El irracionalismo y la transgresión moral

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Deben plantearse aquí, a modo de pórtico o preámbulo, una serie de vectores axiales que alcanzan su mayor intensión en el tránsito desde el siglo XIX al XX, y que, indudablemente, van a cumplir una función esencial en una panorámica de mentalidades en conflicto que sólo encuentra su trágica resolución con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Estos ejes nucleares afectan a campos tan diversos como la relatividad y la operatividad de los conocimientos, el problema de los valores, las relaciones entre ciencia, filosofía —desde el entendimiento de que la opción que cada intelectual escoge —, ya desde el pensamiento conceptualista, ya desde el irracionalismo y desde la reividincación de la «experiencia y la intuición de la inmediatez»— lo que implica elecciones éticas y políticas a veces abiertamente contrapuestas.

Nos encontramos ante la remoción de los fundamentos del saber en las ciencias y en la cultura filosófica de los albores del siglo XX: el problema de cómo, en las décadas finales del siglo XIX y en los inicios del siglo XX, entra en crisis el modelo positivista de cientificidad y la prevalencia de la razón y la ciencia, que habían constituido la base de los grandes sistemas del siglo XIX. La «crisis» de una lógica científica conceptual —como consecuencia de la irrupción de los sistemas irracionalistas de Nietzsche, Bergson o Freud— recorre, a través de su formulación en distintas tendencias, el pensamiento del siglo XX1.

El concepto de «nihilismo» había sido objeto de una polémica utilización en la segunda mitad del siglo XIX en Rusia. Designaba entonces al ala más izquierdista del que se convertiría en el partido de la intelligentsia rusa, el Partido Social-Revolucionario. Como señala Jean Meyer2, el populismo «fue la primera corriente que arrastró a la intelligentsia, asimilando las tendencias más radicales de la sociedad europea hasta considerar su patria como un infierno que se debía destruir». En realidad, se genera en la «mala conciencia de la élite», y habría que llamarlo, con mayor propiedad, «demofilismo». Para Meyer «fue una protesta éticamente hermosa, de inspiración cristiana, contra el pecado social original». Pero este populismo «se tornó destructor cuando, rechazado por el pueblo rural, se volvió destructor». Responde a la sucesión de hechos que se detallará en el comentario de la novela Petersburgo de Andrei Biely, al relatar la vuelta a este terrorismo ciego tras el fracaso de la Revolución de 19053.

Marshall Berman4, en su magistral análisis de la década de 1860, del surgimiento del «hombre nuevo de la calle», y en su impagable lectura comparada de Chernyshevsky y Dostoievsky a partir de la manera en que cada uno de ellos acoge en sus páginas la visión directa del Palacio de Cristal de la Exposición Mundial de Londres, destaca esa década de 1860, tras la frustración de las esperanzas de modernización generadas por el zar Alejandro II con el decreto de emancipación de los siervos, por el hecho de que en ella aparece una nueva generación y un nuevo estilo de intelectuales: la intelligentsia, llamados raznochintsi, hombres de orígenes y clases diversos, rusos que no pertenecían a la nobleza o a la burguesía acomodada.

Cuando estos raznochintsi —hijos de sargentos del ejército, de sastres, de curas de aldea, de escribientes, etc.— irrumpen en la escena lo hacen con una «estridencia agresiva». No se avergüenzan, al contrario, se enorgullecen de «su franca vulgaridad, su carencia de distinción social, su desprecio por todo lo elegante». Bazarov, el personaje de Padres e hijos de Turgueniev, compone el retrato más memorable de este «hombre nuevo», con sus invectivas burlonas contra la poesía, la moral, el arte, las instituciones y las creencias existentes. Turgueniev acuñó la palabra «nihilismo» en su honor. Estos «intelectuales plebeyos» de la década de 1860 llevan a cabo una ruptura traumática con el humanismo liberal culto que caracterizó a los intelectuales de la década de 1840, una ruptura que se hace más evidente «en sus comportamientos que en sus creencias, decididos a emprender acciones decisivas y encantados de hacer recaer sobre ellos y su sociedad todos los pesares, molestias y problemas que la acción pueda entrañar5». Tras algunas acciones propagandísticas y la celebración de la primera manifestación de masas en la Perspectiva Nevsky, la represión zarista cierra las universidades y los dispersa a las afueras de Petersburgo o los sume en la clandestinidad. Sobre aquellos que abandonaron Rusia para proseguir sus estudios en Europa occidental, especialmente en Suiza, por lo general en las facultades de ciencias y medicinas, reproduciremos un significativo texto de Lou Andreas-Salome.

Entretanto, «la primera gran escena de enfrentamiento» de esta década tiene a Chernyshevsky como protagonista, encarcelado primero en la fortaleza de Pedro y Pablo, y desterrado veinte años en Siberia, tiempo durante el que escribió su novela ¿Qué hacer? No era una novela lograda: sin verdadera trama, sin personajes sólidos, sin ambiente definido, sin unidad de voz y sensibilidad. Pero tanto Tolstoi como Lenin se apropiarían del título y del «aura de grandeza moral» del autor, pues este libro, desmañado, con defectos, «significaba un paso crucial en el desarrollo del espíritu ruso moderno6».

El subtítulo del libro, «Cuentos de la gente nueva», ya anuncia la creencia del autor en que sólo a través de esta «gente nueva» Rusia podría alcanzar la modernidad, por lo que la novela deviene manifiesto y manual de esta nueva vanguardia. Su gran logro, para sus supervivientes en literatura y en película, fue el de retratar a los «plebeyos de Petersburgo desafiando a los dignatarios en medio de la calle, a plena luz del día», y con ello crea «una escena mucho más subversiva que las falsas conspiraciones por las que el Estado destruyó su vida».

Los populistas quisieron «despertar a un pueblo considerado inculto y atrasado, que entregaba a los agitadores a la policía y se lanzaba al progromo contra los judíos, tal como relata el pintor Marc Chagall7 en uno de los pasajes más estremecedores de sus memorias sobre los días de asedio en Petersburgo durante la Primera Guerra Mundial. Los populistas, y sus herederos “legales”, como brazo político del movimiento, el Partido Social-Revolucionario, creían que «el pueblo “sólo pedían que lo despertaran” contra una autocracia tan inculta y tan atrasada como él». Para ellos la revolución era la única salida, y afirmaban con pasión «la ausencia de valor de todo lo que existe, de todos los valores religiosos, morales, artísticos». Toda la obra de Shakespeare, Pushkin o Tolstoi, no vale nada para ellos. Consideraban a Ana Karenina una «novela ginecólogica». Recuérdense los comentarios a la carta de Tolstoi a Nicolás II y el enfrentamiento que recreaba Stefan Zweig8 entre el escritor y los jóvenes estudiantes sobre el activismo y la violencia. Listos para entregar su vida a la destrucción de estos valores, actuaban como verdaderos mártires de lo que Weidlé llamó un oscurantismo racionalista. Lenin y los bolcheviques heredarían ese «voluntarismo fatánico», fundado, según Jean Meyer9 «en la creencia mística en la posibilidad de acelerar la marcha de la historia. La intelligentsia se creía la providencia del pueblo, y el Partido Bolchevique, a la vanguardia del proletariado».

Las tensiones y conflictos que aquí se muestran pueden ser esclarecidos a partir de los distintos modos de percepción de la arquitectura del Palacio de Cristal de Londres que acogen Chernishevski en su novela y Dostoievsky en Apuntes del subsuelo.

Para Chernyshevsky y su «vanguardia de gente nueva», el Palacio de Cristal «es el símbolo de las nuevas formas de libertad y felicidad de las que los rusos podrían disfrutar si dieran el gran salto histórico a la modernidad».

Para Dostoievsky y su antihéroe del subsuelo también el Palacio de Cristal representa la modernidad, pero con ello «simboliza todo lo que hay de amenazador y siniestro en la vida moderna, todo aquello contra lo cual el hombre moderno debe estar en guardia».

Los comentaristas fieles a Dostoievsky tienden a apropiarse y realizar una lectura plana y unívoca de las invectivas del Hombre del Subsuelo, mofándose de un Chernyshevsky falto de «profundidad espiritual», ingenuo, si no estúpido y banal, al reafirmarse en su creencia de que «la humanidad es racional», de que «las relaciones humanas son perfectibles», visión a la que Dostoievsky ha plantado cara. Pero la realidad entre los dos escritores fue muy otra: Dostoievsky fue casi el único escritor que protestó abiertamente, antes y después del arresto de Chernyshevsky, en defensa de su inteligencia, su carácter e incluso su espiritualidad. Creía que éste estaba equivocado, tanto política como metafísicamente, pero observaba que su realismo provenía de «una abundancia de vida». Dostoievsky defendió al «proscrito» que al menos intentaba hacer algo, que indagaba en busca de una salida, equivocándose, pero con ello, salvando a otros, frente a unos lectores conservadores que sólo «pueden hacer muecas en un melodramático gesto de despreocupación10».

Como apunta Jean Meyer11, Dostoievsky captó a estos arriscados populistas en su novela Los demonios. Y captó esa mezcla de ideas revolucionarias, de positivismo militante y de nihilismo, que Turgueniev había ayudado a entender en Padres e hijos.

IMPORTANTE: Acerca de la bibliografía.
Toda referencia no detallada en la nota a pie, se encuentra desarrollada en su integridad en la Bibliografía General.

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