Las Exposiciones Universales. Un poco de Historia

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NAVEGACIÓN: Monografía independiente de la línea secuencial principal. Para salir utilice «TODAS las SECCIONES»

Material complementario disponible:
Secuencia cinematográfica: París, 1900 (Documental)/Georges Méliès - VER
Documento: Interior del Palacio de Cristal de Londres - FOTOGRAFÍA
Documento: Portada del Catálogo Oficial de la Exposición Universal de Londres. 1851 - FOTOGRAFÍA
Documento: Facsimil "Mar y Tierra". Especial dedicado a Expo. París, 1900


En 1851, se celebra la primera exposición universal en el Palacio de Cristal de Londres. La claridad y el carácter diáfano del edificio contrastan con el denso y oscuro humo de las calles de la capital, «las calles más sucias y sombrías que jamás se pudieran ver en el mundo1». Inglaterra vive una crisis comercial y Francia una crisis industrial.

La exposición universal yuxtapone la producción de diferentes lugares. Pretende funcionar como estímulo, como instrucción y expone manufacturas industriales a modo y manera como si de obras de arte se tratasen. Constituye una montaña de objetos e instrumentos, algunos sin otra función que la de demostrar que pueden ser fabricados.

Maquinaría industrial, materias primas, estatuas, fuentes y mercancías, conviven con árboles conservados como en un museo. ¡Extraña fusión de vieja y nueva naturaleza!

Una muestra de las conquistas intelectuales, tecnológicas y materiales de la humanidad. Una muestra de lo productiva que es Inglaterra cuando teje algodón en sus hilanderías, o produce carbón y hierro para el mundo entero.

París acogerá las más significativas exposiciones universales del siglo XIX. En una época marcada por convulsiones sociales, estas exposiciones anuncian un mundo de abundancia, de equidad y de paz. Un mundo socialmente estable, alcanzado sin revoluciones. La industria y la tecnología son presentadas como los poderes míticos, capaces de realizar una utopía social.

El antecedente histórico de estas muestras, la exposición nacional de la industria de 1798, ya pretendía «divertir a las clases trabajadoras y convertirse para ellas en una fiesta de la emancipación2». Los trabajadores estaban invitados a un mundo que ya fundía imaginación y mercancías.

¡Sueños y comercio! Un mundo que trata de educarlos para el consumo. Las exposiciones se convierten en «centros de peregrinación hacia las mercancía-fetiche3». El proletariado contempla lo que ha producido, pero que no puede tener.

Calificadas como «festivales populares del capitalismo4», las exposiciones universales representan el apogeo de la fantasmagoría de la exhibición. Idealizan el valor de cambio de las mercancías y crean un marco donde su valor de uso pasa a segundo plano. Serán una escuela donde las multitudes, apartadas de la fuerza del consumo, penetran en el valor de cambio de las mercancías hasta el punto de identificarse con ellas: está prohibido tocar los objetos expuestos. Dan acceso a una fantasmagoría donde el hombre accede para dejarse distraer5.

La exposición universal de París de 1867 ocupa una extensa área en el Champ de Mars. Un gigantesco edificio oval, construido en apenas dos años, acoge innúmeros visitantes. Tan espectacular como las instalaciones y muestras del evento, será el espectáculo de las masas movedizas de personas de todas naciones que en ella confluyen. La exposición mezcla tecnología y arte, armamento y moda, negocio y entretenimiento, lo que permite alcanzar la paz mundial y lo que hace posible destrozarla6:


Se celebra la competencia pacífica entre naciones con la exposición de los más recientes productos de la industria bélica, armas destinadas a distintos gobiernos, a estados transformados en clientes.

Efímera, cada exposición deja una huella en la ciudad de París. La de 1878 construye el Trocadero y la de 1889 la Torre Eiffel, entramado de hierro y remaches primitivo, a modo de esqueletos metálico que, hoy, simboliza el París moderno, la ruptura con el pasado y la determinación de una república a mirar hacia el futuro7. Monumento de la nueva era industrial. Una muestra de la audacia de los ingenieros y de los obreros del hierro, «verdaderos arquitectos del futuro8» y objeto de protesta vehemente de literatos, la Torre Eiffel tuvo, y continúa teniendo, un enorme éxito popular. La exposición universal de 1889, conmemora también el centenario de la Revolución Francesa al que son invitadas naciones que todavía viven bajo un régimen monárquico y sirve de marco a numerosas protestas contra el belicismo latente.

La muestra universal de 1900 es particularmente profética y prefigura como será la sociedad del siglo XX. El didactismo se subyuga a la lógica del espectáculo y al valor de lo comercial. Lo ornamental queda sometido en gusto, coherencia y verdad a los fines del negocio. Público y cliente convergen. Se transporta al visitante hasta los cráteres de la luna, a las profundidades del mar y allende las regiones más lejanas. Se erigen el Grand y el Petit Palais y, sobre el Sena, el inmenso arco metálico del Puente Alexandre III. La noche no detiene el espectáculo. De ello se encarga la electricidad. Francia, que acabada de salir del aislamiento diplomático, promueve los grandes logros nacionales para alimentar ideas patrióticas. En el Trocadéro, se despliegan todas las riquezas y exotismo del imperio colonial. El pasado es visto con nostalgia. El futuro, con optimismo.

La Primera Gran Guerra ralentiza la frecuencia de las exposiciones universales. Solo regresarán en los años de la Depresión en un intento de revitalizar la economía, de crear empleo y de entretener las masas.

Las exposiciones universales perpetúan el mito de un progreso social automático, mito que impide la realización del verdadero progreso, crean un mundo de ensueño que oculta la crisis, el desempleo y una economía desarrollada a espaldas de los hombres y abonan, ante la ceguera culpable de los políticos de la época, el terreno en que crecerá imparable el pensamiento fascista.

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