Impresionismo: Conceptos básicos

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Material complementario disponible:
Documento: Lugar de la I Exposición Impresionista - FOTOGRAFÍA
Documento: Portada de Catálogo. I Exposición Impresionista - FOTOGRAFÍA
Audio: Juegos de agua - Maurice Ravel (Música impresionista, 1901) ESCUCHAR
Audio: Clair de Lune - Claude Debussy (Música impresionista, 1905) ESCUCHAR


Sobre la misma base del despertar y el desarrollo del realismo y del naturalismo en literatura, se consolida, en pintura, un movimiento que toma para sí el nombre de «Impresionismo».

Hacia 1863, en París, en torno al magisterio de Éduard Manet, se aglutinan un grupo de pintores: Monet, Sisley, Bazille, Renoir, Pissarro, Cézanne, Degas y otros. Viven, de una forma que se autoproclama anticonformista, en los suburbios de las ciudades; se reúnen en algunos de los cafés de Montmartre; establecen un programa que pivota en torno a la pintura «nueva» y antiacadémica y se proponen la experimentación de nuevas técnicas.

La fecha inicial de este nuevo movimiento debe datarse en 1874, cuando el grupo, con la ausencia de Manet, sin embargo, expone sus propias y nuevas obras en la galería del fotógrafo Nadar, suscitando un gran escándalo.

Uno de los periodistas que acudieron a la muestra achacó a estos pintores el que estuvieran demasiado apegados, de manera muy superficial, a lo que denominaba como impresión vaga del momento, y, sobre todo, al título de un cuadro del propio Monet, Soleil levant. Impression, que dio lugar, desde una posición peyorativa, al término de «impresionistas».

A esta primera exposición seguirían, en los años posteriores, otras en la misma línea, hasta alcanzar la octava, y definitivamente terminal, en 1886 —siempre sin alcanzar un éxito y difusión populares—. A partir de esta fecha, el grupo inicial se dispersó y cada uno de sus componentes emprendió una senda muy diversa.

Sólo de forma graduada los críticos han reconocido, en la pintura de los impresionistas, la primera fase o gran episodio de la renovación del arte moderno. Estos mismos críticos han contribuido, de forma reiterada, a recomponer los ligámenes del impresionismo con algunas de las investigaciones de su tiempo, los estudios sobre la descomposición de la luz y sus tonos de color, con ciertas innovaciones técnicas, la invención de los tubos de color, que permitieron a los artistas salir de sus estudios y emprender la pintura al aire libre. A esto se añade una cierta concepción artística, una abierta «devoción» de tipo estético por la pintura, a la que se apreciaba por sus capacidades expresivas autónomas y una ruptura con la tradición académica y el gusto burgués que consideraba a la pintura como una imitación fiel del mundo exterior. Igualmente, ciertas cualidades estilísticas, como la focalización sobre algunos aspectos particulares, especialmente en lo que atañe a la captación del movimiento de los objetos, o al transcurrir del tiempo; el gusto por el «esfumato», los colores delicados y tenues, el puntillismo, el divisionismo, la entrega a todos los aspectos visuales y ópticos del fenómeno, y la renuncia a todos los efectos plásticos procedentes de la nitidez explícita de las líneas y de los contornos, a fin de obtener, en cambio efectos de movilidad, de luz, de color.

El término «impresionismo» suele adscribirse casi en exclusiva a las artes figurativas, pero no han faltado las tentativas de hacerlo extensivo a otros códigos artísticos, como la música ─se denomina impresionista a la música legada por Debussy─ y la literatura.

Los poetas y narradores que privilegian el fragmentarismo de la realidad, la fugacidad y la metamorfosis del tiempo, la subjetividad de la impresión psicológica, la fragmentariedad en las formas de escritura, uso de cuadernos de notas y de pensamientos sólo esbozados, las notas, las impresiones provenientes de sus diarios…; los artificios retóricos provenientes del libre fluido de conciencia y de pensamiento; del discurso vivido y reescrito desde la perspectiva del discurso indirecto libre…

Aunque esto afecte a poetas y escritores a los que se etiqueta como «simbolistas», ello no implica que desde esta óptica deban ser considerados al mismo tiempo como «impresionistas». Verlaine, cuando fue considerado como el padre y el fundador del impresionismo poético, respondió: «Ignoro este movimiento. Debe tratarse de un fenómeno germánico».

En realidad, si se quiere considerar esta perspectiva impresionista como una verdadera y precisa tendencia literaria, hay que reconocer que sus orígenes tuvieron una ubicación esencialmente franceses, ligados fundamentalmente a una parte de las obras de Verlaine (1844-1896), con la poesía tierna e irónica de Jules Laforgue (1860-1867), con la de Francis Jammes (1868-1938); y con la de los belgas Georges Rodenbach (1855-1898) y Maurice Maeterlinck (1862-1849).

A esta tradición podría adjuntarse la obra de algunos poetas italianos, Guido Gozzano, Marino Moretti, Sergio Corazzini, Corrado Govoni, Fausto Maria Martini, definida, en un artículo del crítico Giuseppe Antonio Borgese en 1910 donde en realidad se refería concretamente a los poetas Marino Moretti, Fausto María Martini y sobre todo a Carlo Chiaves, como poesía crepuscular.

El término no careció de fortuna y se convirtió en una definición «didáctico-historiográfica» no de una verdadera «escuela» de poetas, sino de una «tendencia», manifiesta en los primeros quince años del siglo XX. Para caracterizar a la poesía crepuscular es inevitable tomar como enclave de referencia el «repertorio temático» particular explorado por este tipo de poesía, que mantuvo unos lazos sustanciales con los ámbitos del naturalismo y del impresionismo, objetos poéticos humildes, mobiliarios modestos y de dudoso gusto artístico, artistas enfermos, organillos callejeros, hermanas y beguinas: todo ello irónica y humorísticamente contrapuesto a los objetos poéticos “elevados” de la tradición y, sobre todo, a los extremados refinamientos de la poesía de Gabriele D’Annunzio.

Su práctica retórica y métrica se opone a las prácticas propias de la tendencia preeminente en Verlaine, en Carducci, en Pascoli y en cierto D’Annunzio a escribir versos voluptuosamente monótonos y profundos, tendentes a la consecución del verso libre. Se esmeran en buscar rimás irónicas y de marcada fonética, en las que no dudan en conjugar términos áulicos con otros de procedencia humilde y prosaica.

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