El salvoconducto

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Una calurosa mañana del verano del año de 1900, un tren expreso sale de la estación de Kursk de Moscú. Justo antes de la partida, desde el andén se acerca a la ventana un hombre vestido con una capa tirolesa negra. Le acompañaba una mujer de elevada estatura, probablemente su madre o su hermana mayor. Conversan con mi padre sobre algún asunto en el que los tres están iniciados; todos hablan con animación pareja; la mujer de vez en cuando intercambia en ruso alguna palabra con mi madre; el desconocido, por su parte, sólo habla alemán. Aunque conozco a la perfección esa lengua, nunca la había oído pronunciar de tal modo. Por ese motivo, en el atestado andén, entre dos llamadas de la campana, ese extranjero me parece una silueta en medio de cuerpos, una ficción en las entrañas de la realidad.

Durante el viaje, cerca ya de Tula, esa pareja vuelve a hacer acto de presencia, esta vez en nuestro compartimento. Dicen que el expreso no tiene establecido detenerse en Kozlova Záseka, y no están seguros de que el revisor avise a tiempo al maquinista para que éste pare junto a la hacienda de los Tolstoi. Del resto de la conversación deduzco que van a ver a Sofía Andréyevna, que asiste con frecuencia a los conciertos sinfónicos de Moscú y había estado en nuestra casa poco antes; en cuanto a aquel asunto de infinita importancia personalizado en las letras Cd. L. N., que en nuestra familia desempeña un papel secreto, examinado hasta la extenuación, no se concreta en ninguna encarnación. Lo había visto a una edad muy temprana, en la infancia. Sus canas, posteriormente retocadas en los esbozos de mi padre, de Repin y de otros pintores, habían sido atribuidas tiempo atrás por mi imaginación infantil a otro anciano al que vi con mayor frecuencia, probablemente en un periodo más tardío de mi vida: Nikolai Nikolaievich Gay.

Más tarde se despiden y se dirigen a su vagón. Al poco tiempo, el vuelo del terraplén se interrumpe bruscamente. Centellean los abedules. Los topes chirrían y entrechocan a lo largo de toda la vía. Un cielo nebuloso se desprende con alivio de un torbellino de arena cantarina. Saliendo del bosque por una larga curva, un carruaje vacío, tirado por dos caballos, trotando como en una danza rusa, avanza hacia los viajeros que se bajan del tren. De pronto, turbador como un disparo, se alza el silencio de la pequeña estación, que nada sabe de nosotros. No es allí donde tenemos que bajarnos. Se agitan pañuelos en señal de despedida. Nosotros respondemos. Llegamos a ver cómo el cochero les ayuda a subir al carruaje, cómo entrega a la dama una manta y cómo se incorpora levemente para ajustarse el cinturón y recoger bajo su cuerpo, con sus mangas rojas, los largos faldones de la pelliza. Ya está preparado para partir. En ese momento enfrentamos una curva y, girando lentamente como una página ya leída, la pequeña estación desaparece de nuestra vista. El rostro y el suceso son olvidados, al parecer, para siempre.

Boris Pasternak, El salvoconducto, [1931], Buenos Aires, Dédalo, 1959, pp.101-102


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