El cubilete de los dados

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Fragmento
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1914

¿En el extranjero son de la misma forma los relámpagos, o no? Alguien que se encontraba en casa de mis padres hablaba del color del cielo.

¿Son relámpagos? Se trataba de una nube rosa que venía hacia ellos. ¡Oh, cómo cambió todo! ¡Dios mío!, ¿es posible que tu realidad sea tan viva?

La casa paterna está ahí; los castaños están pegados a la ventana, la prefectura está pegada a los castaños; el monte Frugy está pegado a la prefectura: sus cimas solas, nada más que sus cimas. Una voz anunció: «Dios», y un claror se hizo en la noche. Un cuerpo enorme ocultó la mitad del paisaje.

¿Era El aquél? ¿Era Job aquél? Era pobre, presentaba cortes en la carne, y tenía sus muslos cubiertos con un paño: ¡oh, cuántas lágrimas, Señor! Descendía…

¿Cómo? También entonces descendieron parejas de tamaño mayor que el natural. Venían por el aire en cajas y huevos de Pascua: se reían y el balcón de la casa paterna se atestó de hebras negras como la pólvora. Había miedo. Las parejas se acomodaron en la casa paterna y nosotros las observábamos por la ventana, pues eran malas. Había hebras negras hasta en el mantel del comedor, y mis hermanos desmontaban cartuchos de fusil Lebel.

INCONVENIENTE DE LOS VASTAGOS

La cabeza no era más que un viejo boliche en la gran cama blanca. La colcha de seda parda con adorno de pasamanería correctamente ajustado a su costura hacía frente a la lámpara.

En ese blanco valle la madre se encontraba en el hueco de las grandes cosas, con la dentadura quitada; y el hijo junto a la mesilla, con sus diecisiete años y unos pelos que las espinillas no dejaban afeitar, se asombraba de que, de aquella vieja cama grande, de aquel hondo valle de la cama, de aquel boliche sin dientes, hubiera podido salir una maravillosa personalidad conquistadora y tan evidentemente genial como la suya.

El viejo boliche, sin embargo, no quería que retirara la lámpara del blanco valle. Más hubiera valido que no la hubiera quitado, porque aquella lámpara le ha impedido después vivir siempre en otra parte cuando ya no vivía cerca de ella.

TRADUCIDO DEL ALEMÁN O DEL BOSNIO

A Mademe Éduard Fillecier

¡Mi caballo se detiene! ¡Detén también el tuyo, compañero, tengo miedo!, entre las pendientes de la colina y nosotros, las alfombradas pendientes, está una mujer, a no ser que sea un nubarrón.

¡Detente!, ¡me llama!, ¡me está llamando y veo cómo late su pecho! con el brazo me hace señas de que la siga; con el brazo…, a no ser que ese brazo suyo sea una nube.

- ¡Detente, compañero, tengo miedo, detente', entre los árboles de la colina, los árboles inclinados de la colina, he visto un ojo, a no ser que ese ojo sea una nube. Me mira fijamente hasta desazonarme; ¡detente! Nos sigue los pasos por el camino, a no ser que ese ojo sea una nube.

- ¡Escucha, compañero!, que sean fantasmas, vidas de esta tierra o de otra tierra, no hablemos de estos seres en la ciudad, no vayan a tratarnos de importunos.

JUEGO A PROPOSITO DE LA PALABRA “CASTA"

Me he reconciliado con mi madre, aunque ya no seamos de la misma casta.

En París, lugar en el que nada cuenta, cuentan las castas. Me he encontrado al tío Vernin, aquel cantinero al que mis amigos y yo arruinamos sin escrúpulos por no ser de nuestra casta, y he tomado un vaso con él, pese a que no es de mi casta.

Me acuerdo de haber paseado por una ciudad con una cortesana que no es de mi casta y a la que esa ciudad despreciaba por no ser de su casta, aunque, como daba vida a la ciudad, algunos le sonreían aunque no fuera de su casta.

Cuando me reconcilié con mi madre, froté todo su parquet con el fin de humillarme con los gestos de otra casta, pero ocurrió que lo dejé negro debido a que no soy de la casta de los frotadores: el negro provenía de las gotas de pez que yo iba extendiendo y el aparador iba lagrimeando. Me bebí un vaso de vino en la mesa familiar, pero lo hice de pie, porque había frotado el parquet.

COSTUMBRES LITERARIAS

Cuando una banda de señores se encuentra con otra banda, raro es que los saludos no vayan entremezclados con sonrisas. Cuando una banda de señores se encuentra con un señor, si ha lugar a un profundo saludo, las salutaciones van menguando, y a veces el último ni saluda.

Según parece, he escrito que le habías mordido el pezón a una mujer y que había salido sangre. Si crees que lo he hecho, ¿por qué me saludas? ¿Te saludaría yo si pensara que tú lo habías hecho? Nos vimos en casa de una obesa dama con gafas que tiene una toquilla de punto, tú me estrechaste la mano, pero en cuanto nos encontramos en el retrete de la dama me lanzaste los almohadones de la taza.

Eran unos almohadones muy siglo XVIII. Dicen que en lugar de disculparme yo también te lancé a ti almohadones. No sé si eso es verdad. Ahora, cuando mi banda se encuentre contigo, y yo sea el último y ni te salude, no vayas a pensar que es por el asunto de los almohadones; pero si mi banda se encuentra con la tuya y hay intercambio de sonrisas, no pienses que vayan a salir de mí.

LITERATURA Y POESIA

Fue en los alrededores de Lorient, había un sol brillante y paseábamos mirando cómo por aquellos días de septiembre subía el mar, subía y cubría los bosques, los paisajes, los acantilados.

Pronto no hubo en lucha contra el mar azul más que algunos meandros de los caminos bajo los árboles, y las familias se iban acercando. Había entre nosotros un niño vestido con traje de marinero. Estaba triste; me tomó de la mano y me dijo: «Señor, yo he estado en Nápoles; ¿sabe usted que en Nápoles hay muchas callejuelas?; uno puede quedarse solo en una calle sin que nadie le vea: no es que en Nápoles haya mucha gente, pero hay tantísimas callejuelas que nunca hay más de una calle por persona».

«-¿Qué mentiras le está contando el crío éste?, me dice el padre, ¡no ha estado en Nápoles».

«-Señor, su hijo es un poeta».

«-Eso está bien, porque como sea un literato, ¡le retuerzo el pescuezo!».

Los meandros de los caminos, ya secos por el mar, le habían evocado las calles de Nápoles.

NUESTROS PLACERES DE POBRES

Desde aquí la orquesta no es más que un crepitar de grillos en la hierba. No obstante la pared de tablas, esto no es una plaza de toros. El anfiteatro está acristalado, es como el taller de un carpintero visto desde la calle. La democracia está bajo vidrios.

«Asómese un poco más, mujer sin sombrero, que si los actores quedan a la izquierda y en la orilla les verá los jubones castaños como dos chinches al pie justo de su cama».

Igual a lo largo de las fortificaciones de las ciudades se asoman todos aquellos que van bordeando los precipicios: la muerte, la miseria y la infamia.

LA CASA DEL POETA

Él ha muerto y ésos son su viuda y sus dos hijos: «¡Ay, la ventana en la que se veía su perfil de anciano!, dice la viuda, ¡un matrimonio por amor! ¡Cuánto valor y cuánto genio! ¡Nuestros padres dieron su consentimiento a todo!»

La casa ha cambiado de inquilinos; una mujer ha tendido ropa en el desván: le he llamado la atención, y me ha contestado con granujerías; un perro lobo se ha quedado mirándome; había rosas en el jardín, todas marchitas. Han vuelto a cambiar los inquilinos; ha habido un tejadillo de tejas sobre la escalinata y se han consumido bebidas heladas en el jardín. ¿Qué ocurrirá en la casa del poeta? tal vez un crimen…

Y tú, pobrecillo, ¿qué esperas tú para tu casa, sino la traición de tus mejores amigos?

Traducción de Carlos Ortega


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