¿Un retorno al feudalismo?

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Los dictadores de Chicago fueron todos, sin excepción, inmigrantes de la segunda generación. Fueron, desde un punto de vista étnico, italianos, irlandeses y polacos.

Nada sería más estúpido que sacar de este hecho conclusiones sobre las «razas». Sus móviles son exclusivamente históricos, y pueden probarse fácilmente. Polonia era, en el siglo XIX, una provincia sometida, repartida entre las grandes potencias de Alemania y Rusia; Irlanda, la víctima del Imperialismo británico; Sicilia y Nápoles siguen siendo hoy día regiones subdesarrolladas.

Los gángsteres se enraizan en las sociedades semicoloniales de la vieja Europa; sus países de origen fueron sociedades precapitalistas, gobernados feudalmente. No es casualidad el que a menudo se haya descrito la dominación de Chicago por Al Capone como una parodia del feudalismo.

En la expresión lapidaria de «barones del aguardiente» había algo de cierto. La estructura de ese Poder era equívoca como su extensión toda: los sectores de ventas y las zonas comerciales eran, al mismo tiempo, feudos: los jefes de filiales y los agentes del cártel eran secuaces y vasallos; y la fidelidad comercial al contrato no se basaba en ningún códice civil, sino en las mutuas relaciones de lealtad que prescribe el régimen feudal.

Semejantes rasgos ancestrales pueden comprobarse a cada paso en el ámbito y en las costumbres de las bandas de Chicago; realmente, se puede hablar de un folklore gansgteril.

Su religiosidad, por una parte signo de respetabilidad burguesa, es, por otra parte, arcaica como se evidencia en su culto a la madonna y en su predilección por los amuletos; es verídico el que muchos pistoleros de Capone, se pusiesen, ellos mismos y sus actos, bajo la advocación de María y la rezasen pidiendo ayuda.

La costumbre de lanzar granadas de mano a los compradores reacios, las llamadas ananas, podrá parecer a primera vista un procedimiento plenamente moderno que corresponde a las técnicas y armas más desarrolladas; pero, de hecho, se trata, como demostraron los historiadores de la Mafia, de un descubrimiento siciliano que se remonta a principios del siglo XIX.

Un rasgo feudal, precapitalista, del régimen de los gángsteres es también la largueza que se esperaba de sus jefes. El propio Capone nunca se sustrajo a esta exigencia. Solía repartir fabulosas propinas y regalos a la manera de los primitivos monarcas. Su “generosidad” era célebre como la de los príncipes medievales; especialmente en la época de la Gran Crisis, hacía refluir a los obreros de Chicago una porción insignificante de las contribuciones extorsionadas y de este modo se erigía en bienhechor del pueblo.

Al ritual del gánster pertenecían, además, los singulares, fastuosos y macabros entierros y banquetes, que serán dignos de una especial investigación etnológica.

Hans Magnus Enzenbesger, La balada de Al Capone. Mafia y capitalismo, trad. Lucas Sala, Madrid, Errata naturae, 2009, p. 55-57,


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