Los Jóvenes Turcos

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Fragmento
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[…] El partido de los Jóvenes Turcos era una coalición de formaciones políticas dispares unidas por el común objetivo de acotar el absolutismo de Abdul Hamid, restaurar el gobierno constitucional y recuperar la democracia parlamentaria. Uno de los partidos más destacados de cuantos se agrupaban bajo el paraguas de los Jóvenes Turcos era el del Comité para la Unión y el Progreso, o CUP, una sociedad secreta integrada por civiles y militares que había sido fundada a principios de la década de 1900.

Pese a que el CUP tenía ramificaciones en todas las regiones del imperio otomano —en los territorios árabes, en las provincias turcas y en los Balcanes—, la mayor represión a que hubo de enfrentarse dicho movimiento se produjo en las provincias turcas y árabes. En 1908, el centro de operaciones del CUP se encontraba por tanto en las posesiones que todavía conservaban los otomanos en los Balcanes, esto es, en Albania, en Macedonia y en Tracia.

En junio de 1908, los espías que trabajaban para el sultán descubrieron la existencia de una célula del CUP en el tercer ejército otomano de Macedonia. Enfrentados al inminente riesgo de un consejo de guerra, los militares decidieron pasar a la acción. El 3 de julio de 1908, uno de los líderes de la célula del CUP, el oficial de campo Ahmed Niyazi, se rebeló, poniéndose al frente de doscientos soldados y civiles bien armados y exigiendo que el sultán restaurase la constitución de 1876. Todos ellos estaban firmemente convencidos de que iban a morir en el empeño. Sin embargo, los rebeldes sintonizaron con el estado de ánimo de la opinión pública y su movimiento comenzó a adquirir fuerza al ir obteniendo paulatinamente el apoyo de la población en general.

En Macedonia hubo ciudades que se alzaron en bloque, rebelándose y declarándose partidarias de la constitución. Un oficial de los Jóvenes Turcos, el comandante Ismail Enver—cuya fama posterior determinaría que se le conociera simplemente como Enver—, proclamó la constitución en las poblaciones macedonias de Köprülü y Tikveş, y fue aclamado por la multitud. El tercer ejército otomano amenazó con marchar sobre Estambul para imponer la constitución en la capital del imperio.

Tres semanas más tarde, el movimiento revolucionario había adquirido tales dimensiones que el sultán se vio en la imposibilidad de contar con la lealtad de su ejército para contener el levantamiento de Macedonia. Esta fue la emergencia que obligó al sultán a convocar a los miembros de su gabinete el 23 de julio de 1908. La reunión tuvo lugar en el palacio de Yildiz, encaramado a una colina que domina el estrecho del Bósforo desde el lado europeo de Estambul. Intimidados por el sultán, que por entonces contaba sesenta y cinco años, los ministros no se atrevieron a plantear la crucial pregunta de si debía restaurarse o no el régimen constitucional. Dedicaron horas a deliberar más sobre la atribución de responsabilidades que a abordar las cuestiones vinculadas con la ineludible solución de la crisis.

Tras pasarse un día entero escuchando las tergiversaciones de sus ministros, Abdul Hamid dio por zanjada la discusión. «Nadaré a favor de la corriente», anunció al gabinete. «En su día, la constitución se vio promulgada bajo mi reinado. Fui yo quien la estableció. Razones de necesidad me forzaron a suspenderla. Ahora deseo que los ministros preparen una proclamación» destinada a restaurar la constitución. Los aliviados ministros se pusieron inmediatamente manos a la obra siguiendo las instrucciones del sultán y comenzaron a enviar telegramas a todas las provincias del imperio con el fin de anunciar el despertar de un segundo período constitucional. Debido al éxito obtenido al obligar al sultán a restaurar la constitución, se atribuyó a los Jóvenes Turcos el mérito de haber liderado una revolución.

Hubo de pasar algún tiempo antes de que empezara a comprenderse la relevancia de los acontecimientos. Los periódicos refirieron los hechos sin grandes titulares ni comentarios específicos: «Por orden de su majestad imperial, el parlamento ha vuelto a reunirse de acuerdo con los términos establecidos en la constitución». El hecho de que la opinión pública tardara veinticuatro horas cumplidas en reaccionar a la noticia podría no ser sino un reflejo de otra circunstancia: la de que fueran muy pocas las personas dispuestas a tomarse la molestia de leer la prensa otomana, sujeta a una férrea censura.

El 24 de julio, la multitud se congregaba tanto en los espacios públicos de Estambul como en las poblaciones de provincias y las ciudades del conjunto del imperio para festejar el retorno del sistema constitucional. El comandante Enver tomó un tren en dirección a Salónica (en lo que hoy es Grecia), centro neurálgico del movimiento de los Jóvenes Turcos, siendo allí vitoreado como «campeón de la libertad» por las masas exultantes. En el andén destinado a recibirle se encontraban sus colegas, el comandante Ahmed Cemal, inspector militar de los ferrocarriles otomanos, y Mehmet Talat, funcionario de correos. Ambos eran hombres que habían ido ascendiendo los peldaños jerárquicos del Comité para la Unión y el Progreso y que acabaron siendo conocidos, al igual que Enver, por sus respectivos apellidos: Cemal y Talat. «¡Enver!», gritaron, «eres el nuevo Napoleón».

A lo largo de los días siguientes las calles de las ciudades se cubrieron de un festón de banderas rojiblancas engalanadas con el lema revolucionario: «justicia, igualdad y fraternidad». En las plazas de los pueblos de todo el imperio se fijaron fotos de Niyazi, Enver y otros «héroes libertadores» pertenecientes al ejército. Al mismo tiempo, los activistas políticos se dedicaban a pronunciar discursos públicos sobre las bendiciones de la constitución, compartiendo sus esperanzas y aspiraciones con el público en general.

Las ilusiones que vino a suscitar la revolución constitucional hicieron que todas las facciones de la plural población otomana se fusionaran en un temporal abrazo de patriotismo compartido. La sociedad otomana estaba integrada por una amplia variedad de grupos étnicos —turcos, albaneses, árabes y curdos— además de por un gran número de comunidades religiosas diferentes: la mayoría sunita y los musulmanes chiitas, más de una docena de confesiones cristianas distintas y un considerable conjunto de comunidades judías. Hasta el momento de la revolución constitucional, los anteriores esfuerzos realizados por el gobierno para promover una identidad nacional otomana se habían desplomado sobre el quebradizo suelo de esa diversidad. Así lo consignaría en un escrito uno de los activistas políticos de la época al señalar que los árabes «se abrazaban a los turcos de todo corazón, persuadidos de que en el estado no había ya ni árabes, ni turcos, ni armenios ni curdos, sino que todo el mundo se había transformado en otomano, con idénticos derechos y responsabilidades».

Las festivas celebraciones de las recién recobradas libertades iban a quedar ennegrecidas por la perpetración de actos de represalia contra personas sospechosas de haber formado parte del aparato represivo de Abdul Hamid. Sometido al yugo del sultán, el imperio otomano había degenerado hasta convertirse en un estado policial. Los activistas políticos eran enviados a la cárcel y al exilio, los periódicos y revistas se hallaban sometidos a una fortísima censura, y los ciudadanos se veían obligados a mirar a su alrededor antes de decidirse a hablar, por temor a los omnipresentes espías que trabajaban para el gobierno. Muhammad Izzat Darwaza, nacido en el serrano pueblo palestino de Nablús, nos refiere la «explosión de rencor que se produjo en los primeros días de la revolución, un rencor dirigido contra aquellos funcionarios del gobierno, grandes y pequeños, conocidos por haber actuado como espías, por haber caído en la corrupción o por haber realizado actos de opresión».

Con todo, para la mayoría de la gente, la Revolución de los Jóvenes Turcos supuso la inyección de una recién estrenada sensación de esperanza y libertad, hasta el punto de resultar poco menos que embriagadora. La alegría del momento quedaría reflejada en numerosos versos, ya que los poetas de todos los territorios árabes y turcos comenzaron a componer odas para ensalzar tanto a los Jóvenes Turcos como a su revolución.

«Hoy gozamos de libertad gracias a ti.
Salimos por la mañana y regresamos por la noche sin angustia ni preocupación.
El hombre libre ha salido de la prisión en que fuera degradado,
y las amadas personas del exilio han regresado a la patria, pues desaparecidos los espías no hay ya calumnias que temer ni periódicos que dé grima tocar.
Por la noche no nos asaltan ya los sueños angustiosos, y nos levantamos por la mañana sin espanto ni terror.»


Sin embargo, la revolución que tantas esperanzas había sabido suscitar no supo generar en último término sino desencanto. Quienes habían acariciado expectativas de cambio político quedaron frustrados al comprobar que la revolución no era capaz de provocar una sola transformación de auténtico calado en el gobierno del imperio otomano. El Comité para la Unión y el Progreso decidió dejar en el trono al sultán Abdul Hamid II. El monarca había conseguido que se le atribuyera una cierta inclinación favorable a la restauración de la constitución, y además las masas otomanas le veneraban en su doble condición de sultán y califa, o guía espiritual, del mundo musulmán. En el año 1908, la destitución de Abdul Hamid habría dado a los Jóvenes Turcos más quebraderos de cabeza que ventajas.

Además, los dirigentes del Comité para la Unión y el Progreso eran efectivamente un puñado de jóvenes Turcos. Se trataba en la mayoría de los casos de oficiales de escasa antigüedad en el servicio y de burócratas próximos a la treintena que carecían del aplomo necesario para asir el poder con sus propias manos. Optaron, en cambio, por dejar el ejercicio del gobierno al gran visir (o primer ministro) Said Pachá y su gabinete, asumiendo ellos mismos el papel de un comité supervisor destinado a asegurarse de que tanto el sultán como su gobierno se ceñían a los principios constitucionales.

Si los ciudadanos otomanos habían dado en creer que la constitución estaba llamada a resolver sus problemas económicos, lo cierto es que no iban a tardar en quedar desencantados. La inestabilidad política provocada por la revolución vino a socavar la confianza en la divisa turca. En los meses de agosto y septiembre de 1908, la inflación se disparó hasta alcanzar el 20 %, sometiendo a una fuerte presión a la clase obrera. Los trabajadores otomanos organizaron manifestaciones para exigir una mejora de sus salarios y condiciones laborales, pero la situación de la hacienda pública no le permitía atender las legítimas demandas de los asalariados otomanos. En el transcurso de los seis primeros meses desde el inicio de la revolución los activistas laborales pusieron en marcha más de cien huelgas, circunstancia que no solo iba a dar lugar a la promulgación de unas leyes más severas sino que induciría al gobierno a adoptar medidas muy duras contra los trabajadores.

Una de las cuestiones cruciales en este proceso fue la vinculada con el hecho de que todos aquellos que habían creído que la recuperación de la democracia parlamentaria iba a permitir que el país se granjease el respaldo de Europa, así como el respeto de la integridad territorial del imperio otomano, iban a sufrir una gran humillación. Los vecinos europeos de Turquía aprovecharon la inestabilidad que se había generado a raíz de la Revolución de los Jóvenes Turcos para anexionarse nuevos territorios otomanos. El 5 de octubre de 1908, Bulgaria, que había sido hasta entonces una provincia otomana, declaró su independencia. Al día siguiente, el imperio austríaco de los Habsburgo anunciaba la anexión de las provincias otomanas autónomas de Bosnia y Herzegovina. Además, ese mismo día 6 de octubre, Creta proclamaba su unión al territorio griego. El cambio democrático de Turquía no había concedido al país un mayor apoyo por parte de las potencias europeas, sino todo lo contrario, ya que había dejado al imperio en una situación aún más vulnerable.

Los Jóvenes Turcos trataron de recuperar el control de la revolución a través del parlamento otomano. El Comité para la Unión y el Progreso había sido uno de los dos únicos partidos que se habían presentado a las elecciones, celebradas entre finales de noviembre y principios de diciembre de 1908, y los unionistas (como se conocía a los integrantes del CUP) habían obtenido una abrumadora mayoría en la cámara baja, captando después a muchos independientes y atrayéndolos a las filas del CUP. El 17 de diciembre, el sultán abría la primera sesión del parlamento con un discurso en el que manifestaba su compromiso con la constitución. Tanto los líderes electos de la cámara baja como los designados para ocupar los escaños de la cámara alta respondieron al discurso del sultán con elogios, alabando la prudencia que había mostrado el monarca al restaurar el gobierno constitucional. Aquel cruce dialéctico había creado la ilusión de que las relaciones entre el sultán y el CUP eran armónicas. Sin embargo, los monarcas absolutos no cambian de la noche a la mañana, y Abdul Hamid, que no se avenía a la sujeción que los límites constitucionales venían a imponer a sus atribuciones ni aceptaba de buen grado el control parlamentario, aguardó el momento propicio con la esperanza de poder saltar sobre la primera oportunidad que le permitiera prescindir de los Jóvenes Turcos.

Una vez desinflado el entusiasmo de la revolución, el CUP comenzó a enfrentarse a una seria oposición interna, salida de los círculos políticos otomanos y de los elementos más influyentes de la sociedad civil. El islam era la religión de estado, y las altas esferas religiosas no tardaron en condenar la cultura promovida por los Jóvenes Turcos, al juzgar que era de carácter laico. En el seno del ejército empezó a constatarse la existencia de claras divisiones entre los oficiales que se habían licenciado en las academias militares y que mostraban cierta propensión a las reformas liberales, y los soldados corrientes, que concedían la máxima prioridad a la lealtad que habían prometido profesar al sultán. Dentro del parlamento, la facción liberal, que sospechaba de las tendencias autoritarias del CUP, haría uso de sus contactos con la prensa y los funcionarios europeos —fundamentalmente en la embajada británica— para minar la posición del CUP en la cámara baja. Y desde su palacio, Abdul Hamid II animaba en secreto a todos aquellos elementos que optaran por oponerse al CUP.

La noche del 12 al 13 de abril de 1909 los enemigos del CUP organizaron una contrarrevolución. Un grupo de soldados pertenecientes al primer cuerpo del ejército y leales al sultán Abdul Hamid II se amotinaron alzándose contra sus oficiales y haciendo causa común con los eruditos religiosos de las facultades teológicas de la capital. Marcharon juntos en dirección al parlamento en una ruidosa manifestación que en el transcurso de la noche acabaría atrayendo a un creciente número de estudiosos islámicos y soldados rebeldes. Exigían la instauración de un nuevo gabinete, la destitución de un buen número de políticos unionistas y la restauración de la ley islámica —pese a que el país llevara décadas rigiéndose de hecho por medio de un conjunto de códigos legales de carácter mixto—. Los diputados unionistas abandonaron precipitadamente la capital, ya que temían por su vida. Los miembros del gabinete presentaron su dimisión. Y el sultán, actuando de forma oportunista, accedió a las demandas de las masas, reafirmando su capacidad de controlar la política del imperio otomano.

Para Abdul Hamid, esta recuperación del poder iba a revelarse efímera. El tercer ejército otomano de Macedonia consideró que la contrarrevolución de Estambul constituía un ataque contra una constitución que juzgaban esencial para el futuro político del imperio. En Macedonia, los leales a los Jóvenes Turcos movilizaron un contingente de campaña al que dieron el nombre de «ejército de intervención» y marcharon sobre Estambul a las órdenes del comandante Ahmed Niyazi, uno de los héroes de la revolución de los Jóvenes Turcos. Estas tropas de refuerzo partieron de Salónica en dirección a la capital imperial el 17 de abril. A primera hora de la mañana del 24, el ejército de intervención ocupaba Estambul, suprimía la revuelta sin encontrar apenas resistencia e imponía la ley marcial.

Las dos cámaras del parlamento otomano volvieron a reunirse, ahora en calidad de Asamblea General de la Nación, votando el 27 de abril la destitución del sultán Abdul Hamid II y colocando en su lugar a su hermano pequeño Mehmed Reshid, que accedería al trono con el nombre de Mehmed V. Con el regreso del CUP al poder, la contrarrevolución quedaría definitivamente derrotada —y todo ello en el breve plazo de dos semanas. La contrarrevolución había dejado de manifiesto la existencia de profundas divisiones en el seno de la sociedad otomana —aunque ninguna de ellas era tan peligrosa como la del antagonismo entre turcos y armenios—. Inmediatamente después de que el ejército de intervención volviera a aupar al CUP al poder en Estambul, masas de musulmanes masacraron a miles de armenios en la ciudad de Adana, en el sureste del país. Las inquinas que se hallan en la raíz de este pogromo se remontan a la década de 1870. Y en el transcurso de la primera guerra mundial, esa hostilidad habría de metastatizar, convirtiéndose en el primer genocidio del siglo xx.[…]

Eugene Rogan, La caída de los otomanos, Planeta, Barcelona, 2015, pp.33-41


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