazca trabajar según las reglas que nos hemos dado, es muy libre de marcharse. La conducta de la Compañía hacia sus operarios se funda sobre la lealtad y la imparcialidad de éstos. Es primordial para los intereses del supervisor como de quien asigna los puestos de trabajo que los despidos en sus secciones sean mínimos. El trabajador cuenta con todas las garantías para exponer su caso; si ha sido tratado injustamente, se le dará una generosa satisfacción. De todas formas, es inevitable que en cualquier industria se produzcan injusticias. No todos los hombres tienen la misma aptitud hacia las relaciones que impone el ejercicio de un trabajo. La naturaleza humana tiende a veces a obstruir y enfrentarse a la buena voluntad de las directrices de la Compañia. El supervisor, a veces, no llega a entender o compartir del todo nuestras política: pero las intenciones de la Compañía son éstas que he expuesto, y ponemos todos los medios a nuestro alcance para que sean comprendidas y cumplidas […]

Entre los que formamos la Compañía fomentamos los contactos personales: los operarios realizan su trabajo y regresan a sus casa: una fábrica no es un salón para charlas. Pero nosotros intentamos ser justos en todos los ámbitos, y aunque no fomentamos el uso de relaciones de manos que se estrechan (carecemos de profesionales en estrechar manos), al menos intentamos y hacemos todo lo posible para evitar la acritud en las relaciones. Ofrecemos tantas posibilidades de reciclaje y vertebración que nuestra factoría constituye casi un mundo en sí mismo: toda clase de hombres puede encontrar aquí el puesto que le corresponde. Tomemos como ejemplo a los pendencieros. Es natural en el hombre llegar a sulfurarse, lo que aquí se traduce en inmediata causa de despido. Somos conscientes que esto es lo mejor para nosotros, el que con estas medidas lo perdamos de vista, pues es inevitable que esta conducta persista y deba ser considerada como incorregible. Nuestros supervisores han encontrado la forma más ingeniosa para distribuir y aplicar las sanciones, a fin de no dañar a las familias de tales individuos y no hacerle perder tiempo a los que intervienen en la cadena productiva.

Presupuesto absoluto para la alta capacidad de la industria, como para la producción del trabajador, es una fábrica impoluta, bien iluminada y bien mantenida. Nuestras máquinas se disponen unas muy cercanas de otros; cada metro cuadrado comporta un adecuado cuidado, como puede verse en el transporte y recolocación de las mismas en los lugares que les corresponde. En nuestro trabajo mensuramos con exactitud la cantidad de espacio que necesita cada trabajador. No deben estar constreñidos, se entiende: de modo que no interfiera con otros trabajadores, y provoque pérdidas. Pero, de igual modo, también provoca pérdidas si la máquina ocupa mayor espacio del necesario. Y la razón es porque nuestras máquinas se sitúan tan próximas unas a otras como en ninguna otra fábrica de nuestro mundo. A un profano podría parecerle que están apiladas en masa: al contrario, han sido dispuestas con criterios del mayor rigor científico, no tanto conforme al proceso de la concatenación de las operaciones, sino por la razón de que a cada hombre y a cada máquina se le ha dado el justo espacio indispensable, y posiblemente ni un pulgar de espacio más, y, obviamente, ni un metro cuadrado. Los edificios de nuestras fábricas no han sido ideados para transformarse en parques por los que pasear. Pero en todo caso se tienen en cuenta, en la disposición de la maquinaria, un máximo de precaución y ventilación.

Traducción de Henry Ford, My life and work, en colaboración con Samuel Crowther, Salem:
New Hampshire, Ayer Company, 1993


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