Lou Andreas Salome, Rilke, Rée, Nietzsche...

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Secuencia: La fotografía de nosotros tres


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Más allá del bien y del mal - Liliana Cavani.
Secuencia: Lou se despide de Nietzsche


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DOCUMENTOS

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Nosotros tres - Lou, Nietzsche y Rée. Fotografía tomada por Jules Bonnet.


1. Paternak y su encuentro infantil con una pareja anónima en un vagón de tren.

Boris Pasternak, en el episodio inicial de El salvoconducto, su libro de memorias fechado en 1931, traza las siluetas anónimas (una pareja) o difusas (Tolstoi) desde la mirada-recuerdo de un niño de diez años. En el resto del libro rescata de entre las sombras, confiriéndole entidad a esas sombras, al gran novelista ruso, Tolstoi, y a su venerado poeta desde la primera juventud, Rainer Maria Rilke. No deja de sorprender que Pasternak se abstenga de despejar la incógnita, e iluminar, que afecta a la identidad del tercer pasajero, la mujer que acompañaba en ese viaje en tren a Rilke, relegándola al «olvido», tras bosquejar unas breves pinceladas peyorativas y reduccionistas: debía ser la «madre» o quizás la «hermana mayor» del joven extranjero al que ya podemos reconocer como Rilke.

Pasternak toma una decisión, no exenta de riesgos, al excluir del espacio de su escritura-memoria, del espacio literario, a Lou Andreas-Salome. La convierte, sin más, en un cuerpo en el espacio, un cuerpo entre otros cuerpos, ignorado, que ni colabora o impide la determinada percepción o interpretación de la realidad que ofrece el escritor ruso de su vivencia infantil. Nos muestra de forma consumada el doble desarraigo que también afectará a buena parte de su obra. De un lado, no completa y culmina la experiencia «vital» —entendida, no como pasiva aceptación de la realidad exterior, sino como «elaboración», como punto de partida del conocimiento— que ha puesto en marcha el tiempo de la memoria para conferir dimensión de presente al primer encuentro, «epifanía de la modernidad», entre Pasternak y Rilke [y Lou Andreas-Salome], apenas perceptible como tal en su escritura. De otro lado, el desarraigo afecta a la marcha propia de un discurso-memoria que sólo se sostiene a sí mismo estableciendo una cierta forma de coherencia en el engarce y justificación de los momentos en los que el sentimiento, en su voz, en su presencia, es atravesado por el «rayo de la fuerza», cuando el arte se interesa por la vida. Recubrir de silencio y sombras a la acompañante de Rilke, a Lou Andreas-Salome, quiebra todo intento de construir significaciones, de organizar experiencias, de determinar las propias vivencias. En su decisión de «callar», el memorialista Pasternak actúa desde su consciencia de «escritor», desde la parte de sí mismo que siempre puede decir no y que cuando es necesario, como en el caso de Rilke, recurre al tiempo y restaura el porvenir. Y en su decisión de silenciar a Lou Andreas-Salome el lector quizá pueda encontrar cierta forma, coherencia y sentido, en demérito del memorialista.

Pasternak, necesariamente, no podía desconocer a esta mujer, Lou Andreas-Salome, eslabón inexcusable para el entendimiento de la literatura, de la filosofía, de las ciencias humanas y del psicoanálisis en el tránsito del siglo xix al xx. Y en su decisión u opción de «callar», de abandonarla al «silencio de la escritura», Pasternak evidencia claramente los procesos por los que el tiempo de la memoria se transforma en espacio literario a partir del doble proceso de desarraigo —no completar la experiencia vital y / o no completar el discurso narrativo, descriptivo o poético— que determina la génesis de toda su obra. «Agujeros negros» análogos a este proceder de Pasternak funcionan como núcleo mismo de la poética compositiva en autores y obras que los críticos suelen adscribir a la poética de la posmodernidad. Así Samuel Beckett en la trilogía que componen Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953), pero no en menor medida en su teatro y en su gran lírica, o en su trabajos cinematográficos y radiofónicos; o Alain Robbe-Grillet en novelas como Les gommes (La doble muerte del profesor Dupont, 1953) y El mirón (1954); o en algunas de sus películas, ya como guionista de El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, ya como director en Deslizamientos progresivos del placer.

2. Lou-Andreas Salomé y su gran viaje a Rusia en 1900, junto a Rainer María Rilke.

Lou Andreas-Salome, en los primeros atisbos del verano de 1900, momento en que Pasternak-niño la contempla en el vagón de tren desde la alteridad y el extrañamiento, era una mujer curtida, madura. Su experiencia vivencial e intelectual de la «Trinidad», junto a Nietzsche y Paul Rée, la había lastrado con sedimentos insolubles de cicatrices físicas y espirituales, cuando su alma y su carne, con solo veinte años, aún estaban en los primeros balbuceos de la formación —aún cuando ella siempre reconociera que su espíritu «aventurero» acababa trazándole el sendero hacia las fronteras de la amoralidad anticonvencional, justo más allá del bien y del mal, términos con los que Nietzsche titularía una de sus últimas obras.

No creo que deba aceptarse o compartir acríticamente el mundo y las saturadas atmósferas de turbulencia de las que se sirvió Liliana Cavani para transponer a los códigos cinematográficos imperantes en los primeros años de la década de los setenta esta «experiencia» de los tres amigos que componían la singular «Trinidad», en Más allá del bien y del mal (1977), película que provocó un gran escándalo cuando se estrenó, colisionando abiertamente con la censura de varios países, hasta el punto de que se prohíbe su exhibición y se retira de las pantallas en Italia. Es difícil mantener la compostura cuando Dominique Sanda, la actriz que recrea magistralmente a Lou, mientras uno de ellos está al piano y el otro anda a vueltas con una pipa de opio, baje de la repisa de la chimenea un gran jarrón, sobre el que se sienta tras alzar sus generosos faldones y les dedique, ocultando, una cálida lluvia dorada.

Debe encuadrarse esta «abierta provocación» de la Cavani en un contexto en el que grandes maestros del cine extremaron los límites de la «permisividad» hasta cotas que hoy en día nadie se atrevería a filmar / firmar: Bertolucci y Marlon Brando, en una extraña relación de complicidad sadomasoquista, convulsionan a los espectadores con El último tango en París (1972), y Pasolini traslada la novela de Sade, Las 120 jornadas de Sodoma, al último reducto del fascismo italiano, la república de Saló, en 1944: Saló o los 120 días de Sodoma (1975).

En ese verano de 1900 que describe Pasternak, Lou se encontraba en las cumbres de la pasión que iluminaron la primera fase de la «vivencia Rilke», con quien había emprendido el segundo de los viajes que hicieron juntos a Rusia: el poeta deja traslucir las transformaciones y la remoción espiritual y poética de este periodo en El libro de la vida monacal, el primero de los que conformarán El libro de horas (1905). Las vívidas, directas y cotidianas impresiones de este viaje las transmite Andreas-Salome en su diario, inédito hasta fechas recientes, En Rusia con Rilke. 1900.

En ese mismo verano de 1900, Andreas-Salome ya da muestras evidentes de una serie de inquietudes estrechamente relacionadas con motivos y polaridades psicológicas —alma / cuerpo; masculino / femenino; religiosidad / espíritu laico; lo imaginario / lo real, etc.—, inquietudes que encauzarán su vida y su obra hacia su tercera vivencia, la «vivencia Freud», y el estudio en profundidad del psicoanálisis freudiano como método terapéutico y como fundamento para una cosmovisión en la que se abarcan como unidad orgánica tanto el intelecto y el espíritu como el sexo. En un pasaje que he suprimido del texto anterior, la autora indaga sobre la fuerza fundamental de toda la vida anímica del pueblo ruso y cree detectarla «en un primitivismo de cuya infantilidad el individuo, que se hace adulto en ambición y madurez, no llega a desprenderse nunca por completo en sus más profundas fuerzas impulsivas». Y así lo explica, desde la atalaya a la que Freud permite que ella ascienda para otear e interpretar los paisajes de la antropología:

Desde su conocimiento y práctica del psicoanálisis freudiano, a la vez que desde una heterodoxia firme por la que nunca permitió que Rilke se sometiera a este tratamiento analítico, apartándolo de él, Pierre Klossowski escribe que Andreas-Salome ejerció como privilegiada intérprete de las fuerzas obscuras que con creciente frecuencia deprimían y angustiaban al poeta alemán en sus horas de esterilidad, así como privilegiada intérprete de todas las interpretaciones posibles que el propio Rilke elaboraba sobre sí mismo y sus poesías.

Cuando Pasternak ultima El salvoconducto, en 1931, tras la intensa correspondencia triangular mantenida con Rilke y Marina Tsvietaieva en el verano de 1926, no puede ignorar y desplazar a una mujer que, en 1931, acopia en su experiencia vivencial e intelectual las vidas y las obras de Nietzsche / Rilke / Freud —máxime si se tiene en cuenta que Andreas-Salome mantuvo una dilatada e intensa relación epistolar con Rilke, desde 1896 a 1926—.

Ella, por su parte, en Mirada retrospectiva. Compendio de algunos recuerdos de la vida (1951), ignora y «calla» la figura de Pasternak. El editor de la obra, Ernst Pfeiffer sí lo «repesca» en sus extensas y completas notas adicionales, ilustrando el segundo viaje a Rusia con Rilke a través del pasaje que Pasternak dedica a la pareja en El salvoconducto. En el diario En Rusia con Rilke. 1900, Lou ignora una vez más al poeta ruso, aunque sí incluye dos breves referencias a su padre, el pintor Leonid Pasternak. Las contextualizan, permitiendo su intelección, los editores del diario, Stéphane Michaud y Dorothée Pfeiffer. En el primer viaje, tras la velada en la casa moscovita de Tolstoi, el viernes santo, durante el 29 de abril de 1999, visitan las iglesias del Kremlin y tras la comida, comparten la tarde con el pintor Pasternak y el escultor Trubetzkoi. En el segundo viaje, los editores detallan el encuentro en el tren y cómo Pasternak padre les ayuda para que puedan cumplir su deseo de visitar a Tolstoi, procurando que el amigo y discípulo del maestro, Boulanger, telegrafíe a la hacienda de Yasnaia Poliana para anunciar su llegada. La reciente, y esclarecedoramente definitiva biografía, por el manejo de fuentes inéditas, a cargo de Stéphane Michaud, Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida, sólo alude a la figura del padre pintor como un artista que pertenece a la generación de Lou y que, en la misma vía que
Tolstoi, pretende «conciliar lo antiguo y lo moderno».

3. La pérdida de Dios, en lucha por Dios.

Los fuegos de la guardia zarista y de los cosacos encendidos en la Perspectiva Nevski para echar al lobo. Y viejas con rosarios. Sentadas en las gradas de la iglesia, esperaban tras la misa que saliesen las mujeres. Son imágenes que desfilan ralentizadas por las oquedades en las que Lou Andreas-Salomé se desliza al atardecer. Son relámpagos de recuerdos y evocaciones. No proceden de las luces de la vigilia. Tampoco de los horizontes prospectivos del sueño. Son ráfagas de una ciudad, Petersburgo, en la que nació, allá por el año 1861, y en la que vivió los primeros años de juventud. Años de los que, a veces, en pensativa lamentación, entre prédica y letanía, llegó a ella, como una gran desgracia —cree ahora—, la «pérdida de Dios», años antes de conocer, amar y vivir junto al gran deicida de la filosofía occidental, Nietzsche, quien asestaría la cuchillada más profunda, paradójicamente mortal y definitiva, a ese mismo Dios inmortal. A veces sonríe cuando logra visualizar, con su mirada retrospectiva, a la niña que fue y que asistía a las clases de Confirmación del buen Hermann Dalton, cuando éste hablaba de la omnipresencia de Dios, de la imposibilidad de imaginar un lugar en el que su divinidad no estuviese, a lo que ella replicó: «Claro que sí, el infierno». El buen Hermann Dalton, tan afectado por el hecho de que la niña se le escapara y al fin se separara de la Iglesia.

La gran desgracia de haber perdido a Dios llegó a revestirla como un hábito, como una especie de segunda naturaleza, hasta el punto de intitular su primera novela En lucha por Dios (Im Kampf um Gott, 1885). En sus páginas, Lou había decidido recuperar el poema «Himno a la vida», con la forma que Nietzsche le había dado a sus versos, para los que también compuso la música que él pensaba que debía acompañar a esta «oración» —pues en su fuero interno, el filósofo se consideraba un compositor y como tal esperaba pasar a la posteridad—, y con ello realizar una fusión soñada. La ejecución de la composición no tarda en superar el ámbito de lo privado, hasta llegar a manos de su amigo Hainrich Koselitz, que lleva las cosas aún más lejos: la composición se publica en una versión para coro y orquesta. Nietzsche silencia el nombre de los colaboradores, de lo que se desprende que el poeta compositor, según Michaud, «reivindica con cierta ligereza la paternidad del conjunto». Lou protestó, por mediación de su marido, contra lo que consideraba un abuso por parte de Nietzsche, quien «tendrá la elegancia de rectificar en Ecce Homo».

Pero es muy posible que esa «rectificación» procurara a Lou más dolor y un mayor sentimiento de traición a su pasada vivencia con Nietzsche. Poca era la alegría que podía depararle esa tardía restitución intelectual. El filósofo alemán escribe esas líneas con desapego y sesgada ironía, reedificando las dimensiones de la «mujer espiritual» a la que el pensador otrora había idolatrado. Pérez Maseda capta este «mitad juego, mitad burla», con el que Nietzsche «nos sorprende y nos inquieta», cuando comenta y cita el pasaje de Ecce Homo:

A Lou ya no se le escapa, con el transcurso del tiempo, que ese final del poema es extremadamente ampuloso, y que lo que Nietzsche designa realmente ahí es la expresión de su «amor fati», humano, mientras ella, en esos versos de clausura, sólo abundaba en el deseo de abrazar como un todo orgánico la vida «despojada» por la pérdida de Dios.

4. Lou Andes-Salome y Friedrich Nietzsche: amor fati.

Lou reflexiona, entre la exaltación y su muy ejercitado autocontrol, y como en muchas otras ocasiones anteriores, intenta encontrar «algo» que la ayude a alcanzar una íntegra intelección de una etapa que, aunque el propio Nietzsche la inclinara hacia la cautela y la prevención cuando se ejercitaban en los laberintos metafísicos de la sospecha sobre la sospecha, nunca imaginó que pudiera abocar de forma tan abrupta y violenta a la ruptura final del triángulo-Trinidad. Bucea y explora en los recuerdos, con un utillaje a su disposición muy distinto del que conocía en precario cuando escribió su estudio sobre el filósofo hacia 1894, que tantas críticas le valió, y al que el filósofo francés Gilles Deleuze considera «un libro extremadamente bello sobre Nietzsche».

Lou desgrana las secuencias que concatenaron todo el proceso. Primero, aquellos años, anteriores a su primer encuentro, en los que Nietzsche modula la que va a denominar «filosofía errante del espíritu libre», evocación que la conmueve a la vez que despierta todo su bagaje de incredulidad escéptica. Un espíritu libre que decide alzar el vuelo justo cuando comienzan a agravarse sus problemas de salud, cuando abandona su cátedra, su economía entra en los límites de lo precario, e inicia un dilatado periodo de estancias, más afines al espíritu del vagabundo sin rumbo que al del peregrino con una meta que lo consagre, en hoteles y en mansiones de amigos, dispersos por tierras extranjeras. Lou ubica en este tramo de la temporalidad, alud de un instante, la afirmación que permanece aún lacrando su espíritu: «Amor fati: ésta es mi más íntima naturaleza». De nuevo reaparece el espíritu crítico que obliga a Lou a revisar y reescribir lo que lee. Recuerda que esa exclamación de desaforado narcisismo y megalomanía la escribió Nietzsche en su Nietzsche contra Wagner. Se levanta, se acerca a una de las estanterías más apartadas del salón, casi a oscuras, toma en sus manos un ejemplar de la obra, vuelve a su cómodo sillón de lectura, localiza el fragmento que busca, y lo lee, declamándolo con cierta impostura nietzscheano-wagneriana en su voz:


Mal se concilian, en lo que Lou percibe como un inapelable oximoron, las imágenes de «visto desde la altura», la biografía inteligente y el exceso de sentimientos para hacer frente al ascetismo —¡con el regusto que el filósofo se autoidealizaba como águila, o revistiendo a aquéllos que deseaba enclaustrar en su círculo con los rasgos del ave de más elevada realeza. ¡También Lou fue durante un tiempo digna de ser calificada águila real!—, y las imágenes que se desprenden, mezquinas, reacias a las dádivas, de la frase «en el sentido de una gran economía». El águila es exceso de sentimientos que trasciende límites. Y aquí, piensa Lou, Nietzsche parece abandonar la caza de cetrería y transformarse en ave híbrida, entre rapaz y carroñera, descendiendo en su vuelo hacia los corrales de las gallináceas más domésticas.

Entre 1879 y 1888, periodo que algunos califican como «los diez años del filósofo errante», Nietzsche, con su inclinación natural a la incontinencia verbal, siempre tendente a reforzar su propia imagen con el aura de gran pensador, equiparaba sus traslados viajeros a los de su admirado maestro, Goethe. En más de una ocasión Lou pudo escuchar cómo, tras dejar claros sus intentos de equiparación y emulación del autor de las peregrinaciones de Wilhelm Meister, Nietzsche acentuaba con énfasis e inflexiones de registros vocales que lo que buscaba en Italia debía identificarse con una especial epifanía, retomando una vez más un discurso que, entonces, seducía y fascinaba a la Lou de veinte años, y que, ahora, bajo el prisma de la madurez, delata más las carencias y las imposturas que el logro y la sustanciación íntima que proclamaba: percibir la realidad desde la epidermis de la existencia, color, calor, nihilismo «activo» como indolencia sensualista, frente a una Alemania aferrada a la oscura herencia de un protestantismo idealista que se manifiesta en todos los niveles de la vida cotidiana, negada a cualquier exploración que desemboque en una sabiduría «psicológica», sumida en su nihilismo «negativo».

Oficialmente, para la galería de acólitos y admiradores — aduladores, aunque Areas-Salome admite que también ella se dejó arrebatar por la imperativa necesidad de adularlo—, comenzaba entonces el combate nietzschiano contra los valores morales, más allá del bien y del mal, en una subjetiva versión, más neo-romántica y anecdótica que la moderna de Rilke en sus Elegías, del combate entre el ángel necesario y Jacob. Y, oficialmente, pues a todos se les comunica, ya conversando, ya a través de incontables epístolas, que se inicia el periodo en el que Nietzsche se fija un objetivo al que todo deberá subordinarse: su «recuperación», la transformación positiva en las relaciones entre el nuevo cuidado de su yo y la propia experiencia de la enfermedad.

Son argumentos y proyectos que no resisten, ni se sustentan, sobre las coordenadas desde las que Lou puede contemplarlas. La conexión entre «el nuevo cuidado de su yo» y «la propia experiencia de la enfermedad» sólo puede ser comprensible desde la disciplina sobre la que ella ha volcado todos sus esfuerzos durante años, el psicoanálisis, y sus conclusiones diagnósticas —analépticas en este punto— se focalizan en una dirección, que ha estudiado, aprendido e investigado bajo la dirección y guía de Freud: visualiza la curvatura tensa de un arco imaginario de pulsiones donde convergen, en un extremo, el narcisismo, y en el otro, el sadomasoquismo, que nada tienen que ver con paradigmas reglados y prestos a servir de etiquetas uniformes tras comprobar que su descripción, como patología, se advierte en los síntomas del paciente. Lou ya es una privilegiada atalaya del psicoanálisis, incluso ha podido identificar pulsiones y traumas que aparentemente son comunes y que comparten Nietzsche y Rilke. Pero también ha sabido diagnosticar y acotar las amplias zonas de la individualidad singular del pathos que afectaba al filósofo, y a sus meditadas manipulaciones, a beneficio de inventario, cuando se decidió a redactar las breves líneas de su fragmento de «rectificación».

Lou evoca la férrea sujeción, los despóticos chantajes emocionales y convencionales —en tanto que comportamiento social ordenado y absolutamente previsible— con los que la madre de Nietzsche, y su hermana Elizabeth, lo habían atado en corto, sin posibles vías de escape. Pero ella no adquiere la consciencia de tales artimañas y maquinaciones hasta que conoce a la hermana del filósofo en Bayreuth, y sobre todo en los días en los que se desplaza a la casa familiar del pensador, escenario perfectamente diseñado en su precisión escenografilca para acoger melodramas de alto voltaje, pues deberá propiciar y conferir dimensiones telúricas, sacudidas por los encendimientos de volcánicas reacciones, a las mutaciones que la reaccionaria Elizabeth va a ir desplegando día tras día. Pero esta zona, en la que reinan las nocturnas sombras de la represión, pudieron ser tan mentidas como proyectadas, y enunciadas por el propio Nietzsche, en una dirección diametralmente opuesta a los «senderos» que «escondía». Andreas-Salome comprende perfectamente que estas ideas calaran tan hondo en un espíritu aventurero, libertario, que aún en esa tarde de invierno ella siente cómo se despereza en sus entrañas. Lou no sólo soñó, sino que trabajó para hacer posible, mediante decisiones y acciones prácticas y efectivas, el ideal de la utopía de una «comunidad conventual», más allá de la moral, en la que encontrar albergue y refugio como miembro de una «comunidad de espíritus libres», dispuestos por propia voluntad a convivir, espiritual y físicamente, y a constituir un nuevo «orden» de seres superiores.

Lou recuerda la vivencia, la experiencia que la vertebró en un alma común y unida al filósofo y médico utopista judío Paul Rée, antes de que Nietzsche —que no dudaba en autoproclamarse nuevo Colón de un desconocido continente— desembarcara en sus vidas. Pero apenas se demora en esa etapa pre-Nietzsche, quizás porque a Rée se le asignó una función de «amigo» y «confidente», de «mediador» entre los dos polos conflictivos, y justamente ahora ya no le interesa a Lou lo que pudo dar de sí, o los mismos sentimientos de Rée, en el cumplimiento minucioso y forzado de las funciones que Abdreas-Saome y Nietzsche le asignaron.

Le es difícil controlar sus emociones cuando puede vislumbrar y sentir, aislar en una de las vías muertas del discurrir del tiempo, el día primero en que tuvo lugar la «epifanía», su encuentro con Nietzsche en el espacio de lo sacro, la Iglesia de San Pedro en Roma. El conocimiento «deslumbrador» de la «joven rusa», y la amistad que Lou aún siente como una ofrenda incondicional al desconocido, convierten a Nietzsche, de inmediato, en «tercero en el pacto» de compañía que ella había sellado con Rée. Nietzsche, al fin, ve cómo su utopía puede encarnarse en la forja de este triángulo de «espíritus libres», y hace partícipes a Lou y a Rée de un proyecto que —hay nostalgias difuminadas en la mujer psicóloga que confiere presencia al pasado— implica transformar ese «pacto» y sustanciarlo en el plan que denominarán «trinidad intelectual».

5. Lou Andreas ante el Nietzsche de la posteridad: el mañana nos pertenece.

Con el paso de los años, con las primeras décadas del nuevo siglo, y el vértigo de las nuevas tecnologías, de las masas, de las ciudades que crecen al ritmo de la Modernidad, a Lou Andreas-Salome cada vez le cuesta más reconocer e identificar al Nietzsche que ella atesora en sus sentimientos, en sus evocaciones, en los escritos que de él conserva, con el Nietzsche que sobrevuela toda la cultura europea desde la última década del siglo xix, asociado a soflamas violentas y belicistas, a reduccionistas consignas panfletarias: la voluntad de poder, el superhombre, el antisemitismo…, o a exaltaciones sin sentido de un concepto unívoco y plano del «nihilismo».

Nietzsche, al que tantos jalean desde el radicalismo durante los años finales de la década de los veinte, y, sobre todo, desde la llegada al poder del Partido Nacionalsocialista, con Hitler, al poder, en 1933, se le fragmenta y quiebra en pedazos. Ya no es suyo. Es propiedad de las bandas de jóvenes de los ss, negras bandas de hooligans paramilitares, a los que, desde la machacona propaganda de los ideólogos nacionalsocialistas, se les inculca que el filósofo del «poder de la voluntad» y del «superhombre ario» es una de las piedras ancilares de la nueva Alemania y de la imparable voluntad de la conquista del planeta por la raza superior. Bob Fosse, en Cabaret [1972], calificada, tras su estreno, por Kubrick como «la mejor película que había visto en su vida», quizás ha plasmado la esencia más repristinada de este ascenso imparable del nazismo, que se hizo acompañar y legitimar por una vulgarización deformada de la doctrina nietzscheana [Gottfried, 2006: 280-310]. Frente a la metáfora de los bajos fondos del mundo del espectáculo y del cabaret, por la que se alcanza a ver que toda la existencia era vulgar y corrupta en el Berlín de la democracia de la República de Weimar, manifestación del abismo moral y del mal que se muestra bajo los focos de un regocijo cáustico (con el ambiguo, a la vez asexual y lascivo, maestro de ceremonias, Joel Grey; la fascinantemente amoral Sally Bowles —Liza Minnelli—, y la sórdida, barata y vulgar «orquesta de señoritas» del Kit Kat Club), el director inserta la única canción que se canta fuera del cabaret: un arquetipo de proporciones áureas de belleza clásica.

El director nos muestra a un joven rubio, entre ángel y efebo, con el uniforme de las juventudes hitlerianas, quien comienza a cantar, con una voz celestial, «Tomorrow Belongs to Me» / «El mañana me pertenece», un himno nazi que esa transfiguración de arcángel decide interpretar espontáneamente en una cervecería al aire libre. La clientela va uniendo, en progresión numérica y en intensión, sus voces a la del joven hitleriano, hasta armonizar sus diversidades en un himno de masas que muestra la «voluntad de poder» a través de la acción del «superhombre». Un anciano desdentado, en silencio, mueve, incrédulo, resignado, y con miedo, su cabeza. Los protagonistas de la «triangulación erótica», consumada la noche anterior, —Sally Bowles, el aristócrata nazi bisexual, y el escritor inglés al que da vida Michael York—, contemplan con indiferenciados gestos la secuencia que los envuelve entre colores y movimientos de cámara que parecen estar caligrafiando todo el aparato escenográfico que Robert Wise desplegó en Sonrisas y lágrimas. El material que Fosse convierte en uno de los grandes musicales de la historia del cine corresponde a los relatos autobiográficos que el novelista inglés Christopher Isherwood [1939 / 1986], quien vive directamente todas estas transformaciones, recoge en Adiós a Berlín. En 1976, afincado ya en Los Ángeles, tras haber declarado públicamente su homosexualidad, narra desde una perspectiva muy distinta, en Christopher y su gente [1990], lo que presentaba en sus relatos, a los que cabría dejar de considerar ya como «autobiográficos».

El único recurso de Lou ante tanto atisbo de catástrofe inminente es el de recuperar a veces los años o los meses en los que Nietzsche fue su Nietzsche, cuando sus interminables diálogos nocturnos eran solo un ensayo conjunto, un preludio de variaciones, de lo que él luego transcribiría en las obras que culminan y clausuran la trayectoria de su pensamiento. Sobrevuelan los dos tan elevados niveles de intelección y diálogo que Rée no alcanzaba a comprenderlos, tensas líneas de exclusión y celos a las que liberaba mofándose de ellos. Lou nunca se sintió ni afectada ni ofendida. Habitaba en regiones donde nada le impedía el acceso a la embriaguez completa de la metafísica. Andreas-Salome contemplaba, desde el filo imprudente de los umbrales del éxtasis, cómo iban restituyéndose a su espíritu las energías tan vanamente invertidas en la religión y la moral. Lou aún no alcanza a comprender cómo jamás se dejó arrastrar por el más mínimo sentimiento de temor, de miedo, a los parajes tan ignotos por los que Nietzsche la conducía. Al contrario, Stéphane Michaud [2001: 167-168] piensa que «el cosmopolitismo del filósofo, ese nómada que habita allí donde navega el espíritu», tenía como efecto el ampliar el espíritu de ella «hasta las dimensiones de una modernidad» que aún desconocía. Cuando Nietzsche le descifra esa «modernidad» recorren juntos una «Europa utópica, de la que forma parte una Antigüedad» a la que acuden una y otra vez. Para Lou siguen siendo momentos intensos e imborrables aquellos en los que los «grandes momentos del pensamiento» adquirían una consistencia inusitada. Nietzsche adquiría las propiedades y las virtudes irracionales del shaman, del brujo, del mago que la ponía en contacto con una «sociedad de espíritus selectos»: Platón, Marco Aurelio, Montaigne, incluso Kant y Hegel. Lou ahora es consciente, en su madurez, de que todo lo que su energía indómita le mostraba como «una libertad compartida» no era más que un gigantesco paso hacia la pérdida de la inocencia y de la ingenuidad de las emociones adolescentes. Pero todo acaecía en un periodo en el que el pensador aún afirmaba a sus amigos que ella tenía «la agudeza del águila» y «el coraje de un león».

6. Lou Andreas-Salome y Nietzsche: la ascensión al Monte Sacro.

El tiempo recobrado.

Lou desiste del propósito que se había fijado cuando decidió adentrarse en estas zonas tan arriscadas de su memoria. Abandona su intento de buscar, mediante la organización experiencial de una concatenación causal de los hechos, una segura «cornisa» desde la que disponer y organizar una proposición lógica que le permita, de una vez por todas, encajar en una estructura vertebrada y orgánica [Jiménez, 1996: 9-16] aquella disparatada trama de desafueros que llevaría a Nietzsche a una irreversible autodestrucción, y a Paul Rée a dedicarse a tareas filantrópicas y homosexuales en míseros barrios obreros.

Apenas con veinte años, en Roma, Lou, que aún hoy no puede negar su temprana vocación de aventurera, entre irreverente e iconoclasta en ocasiones, no se arrepiente de nada en esta hora tardía tan próxima al crepúsculo. Su madre siempre andaba al acecho, pertinaz carabina profiláctica. Lou intentaba recuperarse de su persistente enfermedad bronquial, que la había forzado a interrumpir sus estudios de filosofía en Zurich. Evidentemente, piensa por un instante que la desvía de la senda de sus pensamientos, los aires de Roma quizás no fueran demasiado propicios como medios terapéuticos para solucionar problemas pulmonares. Pero, al menos, se divertía, reía, podía permitirse e incluso gozar de esa gama en la que frivolidad y la coquetería eran incluso recomendables para una joven de su edad. Malwida von Meysenburg, con su mansión, sus recepciones sociales, y su círculo amplio de amigos dedicados a las artes, las letras y cualquier actividad propia de los refinamientos intelectuales, acoge a Lou con entusiasmo y la convierte de inmediato en un miembro más de su círculo

Paul Rée también se hospeda en el pequeño palacio de von Meysenburg, y se enamora inmediatamente de la joven rusa. No tarda en dar cuenta epistolar de esta pasión a su íntimo amigo Nietzsche. Nietzsche, entre alboroto de celos y curiosidad, se presenta de improviso en Roma. Su primer encuentro con la «rusa» tiene lugar en la Basílica de San Pedro. Y Lou queda inmediatamente seducida por Nietzsche. Basta leer para constatarlo el retrato que de él esboza doce años más tarde, en la monografía que le dedica, y en cómo resalta, por encima de la inaccesible soledad del filósofo y de sus escalofriantes abismos, los aspectos que, pese a todo, los unen: un mismo temperamento de base religiosa, una radicalidad intelectual sin precedentes, un ansia común de mundos inexplorados [Andreas-Salomé, 2005]. La impresión de Nietzsche la conocemos por la carta que dirige a Peter Gast el 13 de julio de 1882:

Los tres amigos se reúnen el 5 de mayo en la región de los lagos del Norte, entre Piamonte y Lombardía. En uno de esos días, Lou y Nietzsche emprenden a solas la ascensión del Monte Sacro. Se demoran más de la cuenta, lo que provoca gran enojo e inquietud a la madre de ella y celos notorios a Rée. De lo que pudo haber acontecido en este paseo no se conocen detalles muy precisos. En sus memorias, Lou adopta un tono evasivo, muy distante y difuso. El editor, Ernst Pfeiffer, anota sobre este pasaje que no existe una «inseguridad en el recuerdo», sino una «reticencia en el lenguaje». André Malraux relata en sus memorias cómo Lou le confesó, en una velada en un salón parisino, con una sonrisa fina y casi cohibida: «Si besé a Nietzsche en el Monte Sacro, ya no lo sé».

A mediados de mayo la trinidad se reúne de nuevo en Lucerna, al borde del lago de los Cuatro Cantones. Nietzsche reitera, por segunda vez, su petición de matrimonio y de nuevo es rechazado. El filósofo se resiente y queda muy afectado. A cambio, consigue que una fotografía de estudio refleje para la posteridad la verdad del grupo, tal como él la concibe.

7. La fotografía de Nosotros tres.

Los detalles de la composición fotográfica de estudio los dispone el propio Nietzsche. Nietzsche y Rée están de pie, junto a la lanza de una pequeña carreta de dos ruedas. Nietzsche tiene en sus manos la agarradera y dirige su mirada a la distancia, fuera del campo espacial acotado por la instantánea. Rée apenas roza con su mano izquierda la lanza. Su figura, frontal, vuelta hacia el espectador, contrasta con la desviación distanciada de su mirada, que también se pierde hacia un lugar que rebasa los límites del marco espacial, en su caso hacia la perspectiva opuesta de Nietzsche. La expresión de su rostro, y esa «desviación distanciada» de su mirada, parecen expresar una reticencia extrema, la expresión de su voluntad de no participar en la secuencia, en la pose, y en las cargas de significado que se desprenden del diseño icónico de la fotografía. Lou von Salome se sienta, medio en cuclillas. en el carro, y también su figura está frontalmente vuelta hacia el espectador. La mano izquierda, enguantada, sostiene indolentemente la rienda o cuerda con la que están uncidos los brazos laterales de los dos hombres, vestidos de frac, lo que la hace parecer una «domadora de hombres». En la mano derecha, desnuda, desde una perspectiva que la muestra lateralmente, hasta alcanzar el marco derecho de la foto, una fusta, también sostenida con indolencia improvisada, y con la que parece amenazar a los dos filósofos. En la punta de la fusta puede observarse una umbela de lilas artificiales. El telón de fondo, con el Jungfrau bajo el que se sitúa el grupo, realza la inaccesibilidad de Lou, por el nombre simbólico de la montaña. En esta bambalina también son visibles un árbol y un matorral.

La expresión del rostro de Nietzsche podría calificarse de «visionaria», en nada disímil de las convenciones icónicas con las que se le suele representar en sus «retratos de filósofo». Con la mirada puesta en una especie de lejanía, ladeado, parece un ser de ficción. El rostro de Rée responde, con el desvío oblicuo de su mirada, a una reticencia por la que parece negarse a ser o identificarse con la figura que de él muestra la foto. En el rostro de Lou sí es perceptible una gama varia y compleja de registros, desde la ironía a cierto amago de «perversión» sadomasoquista. Los rostros de los tres se destacan claramente de la mancha oscura de los trajes.

Es una fotografía artificiosa, una instantánea de atelier, en la que se yuxtaponen el desinterés hostil de Rée, la pose de una Lou consciente de ser proyección de los miedos atávicos e irracionales asociados a las evocaciones de la mujer como vagina dentata, presentes sin duda en los subconscientes de los dos hombres; y una actitud monumental, que bien había sabido Nietzsche infundir entre sus seguidores, atenta a cumplir con los requisitos de la figuración de la entrega a una imagen interior de sí mismo, construcción icónica del «pensador». ¿Fotografía divertida? ¿grotesca? ¿intranquilizadora?

Michaud apunta que Nietzsche, «saturado de cultura», en un gesto de autocomplacencia, hace realidad «la antigua leyenda forjada en torno a Aristóteles, según la cual es propio de la naturaleza de las mujeres reducir a la esclavitud los espíritus más brillantes», y Lou, «cómplice, se presta a la puesta en escena». Para Michaud «es evidente que no le disgusta»: sabemos que Lou no tenía incoveniente en mostrar la foto a sus amigos, y relata con detalle las circunstancias de la misma en sus memorias. Para Michaud esta fotografía es única, ya que no conservamos ninguna otra del grupo, por representar la «imagen de la trinidad o de la esclavitud voluntaria», como «si sólo pudiera existir en el artificio del teatro y en el instante frágil de una toma».

Jules Bonnet realizó la foto durante la estancia de los tres en Lucerna, Suiza, en el verano de 1882.

8. La quiebra de la «Santa Trinidad» de Andreas-Salome, Rée y Nietzsche.

Día tras día, esta trinidad busca su improbable camino, siempre a merced de las obligaciones respectivas y del temperamento de cada uno. Nietzsche, por una parte, teme las reacciones de su entorno, indeciso sobre la pertinencia de informar a su madre, y temeroso ante la inevitable necesidad de poner al corriente a su hermana Elizabeth; por otra, alimenta su sueño, y explora las posibilidades que ofrece Viena para la instalación de los tres compañeros en el otoño, cuando la trinidad ya sea un hecho y no un proyecto voluntarista.

En julio, Lou asiste al estreno de Parsifal de Wagner en Bayreuth, y allí conoce a esa hermana a quien Nietzsche ha confesado unas semanas antes sus relaciones con la joven rusa. La esperada e inevitable colisión hostil entre Elizabeth y Lou estalla, pues el proyecto de vida de la hermana del filósofo era permanecer al servicio exclusivo de Fritz, y ese objetivo estaba a punto de frustrarse por una mujer que poseía todo aquello de lo que carecía la hermana —inteligencia, belleza, juventud y el afecto de su hermano—. Gilles Deleuze señala cómo, con Malwida von Meysenburg como carabina, la supuesta trinidad de Lou, Nietzsche y Rée quedaba convertida en un «extravagante cuarteto». Su vida en común se asentaba en una continua sucesión de desavenencias y reconciliaciones. Elizabeth, la hermana de Nietzsche, posesiva y celosa, no cejó hasta desencadenar la ruptura, obtenida desde el momento en que el filósofo ni se desvincula de su hermana ni atenúa la severidad de los juicios que el filósofo le dedicaba —«la gente como mi hermana es inevitablemente adversaria irreconciliable de mi manera de pensar y de mi filosofía, esto se funda sobre la naturaleza eterna de las cosas»—. Elizabeth triunfa envenenando la fuente con sus frustraciones y rencores, en un momento en el que las relaciones son aún frágiles, y envicia así todo el curso de los acontecimientos. A esto se une el que la madre de Rée también reclame a su hijo solo para ella. La trinidad se ahoga en un nudo de pasiones. Michaud apunta a un ensayo de Treiber en el que este crítico sugiere que esta fase parece un guión inspirado en las leyes de la sociología de grupo, definidas en aquella época por Georg Simmel: «La unión entre los dos amantes rechazados, reducidos a la categoría de amigos, se fundía en la común relación sublimada que ambos mantenían con la tercera persona, y que aseguraba la frágil coherencia del edificio. El antagonismo resurge cuando la relación triangular se convierte en dual». Y el conflicto, entonces, exige un desenlace violento.

En agosto de 1882 Nietzsche viaja a Leipzig, donde tiene lugar el último encuentro de la trinidad. El filósofo se siente hondamente decepcionado por Lou y por Rée, y rompe definitivamente con ellos a principios de 1883. Germán Cano considera lógica, coherente y nada extraña esta reacción del filósofo alemán, ya que si se lee su correspondencia puede comprobarse cómo uno de los temas que le obsesionan es el del egoísmo cultural o «la falta de honradez» de su entorno, argumento que «utiliza precisamente ahora para justificar la ruptura», sustentado por el alto contenido que daba a su «responsabilidad» frente a una «moral del conocimiento más elevada». Cano se vale de una carta que dirige a Overbeck:

La Lou de Orta era otro ser que la que luego volví a encontrar. Un ser sin ideales, sin metas, sin obligaciones, sin vergüenza. ¡Y en los ínfimos peldaños de la moral, a pesar de su buena cabeza! Me llegó a decir a mí mismo que ella no tenía ninguna moral… ¡Y yo que pensaba que tenía, al igual que yo, una más estricta que nadie! ¡Y que ella le sacrificaba diariamente y cada hora algo de sí misma! (y que eso nos daba derecho a pensar sobre la moral).

Con amargura y decepción, Nietzsche, instalado en Génova, desgrana un largo y doloroso catálogo en el que enumera los motivos para despreciar a una «criatura desnaturalizada» como Lou, asestando un último golpe que ella misma ya había percibido, con inquietud, en el inicio de las relaciones con el filósofo, una «sensualidad al acecho». Ahora es él quien la acusa de haber estado «parapetada en una postura de rechazo al sexo», siempre «perfectamente dueña de sí misma», seguridad que permitía a esa «desgraciada» dedicarse a «excitar la sensualidad masculina». La desesperación creciente en la que se abisma Nietzsche lo lleva al borde del suicidio. Sólo halla consuelo en la embriaguez y en el olvido que le procura su adicción al opio.

Piensa que Lou y Rée fueron cómplices que le impusieron un juego, el de reprimir toda tendencia sexual, a cuyas reglas ellos no se sometieron, destruyendo los cimientos de una trinidad en la que él había sido la víctima. Alcanza, en un grado obsesivo, el plano de «la sospecha de una sospecha», una convicción que provoca en él el sentimiento de haber sido expulsado para siempre de su relación mutua, según Michaud, y haber perdido «un valor humano, intelectual y ambiental que el filósofo aprecia en grado sumo: la serenidad».

La autodestrucción de Nietzsche deviene en una polémica que aviva Elizabeth, y que muy pronto alcanza enormes dimensiones, ocupando con escándalos y chismes sobre Lou la portada de las revistas de sociedad. Lou Andreas-Salome erige un muro de silencio frente a la calumnia, silencio del que ya no resurgirá, a pesar de las presiones de sus amigos.

La reflexión sobre Nietzsche pervivirá a lo largo de toda su obra posterior, de manera velada, a la vez que inequívoca. Y, ya desde su pericia en el método del psicoanálisis, comienza a establecer un proceso de desenmascaramiento de las contradicciones más íntimas del Nietzsche individuo, de lo que describe como «sadomasoquismo», de los «abusos del estilista arrebatado por su dialéctica», de las «deformaciones de hechos que no sean instructivos», presentando con crudeza «al sofista que hay debajo del creador».

9. El silencio de Lou Andreas-Salome ante la efigie que el siglo XX perfila de Nietzsche.

Quizás el encierro de Lou Andreas-Salome en un digno silencio, su propio muro del silencio, fuera la opción más razonable y lúcida ante un hecho que se ha expuesto al inicio de este capítulo. El culto creado en torno a Nietzsche a partir de 1890 alcanza tal sobredimensión que no admite réplicas o disidencias. Como recuerda Michaud, «el fenómeno de masas que escapa al control del autor, entregado a las fuerzas de la noche, da nuevo impulso a los intereses nacionalistas y racistas, es decir, los elementos más ajenos al espíritu de la obra». Inevitablemente, la vida privada de Lou, en la medida en que se ha cruzado con la del gran hombre, se convierte en la comidilla del público, y en objetivo de los ataques de un movimiento cada vez más sólido y pertrechado a todos los niveles, el «pangermanismo», que irá tensando todas sus tramas ideológicas internas y abonando el terreno sobre el que se legitimará el estallido «natural» de la Primera Guerra Mundial, conflicto ante el que incluso escritores como Thomas Mann o Rilke, desde un pretendido apoliticismo de la literatura y las artes, adoptarán posiciones en las que irracionalismo y nacionalismo pangermánico se entrelazan para alentar el imparable belicismo.

Este nacionalismo pangermánico se contrapone abiertamente al espíritu de la revolución francesa y al constitucionalismo democrático sobre el que los Estados Unidos se instituyen como nación. Sus raíces se localizan en Goethe, cosmovisión que se prolonga y desarrolla en los maestros a los que se denomina como «las tres estrellas»: Schopenhauer, Wagner y Nietzsche, «trinidad estelar de los espíritus unidos eternamente el uno en el otro», tal como escribe Thomas Mann en Consideraciones de un apolítico, escritas durante los años de guerra. Los tres exaltan los valores del hombre en sí mismo (la moral, la belleza, el arte), y los tres encarnan, como «trinidad estelar de los espíritus unidos», las características nucleares del «nacionalismo pangermánico».

Tiene sentido de lógica coherencia, ante tamaña insensata embriaguez, el que Lou Andreas-Salome renunciara a Nietzsche y dirigiera su mirada hacia la patria natal, Rusia, y hacia el espíritu que Tolstoi emanaba en clave de renuncia a la épica y condena de la violencia.

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