Progreso técnico y científico

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IMPORTANCIA DEL PROGRESO TÉNICO Y CIENTÍFICO: El historiador inglés Geoffrey Barraclough atiende, en el texto seleccionado, a los aspectos de la «revolución científico-técnica», entre el siglo XIX y el siglo XX, que han sido determinantes en la formación de la sociedad urbana e industrial que el hombre moderno de finales de la centuria considera como natural y familiar.

DOCUMENTOS
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Canal de Suez a finales del siglo XIX

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Jhon D. Rockefeller. Presidente de la Starndar Oil Company





Aun en el más humilde nivel de la vida práctica de cada día es seguramente significativo el que tantos objetos ordinarios, que consideramos como los concomitantes normales de la existencia civilizada actual, hicieran todos su aparición en este período y, muchos de ellos concretamente, en el lapso comprendido entre 1867 y 1881: así, por ejemplo, el motor de combustión interna, el teléfono, el micrófono, el gramófono, la telegrafía sin hilos, la lámpara eléctrica, la mecanización de los transportes públicos, los neumáticos, la bicicleta, la máquina de escribir, los grandes periódicos y rotativos, las primeras fibras sintéticas, la seda artificial, los primeros plásticos sintéticos, la bakelita… Y aunque el desarrollo intensivo de la aviación comenzó solamente después de 1914, acorde con las exigencias militares, ya los hermanos Wright habían demostrado en 1903 con éxito la posibilidad de adaptar a los aviones la máquina de combustión interna movida por petróleo.

Aquí, como siempre, fue necesario un intervalo antes de que pudieran resolverse los problemas de producción a gran escala, y algunas de las cosas que nos hemos acostumbrado a considerar como normales —entre otras, la radio y la televisión— pertenecen obviamente a una fase posterior. Sin embargo, bien puede decirse que si una persona de las que viven hoy día se trasladase repentinamente, en el plano puramente práctico de la vida diaria al mundo de 1900, se encontraría en un ámbito familiar y cómodo, mientras que si se trasladase a 1870, aunque fuese a la Inglaterra tan industrializada, probablemente le impresionarían más las diferencias que el parecido.

En una palabra, hacia 1900 fue cuando la industrialización comenzó a ejercer su influencia en las condiciones de vida de las masas en Occidente; hasta el punto de que difícilmente podemos damos cuenta hoy día del cambio enorme que afectó y al que tanto costó adaptarse incluso a gentes que habían gozado de buena posición en la generación anterior.

La razón básica de esta diferencia radica en que pocos inventos prácticos de los que he mencionado antes fueron consecuencia de un desenvolvimiento laborioso realizado paso a paso, o de una simple mejora de los procedimientos ya conocidos; una mayoría aplastante era el resultado del uso de nuevos materiales, de nuevas fuentes de energía y, sobre todo, de la aplicación de los conocimientos científicos a la industria.

Por ejemplo, hasta 1850 el acero «era casi un material semiprecioso», y alcanzaba una producción mundial de 80.000 toneladas, de las que Inglaterra fabricaba la mitad. Los descubrimientos de Bessemer, de Siemens y de Gilchrist y Thomas1 transformaron completamente la situación, de manera que para 1900 la producción había alcanzado los 28 millones de toneladas.

Al mismo tiempo, mejoró enormemente la calidad del metal o, mejor, su dureza, con la adición de níquel —un resultado que únicamente fue posible porque Ludwig Mond2 descubrió en 1890 un procedimiento para su extracción. Así, a todos los efectos prácticos, podía considerarse el níquel como un nuevo metal industrial, aunque, naturalmente, ya antes se lo utilizaba en pequeña escala.

Lo mismo se aplica, aún más directamente, al aluminio, que hasta ahora había sido demasiado costoso para dedicarlo al uso común e industrial. Con la introducción de los procedimientos electrolíticos, desarrollados en 18863, su producción se convirtió en comercial, lo que hizo posible que por primera vez estuviera disponible como una nueva materia prima, que pronto llegaría a ser de la máxima importancia: por ejemplo, en la naciente industria aérea.

Estos adelantos y otros parecidos, que serán a su vez la base para progresos ulteriores, fueron el resultado, a la vez, de cambios todavía más fundamentales: la introducción de la electricidad como nueva fuente de luz, de calor y de energía; y la transformación de la industria química. La electrólisis, tan importante en la extracción del cobre y del aluminio y en la producción masiva de sosa cáustica, sólo se convertiría en una posibilidad práctica de uso cotidiano cuando se generaliza el uso de la energía eléctrica. Lo mismo puede decirse de otros adelantos electroquímicos. Por consiguiente, las industrias eléctricas y químicas de fines del siglo XIX no sólo fueron las primeras de las que surgieron específicamente los descubrimientos científicos posteriores, sino que además tuvieron un impacto sin precedente que implicaba tanto a la rapidez con que se hicieron sentir sus efectos como a la amplitud de sus aplicaciones en las otras industrias.

El petróleo fue la tercera nueva industria que conllevó los mismos caracteres revolucionarios. Era una fuente de energía equivalente al carbón y a la electricidad. Y más adelante sirvió de materia prima para la vasta serie en continua expansión de la industria de los productos petroquímicos. Desde este punto de vista, la fundación de la compañía de petróleo Standard Oil Company, llevada a cabo por Rockefeller4 en 1870, puede considerarse en muchos aspectos como el símbolo del alborear de una nueva era. Ya en 1897 la Standard Oil tenía sucursales hasta en los más pequeños rincones de los usa, desde la costa del Atlántico hasta la del Pacífico; y para esas fechas —a pesar de que el motor de combustión interna estaba todavía en pañales— los Estados Unidos estaban exportando ya petróleo por valor de 60 millones dólares anuales.

El impacto de la electricidad fue todavía más espectacular. Fueron jalonando su marcha triunfal el invento de la dínamo de Siemens5 en 1867; el descubrimiento de la lámpara incandescente por Edison en 1879; la inauguración de la primera fábrica de energía eléctrica del mundo en 1882, y la de A.E.G. en Alemania en 1883, y la construcción de la primera planta hidroeléctrica, en 1890, en Colorado. Ni siquiera en 1850 hubiera podido predecir nadie la explotación de la electricidad como fuente de energía a tan gran escala; pero cuando se generalizó su uso, cambió la faz del mundo. «El comunismo», tal como Lenin afirmaría lapidariamente, «es igual a la suma de poder soviético más electrificación»6.

Otro campo en el que los progresos realizados durante este período iban a tener una resonancia inestimable en el futuro fue el de la medicina, la higiene y la nutrición. Es indudable que en estas ramas del saber los últimos decenios del siglo XIX no constituyeron una época tan marcadamente definida como en los años anteriores; pero si bien, en algunos casos, se había llevado a cabo anteriormente la experimentación básica, su aplicación se generalizó en gran parte después de 1870.

A pesar de los prejuicios y resistencias que se oponían a todo lo que afectaba al cuerpo humano, solamente se fue haciendo uso, poco a poco, del cloroformo a partir de la mitad del siglo XIX, aunque su descubrimiento databa de 1831; de la misma manera, aunque el ácido carbónico se descubriera en 1834, el uso de antisépticos solo llegó a generalizarse después de que Lister7 empezara a emplearlos en Glasgow en 1865.

Pero la razón principal de por qué la medicina se mantenía en un estado precientífico a mediados del siglo XIX radicaba en el hecho de que la modernización de los productos farmacéuticos tenía que esperar a que se produjesen otros adelantos más fundamentales en el campo de la química; lo mismo ocurría en otros ramos del saber íntimamente afines. La gran era de la bacteriología, que arranca en 1870 y se asocia a los nombres de Pasteur y de Koch8, debió su impulso al desarrollo de los nuevos tintes de anilina, que hicieron posible la identificación de una amplia gama de bacterias por el uso de procedimientos diferenciales de coloración. La microbiología, la bioquímica y la bacteriología surgieron entonces como ciencias nuevas; entre sus resultados más significativos destacaron la producción del primer antibiótico, el Salvarsán, en 1909, el descubrimiento de las vitaminas y de las hormonas en 1902, y la identificación del mosquito transmisor de la malaria por Sir Ronald Ross9 en 1897. La aspirina se puso a la venta en 1899. Al mismo tiempo, la anestesia, unida al uso generalizado de las técnicas antisépticas y asépticas, revolucionaron las prácticas de la medicina.

Los nuevos conocimientos químicos y en el campo de la biología provocaron también una revolución incluso en la agricultura, que estaba vitalmente necesitada de ellos para compensar la subida vertical de la curva demográfica humana, como consecuencia de los adelantos de la medicina. La producción masiva de escoria básica como fertilizante artificial se hizo posible como subproducto de' los nuevos procedimientos para la obtención del acero. Nuevos métodos para la preservación de los alimentos, basados en los principios de la esterilización y de la pasteurización usados en medicina, hicieron posible la conservación masiva de las sustancias alimenticias y la provisión constante de víveres a precios asequibles en beneficio de la creciente población mundial. Como resultado de las investigaciones de Pasteur, la pasteurización10 de la leche para consumo general se hizo corriente a partir de 1890.

Sería difícil exagerar la importancia de estas mejoras en un tiempo en que los adelantos industriales estaban cambiando la estructura de la sociedad y todos los moldes de la vida diaria. La industria de conservas, favorecida por los nuevos procesos en la fabricación de la hojalata, dio entonces un paso gigante. La venta de vegetales en conserva ascendió de cuatrocientas mil cajas en 1870 a cincuenta y cinco millones en 1914. Otros factores que facilitaron la provisión de alimentos baratos para la creciente población industrial fueron la terminación de las principales redes ferroviarias, el desarrollo de los barcos de vapor de gran tonelaje y el perfeccionamiento de las técnicas de refrigeración.

En Europa, la perforación de los Alpes a través de los túneles de Mont Cenis y de San Gotardo en 1871 y en 1882 redujo el trayecto, desde Italia y el Mediterráneo hasta Francia y Alemania, de días en horas, y permitió al norte industrializado importar a gran escala frutos y vegetales meridionales y sub tropicales. En Canadá, la finalización del ferrocarril Pacífico Canadiense en 1885 posibilitó el acceso a las grandes praderas del interior. En 1876 se pusieron en servicio vagones con instalaciones frigoríficas para transportar carne congelada desde Kansas City hasta Nueva York, y barcos, con el mismo sistema, la transportaban a Europa. Desde 1877 Argentina pudo poner a disposición de Europa carne de buey en buenas condiciones; el primer barco cargado con carne congelada de cordero de Nueva Zelanda llegó al mercado inglés en 1882. A partir de 1874 los Estados Unidos proveyeron a Inglaterra más de la mitad de su consumo total de trigo. Entretanto, la apertura del Canal de Suez en 1869 redujo la distancia entre Europa y el Oriente asiático, y su tráfico se triplicó entre 1876 y 1890. Los productos coloniales y ultramarinos, como el té de la India y el café del Brasil, incrementaron su presencia en los mercados europeos; y Argentina se convirtió en la principal exportadora de carne.

El resultado combinado de todos estos factores iba a poner en marcha algo muy parecido a una revolución en los métodos de aprovisionamiento para alimentar una población industrializada y urbanizada.

Geoffrey Barraclough, Introducción a la historia contemporánea, Madrid, Gredos, 1993.


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