La vieja oficina

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Era justamente al otro día de aquel en que la primera mecanógrafa de la ciudad de Filadelfia, que había servido a una empresa durante sesenta años, murió a la edad de ochenta. En sus últimos días, recordaba cómo eran las cosas en sus primeros tiempos. Había venido a la oficina desde la escuela dominical de su patrón, en 1882. Se acordaba de cuando la oficina era una habitación bastante oscura, con las ventanas siempre cubiertas de polvo del exterior, y a menudo oscurecidas por el humo de la estufa colocada en el centro de la habitación. Recordaba la visera verde y el libro de Caja, el libro mayor encuadernado en cuero, y la plancha de hierro de la superficie del pupitre, el libro diario y la pluma de ave, la prensa de las cartas y la fila de libros.

Al principio, solamente había tres personas en la oficina: en el pupitre más alto, dominando la habitación, se sentaba el propietario; en un taburete, delante de un alto pupitre inclinada y patas delgadas, se encorvaba el tenedor de libros; y, cerca de la puerta, delante de una mesa que sostenía la máquina nueva, se sentaba la muchacha white-collar.

«El tenedor de libros» —dijo recientemente A. B. Nordin, a la Asociación Nacional de Encargados de Oficina— «era un hombre joven y viejo a la vez, ligeramente cargado de espaldas, de rostro lívido, generalmente de apariencia dispéptica, con manguitos negros y visera verde… Independientemente del género de negocios y de su edad, todos se parecían entre sí»… Parecían cansados y «nunca eran felices por completo, ya que… su cara traicionaba la fatiga de trabajar en aquel clima. En términos generales, era un puro hombre de pluma, pero su orgullo real residía en su habilidad para sumar una columna de cifras rápidamente y con precisión. Sin embargo, a pesar de esta cualidad, raras veces, si es que llegaba a suceder, dejaba su libro mayor por una colocación más prometedora. Su mente estaba atrofiada por la influencia destructora y desesperanzada de esa esclavitud y del trabajo rutinario. Era poco más que una máquina de sumar con una interminable cantidad de combinaciones de cifras aprendidas de memoria. Su hazaña era una hazaña memorística».

Por supuesto que habían existido tenedores de libros antes de 1880; Dickens escribió acerca de ellos; y, como Thomas Cochran y William Miller han observado, tan pronto como el pánico de 1820 alcanzó al estado de Nueva York, este nuevo hombre, vestido de alpaca, se había de unir a los propietarios de las fábricas y aun a los trabajadores de ellas para derrocar a la aristocracia campesina.

Pero la muchacha de oficina, en los años ochenta y noventa, veía al tenedor de libros como el centro mismo del mundo de la oficina. Él registraba todas las transacciones en el libro diario, el de salarios, el de caja, o el mayor; todas las órdenes corrientes y los memoranda eran alanceados en su clavija de hierro; sobre su pupitre y en un pequeño cofre metálico, o dentro de dos estantes abiertos, o en cajones con filas de libros, estaban todos los papeles manejados en la oficina y por su personal.

La muchacha en la oficina, luchando con las primeras máquinas de escribir, gastaba por lo menos quince minutos todas las mañanas en limpiar y engrasar su voluminosa y complicadamente delicada máquina. Al principio, escribir a máquina era tedioso para ella porque no podía ver lo que estaba escribiendo en la máquina del tablero doble sin tener que mover el papel por lo menos tres espacios, pero después de algún tiempo raras veces tenía que mirar. Sacaba también punta a los lápices y manejaba la prensa de copiar, curioso artefacto que llamó mucho la atención de la gente en la feria mundial de Chicago en 1893, y que hacía una confusa copia de la misma tinta de la carta original.

El hombre del pupitre situado en un lugar elevado estaba casi siempre ausente durante el día, aunque el humo de cigarro estuviera siempre presente en el aire. Más tarde hubo un botones que hacía los recados, pero en la oficina pre-telefónica, el propietario tenía frecuentemente que hacer las visitas personalmente para despachar las negociaciones. Este contacto personal con el mundo exterior iba paralelo a las relaciones dentro de la oficina; lo fundamental era el contacto personal con el mundo circundante que creaba estímulo. Como escribió Balzac, en las primeras oficinas «había devoción de una parte y confianza de la otra». Los que en aquel círculo estaban aprendiendo, podían obtener una visión de conjunto del negocio y, en forma preestablecida, adelantar hacia puestos más responsables.

Charles Wright Mills, White-Collar. Las clases medias en Norteamérica,
trad. José Bugeda Sanchiz; notas a la ed. esp. Fernando Murillo Rubiera, Madrid, Aguilar,1973, pp. 247-249


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