Criticas al psicoanalisis

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El psicoanálisis ha sido objeto de innumerables críticas a lo largo de su historia. Buena parte de ellas intentan sacarlo de las ciencias empíricas. Sin duda, una de las críticas más importantes es la de Karl R. Popper. Ésta fue importante no sólo para el psicoanálisis sino también para Popper, pues le permitió tener mayor claridad en la formulación de un criterio de demarcación entre ciencia empírica y pseudociencia o metafísica. Popper tomó como ejemplos paradigmáticos de ciencia a la teoría de Issac Newton y a la teoría de la relatividad de Albert Einstein, mientras que el psicoanálisis y el marxismo le sirvieron como ejemplos paradigmáticos de pseudociencia; así, comparando los ejemplos, llegó a la conclusión de que lo que distinguía unos de otros era, en esencia, su capacidad de ser sometidos a crítica y de ser refutables. El criterio de demarcación entre ciencia y no ciencia se basa entonces en la refutación. Sobre ella dice Popper: «es menester establecer de antemano criterios de refutación; debe acordarse cuáles son las situaciones observables tales que, si se las observa realmente, indican que la teoría está refutada1».

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La crítica al psicoanálisis consiste entonces en que es irrefutable. Popper señala: «¿qué tipo de respuestas clínicas refutarían para el analista, no solamente un diagnóstico analítico particular, sino el psicoanálisis mismo?2». Ante esta crítica la posición que defenderé es la siguiente: el psicoanálisis, en sus múltiples vertientes, es una disciplina valiosa y racional, independientemente de que sea, o no, una ciencia empírica.

Supongamos que el criterio de demarcación de Popper es adecuado y que el psicoanálisis no es una ciencia empírica. Me parece que este criterio recoge una intuición básicamente correcta, el psicoanálisis es en realidad diferente de teorías como la de Newton o la de Einstein. Para empezar, nunca se pensaría en dar como ejemplo paradigmático de ciencia empírica al psicoanálisis, en cambio, no hay duda en hacerlo respecto a las otras dos teorías. Se sabe también que el grado de precisión de estas teorías físicas es mucho mayor que el psicoanálisis, de ahí que las predicciones o retrodicciones que hace este último son más vagas, lo que lo hace más irrefutable.

Partimos entonces de que el psicoanálisis no es una ciencia empírica. De esto no se sigue que no sea racional o que no sea valioso. Popper mismo declara que el psicoanálisis: «Constituye una interesante metafísica psicológica (y no cabe duda de que hay alguna verdad en él, como sucede tan a menudo en las ideas metafísicas)3».

Pensemos que el psicoanálisis es metafísica. ¿Cómo juzga Popper a la metafísica en general? Recordemos que a diferencia del Positivismo Lógico, él juzga que las teorías metafísicas tienen significado y que pueden ser sujetas a discusión crítica, y por tanto racional, aunque sean irrefutables.

Es interesante observar que, al abordar la discusión de teorías metafísicas, Popper no se inclina por distinciones tajantes entre buenas y malas teorías metafísicas, sino que emplea argumentos razonables, en favor o en contra de estas teorías, al señalar que: «[…] cualquier teoría racional, sin importar que sea científica o filosófica, es racional en tanto que intenta resolver ciertos problemas. Una teoría es comprensible y razonable sólo en relación con determinada situación de problema. Y sólo puede discutirse racionalmente estudiando esta relación4».

Lo anterior significa que Popper está tomando en cuenta el contexto en el que se presenta una teoría y, en relación con ese contexto, la teoría puede ser criticada. Esto es justo lo que debe aplicarse al psicoanálisis. Por ello, considero poco racional que, a partir del criterio de demarcación, alguien pretendiera compararlo con las teorías físicas y concluir de ello, sin más, que son mejores que el psicoanálisis.

Habría que preguntar: ¿mejores respecto a qué? No hay un «mejor que» absoluto. El psicoanálisis y las teorías físicas se desarrollan en contextos diferentes; no tratan de resolver los mismos problemas, sus objetos de estudio son distintos y los objetivos que se proponen también. No son ni siquiera inconmensurables en el sentido de Thomas Kuhn. Sólo sería viable comparar al psicoanálisis con otras teorías psicológicas dedicadas a la clínica y aún ahí existiría el peligro de la inconmensurabilidad.

El contexto del psicoanálisis es el clínico, sin él perdería su sentido. En la clínica, el objetivo del psicoanalista no es refutar la teoría psicoanalítica, como no lo es tampoco para un médico refutar una teoría fisiológica. El propósito es ofrecer al paciente un punto de vista distinto al que tiene sobre sí mismo, para que tenga opciones de cambio. Este punto de vista se crea a partir de un modo de ver la mente humana, el psicoanalítico. Esto significa que uno de los valores más importantes del psicoanálisis es heurístico, es decir, inventar nuevas formas de resolver problemas, en este caso de carácter afectivo con los que un paciente se enfrenta.

Popper criticó la propuesta freudiana porque es irrefutable, pero esto no trunca la posibilidad de que el psicoanálisis sea una disciplina racional y valiosa. He dado ya algunas razones para ello: la racionalidad del psicoanálisis debe juzgarse en su propio contexto y es valioso por su función heurística.

Si el psicoanálisis es irrefutable, no debemos desesperar. Podemos aplicarle lo que Popper dice de los problemas filosóficos: «la solución de un problema filosófico nunca es definitiva. No puede basarse en una prueba final ni en una refutación final: esto es una consecuencia de la irrefutabilidad de las teorías filosóficas5».

Hasta ahora he supuesto que el criterio de demarcación de Popper es adecuado, sin embargo, es polémico que lo sea.

Imre Lakatos6 señaló que el psicoanálisis no cumple el criterio de refutabilidad, pero que tampoco lo hace la dinámica ni la Teoría de la gravitación de Newton. Esto indica que el criterio es demasiado exigente, ya que no lo satisfarían ni siquiera los ejemplos paradigmáticos de la ciencia.

Por su parte, Thomas Kuhn7 pensaba que los procedimientos de Popper para evaluar las teorías empíricas no recuperaban el modo de funcionamiento real de la elección de teorías, que su criterio seguía un tipo de racionalidad muy restringida, de tipo algorítmico, que no correspondía al que empleaban los científicos.

Harold I. Brown8 coincide con Kuhn en que el punto de vista falsacionista de Popper está controlado por el ideal de una racionalidad algorítmica, donde el algoritmo es el modus tollens. Popper9 intentó responder a estas críticas señalando que desde La lógica de la investigación científica10, su criterio de demarcación no era tajante, y que una teoría científica tiene distintos grados de comprobabilidad. Admite que su criterio es vago, que la distinción entre hipótesis ad hoc e hipótesis auxiliares también lo es, que no hay que renunciar fácilmente a la teoría por aparentes refutaciones, que se renuncie a las estrategias inmunizantes, pero sólo en medida razonable. Al debilitar así su criterio, Popper parece apelar a una idea de racionalidad menos estricta, más parecida a la empleada para distinguir entre sistemas metafísicos. Sin embargo, no quita el dedo del renglón e insiste en que el psicoanálisis es el mejor ejemplo que tiene para ilustrar lo que no es una ciencia. Señala que a diferencia del marxismo, el psicoanálisis nunca fue una ciencia, que: «la teoría freudiana era compatible con cualquier cosa que hubiera ocurrido […], hasta sin ningún tratamiento inmunizador especial11».

Me parece que Popper exagera en este punto, pues de ser así, Sigmund Freud no habría modificado nunca su teoría, lo que se sabe no es verdad. La reacción terapéutica negativa, la compulsión a la repetición, la resistencia al cambio, fueron factores que obligaron a Freud a transformar su concepción teórica. El proceso de evolución de la disciplina psicoanalítica en cada una de sus vertientes también atestigua la necesidad de adaptación a las exigencias de la clínica.
A esto, agregaría que la afirmación de Popper de que el psicoanálisis no es una ciencia empírica resulta polémico para otros filósofos de la ciencia como Adolf Grünbaum12, para quien no sólo es susceptible de refutación, y por tanto científico, sino también falso. Sin conceder que el psicoanálisis ha sido refutado, pienso que este tipo de polémica implica al menos que éste no es inmune a la crítica. Me parece que los efectos de la crítica se reflejan en las modificaciones que los psicoanalistas hacen de sus teorías.

Por otra parte, si Popper debilita su criterio de demarcación y acepta un tipo de racionalidad más flexible, en donde la falsedad de las conjeturas no es suficiente para refutar la teoría ni abandonarla, entonces, es necesario tomar otro tipo de elementos para explicar el cambio científico. Su propuesta de tomar en cuenta un sistema alterno «mejor» que la teoría que se abandona, como criterio de decisión, me parece insuficiente, pues pienso que esto no escapa al problema de la inconmensurabilidad planteado por Kuhn. Considero, como él13, que la renuncia a una teoría, responde al sistema de valores de los científicos y que en su decisión intervienen elementos de tipo social y psicológico, aunque no se reduce a ellos.

Por tanto, encuentro que, un concepto de racionalidad fructífero es aquél donde se toman en cuenta no sólo las razones que funcionan como ataduras a la realidad, sino también el sistema de valores de los científicos (o de los actores de la discusión), los factores sociopsicológicos, el contexto y la deliberación.
Brown14, se refiere a la sabiduría práctica de Aristóteles como el prototipo de esta forma de racionalidad que ha de ser empleado en la ciencia. Por su parte, Carlos Pereda atribuye las siguientes características al concepto aristotélico de racionalidad práctica o phrónesis:

a) Es «la capacidad de preocuparse no sólo parcialmente, por un área de la vida […] sino […] por la ‘totalización’ de la vida en tanto ‘vida buena’ (eudaimonia)15». Consiste en «saber equilibrar los distintos bienes que anhelamos y los males que deseamos evitar en relación con la totalidad de una vida16».
b) Consiste en deliberar para alcanzar esa vida buena. Sopesa razones, balancea ventajas y desventajas.
c) Esta deliberación atañe al hacer humano que es contingente. Trata con argumentos cuya conclusión no se sigue necesariamente de las premisas, sino que éstas sólo la apoyan en cierto grado.
d) Requiere de sensibilidad para considerar los aspectos particulares de una situación.

Este tipo de racionalidad es el que emplea el psicoanalista. Reviso punto por punto. En primer lugar, los terapeutas se ocupan no sólo de un área de la vida de sus pacientes, sino de la totalidad de sus vidas, por ello no están interesados sólo en quitar síntomas, sino también en lograr cambios profundos y duraderos. Me parece que la mayoría de ellos, tal vez con excepción de algunos psicoanalistas lacanianos, se interesan en que sus pacientes tengan una vida mejor. El analista también busca que su paciente encuentre un equilibrio entre los bienes que anhela y los males que desea evitar en relación con la totalidad de su vida; la exploración de los conflictos psíquicos inconscientes se encamina a ese objetivo.

El psicoanalista delibera, sopesa razones, balancea ventajas y desventajas, y con base en ello interpreta al paciente, confronta sus opiniones, le hace señalamientos. Es mediante la deliberación que el psicoanalista puede ofrecer otro punto de vista al paciente para enfrentar sus conflictos y buscar el cambio. Su evaluación es un arte que depende de la situación analítica particular. Más adelante me detendré con más detalle en las razones que el psicoanalista toma en cuenta.

La deliberación del terapeuta atañe a la contingencia del hacer humano, tanto a su propio hacer como al del paciente. Esto da lugar a la libertad de acción tanto de uno como de otro. La deliberación del analista trata con argumentos cuyas premisas sólo apoyan en cierto grado sus conclusiones, de ahí que haya lugar para la intervención de factores sociopsicológicos, como son por ejemplo: los valores y deseos. Y, por último, el analista requiere de sensibilidad para considerar los aspectos particulares de la situación analítica, es por ello que emplea el diagnóstico con medida, y evalúa la situación de su paciente en su contexto de vida. La racionalidad de la clínica requiere tomar la singularidad del paciente en tratamiento, aun cuando tampoco se pueda prescindir de ciertas características generales, que ese paciente comparte con otros seres humanos según los principios psicoanalíticos.

Los terapeutas son racionales en este sentido de racionalidad. El psicoanálisis deja de ser tal, si se olvida la situación analítica; en ella se establece una relación intensa, profunda y duradera entre paciente y analista; se trata de una experiencia singular de vida, muy distinta a la experiencia de un experimento. Estamos aquí más cerca de lo que Luis Villoro17 ha llamado Sabiduría, una forma de conocimiento personal para la que la experiencia de vida funciona como razón. Es fundamentalmente en esta experiencia de vida en la que el psicoanálisis ha de ser evaluado. ¿Por quién?, principalmente por paciente y analista, pues son ellos los que pasan por esta experiencia de vida. Esto no significa que el psicoanálisis no pueda recibir la crítica de filósofos o científicos ajenos a este contexto, pero sin duda, paciente y analista serán racionales si consideran que estas críticas son menos importantes que su propia experiencia, para evaluar al psicoanálisis. Insisto, esta actitud no me parece irracional, sino por el contrario muy racional, pues es acorde al contexto clínico en el que se desenvuelve el psicoanálisis.

Estimo que Popper no habría estado dispuesto a aceptar un criterio de racionalidad tan flexible para la ciencia empírica. Prueba de ello es que tanto Brown como Kuhn, contraponen a su concepto de racionalidad un concepto más flexible. Si el criterio de demarcación de Popper y su concepto de racionalidad son demasiado estrechos aun para las ciencias naturales, con mayor razón será inadecuado para el psicoanálisis, pues, como ya he mostrado, éste no es un ejemplo paradigmático de ciencia empírica.

Por lo anterior, encuentro más adecuado trabajar con otras opciones, no sólo respecto al concepto de racionalidad, sino también respecto a la concepción que se tiene de las teorías científicas.

La Concepción Estructural, de Joseph Sneed, Wolfgang Stegmüller y C. Ulises Moulines18, representa una alternativa para interpretar lo que son las teorías empíricas. En esta concepción, a diferencia de Popper, no se concibe a las teorías como conjuntos de enunciados, sino como estructuras, en el sentido matemático del término. Esto implica ver a las teorías como entidades mucho más complejas, de manera tal que se rescatan las ideas básicas de Kuhn y Lakatos, a saber, que una teoría está compuesta por un núcleo programático y un cinturón protector. Esto implica que ante una experiencia refutadora, es posible abandonar hipótesis o leyes que forman parte del cinturón protector, y no aquellas leyes que pertenecen al núcleo básico.

Frente a una refutación, la concepción enunciativa de las teorías como la de Popper, no tiene posibilidad de diferenciar entre la refutación a un elemento del núcleo o la refutación a un elemento del cinturón. Esto implica que Popper:

«[…] concibe las teorías como entidades simples, monolíticas, ante las cuales la única opción es de tipo todo-o-nada; no distingue entre teorías, hipótesis y leyes. Y con esta concepción es imposible diferenciar cambios de teorías y cambios en las teorías19».


Con ello, las críticas que Popper hace al psicoanálisis dependen de su concepción monolítica de teoría, por lo que si se modifica la noción de teoría las críticas se desvanecen, o al menos, tienen que ser alteradas. Para Popper, el psicoanálisis no cumple con el criterio de demarcación pues no es posible determinar las situaciones observables que refutan la teoría, pero esto no puede pedirse ni al psicoanálisis ni a otras teorías de la ciencia desde la nueva forma de pensar las teorías, pues éstas siempre cuentan con un cinturón protector que las inmuniza en cierto grado. Lo anterior significa que la red de estructuras que conforman la teoría se puede retocar y no necesariamente abandonar por completo, como sostienen Díez y Moulines: «nada hay en la lógica que obligue a una opción frente a otra. La decisión no es cuestión lógica sino de pragmática, de pérdida de confianza20».

Si no es un problema de todo o nada, si es necesario tomar en cuenta criterios pragmáticos y no sólo lógicos para abandonar una teoría, en el terreno de la ciencia, existe una situación semejante a la que Popper había señalado para las teorías metafísicas, es decir, analizar su racionalidad respecto a un contexto.
Con el cambio de concepción de lo que es una teoría, aparece entonces un cambio en la noción de racionalidad, se cuenta ahora con una racionalidad más parecida a la práctica o phrónesis a la que ya me he referido.

Desde la nueva visión de la teoría empírica, la concepción estructural no está interesada, en particular, en buscar un criterio de demarcación para la ciencia empírica, porque éste implica un todo o nada en la distinción entre ciencia y no ciencia, que es incompatible con la complejidad del funcionamiento de las teorías. Es por ello que esta concepción se interesa en llevar a cabo reconstrucciones, tanto de teorías paradigmáticas de la ciencia como del marxismo y el psicoanálisis que Popper rechazó como científicas.

La concepción estructural representa, entonces, una buena opción para que el psicoanálisis escape al criterio de demarcación de Popper. Sin embargo, cabe hacer la siguiente aclaración: de ver al psicoanálisis como una estructura compleja para la que no puede ofrecerse, de antemano, una situación observable que lo refute, no se sigue que sea inmune a la crítica ni que sea una teoría para la que todo se valga. El psicoanálisis responde a ciertos límites.

Desde la perspectiva de la concepción estructural, la comunidad de científicos sostiene que una teoría intenta aplicar una serie de leyes a ciertos dominios específicos. Este conjunto de aplicaciones propuestas por los científicos sirve como base de contrastación para la teoría que está formada no sólo por cierto dominio de objetos, sino también por una serie de conceptos cuyo significado es independiente de ella y a los que la concepción estructural llama conceptos no-teóricos respecto de la misma. La independencia del significado de estos conceptos respecto a esa teoría (aunque no independiente de otra) es lo que les permite formar parte de la base de contrastación de la teoría. El psicoanálisis cuenta con una base de contrastación de este tipo, pues la comunidad de psicoanalistas intenta aplicarlo a cierto dominio de objetos, tales como: sueños, síntomas, actos fallidos, entre otros. Además, cuenta con una serie de conceptos cuyo significado es independiente del psicoanálisis, es decir, son conceptos psicoanalíticos no-teóricos, entre los que se encuentran: sueño, angustia, conducta, analogía y otros.

La base de contrastación funciona como un límite para el psicoanálisis, es decir, una manera en que se mantiene a éste fuera de la anarquía y dentro de la racionalidad. La concepción estructural ofrece los elementos para fijar una racionalidad diferente en la que no se llegue a límites tan estrechos como los planteados por Popper, pero que tampoco permita una precipitación a la irracionalidad.

A continuación hago una síntesis apretada de aquello que funciona como límites para el psicoanálisis, es decir, lo que constituyen las razones o ataduras a aquellos espacios de realidad a los que desea aplicarse.

  • En primer lugar, existe una base de contrastación formada por todos los conceptos psicoanalíticos-no-teóricos.
  • En segundo lugar, las distintas aplicaciones de la teoría psicoanalítica necesitan guardar una congruencia entre sí, es decir: los sueños, los síntomas, las conductas que son aplicaciones de la teoría; guardan coherencia entre sí, convirtiéndose, entonces, la mente del paciente en una gran aplicación de la teoría que responde simultáneamente a distintos principios psicoanalíticos: la teoría de los sueños, la teoría de la neurosis, la teoría de la sexualidad infantil, la teoría del narcisismo, la teoría de la angustia, entre otras.
  • En tercer lugar, el analista espera lograr un cambio profundo y duradero en su paciente. Tanto el primero como el segundo saben lo difícil que es lograr esto.

Sin duda, alcanzar un cambio de este tipo impone fuertes límites a la aplicación del psicoanálisis. Así, aunque es innegable que la sugestión tiene influencia en la relación analítica para lograr el cambio, la compulsión a la repetición y la reacción terapéutica negativa atestiguan que de ninguna manera es el factor principal para alcanzarlo.

Los psicoanalistas reconocen la importancia de la crítica, por ello recurren, entre otras herramientas, a la supervisión de sus casos para eliminar en lo posible la contaminación contratransferencial.

Cabe hacer la siguiente aclaración: considero que a pesar de que la concepción estructural ofrece una serie de herramientas a partir de las cuales es posible observar ciertas semejanzas entre el psicoanálisis y otras teorías científicas, el psicoanálisis tiene diferencias importantes con dichas teorías. Los conceptos que emplea no pretenden la precisión de otros conceptos de la ciencia, son conceptos de naturaleza analógica que se mueven en límites difusos aunque existentes, su riqueza radica en ello. Además, su cercanía con ciertas formas de sabiduría le acerca a los problemas de la libertad y la responsabilidad, que no están presentes en otras teorías de la ciencia.

Para concluir este artículo, haré referencia a un autor que, a diferencia de Popper, sitúa al psicoanálisis como una forma de conocimiento privilegiada. Se trata
de Jürgen Habermas.

Como es sabido, en Conocimiento e interés21, Habermas hace una crítica del cientificismo, es decir, de la concepción que identifica al conocimiento con la ciencia. Para él, la ciencia es sólo una forma de conocimiento, por lo que se opone a reducir la teoría del conocimiento a la teoría de la ciencia. Su libro es un intento de abrir los caminos de reflexión que fueron bloqueados por el cientificismo positivista. Considera que todo conocimiento está guiado por intereses, es decir, persigue determinados fines. De acuerdo con ellos, Habermas distingue tres formas de saber22: a) el interés técnico, que es un interés por dominar la naturaleza, da lugar a las ciencias empírico-analíticas como la física o la biología; b) el interés práctico, que consiste en asegurar y expandir las posibilidades de entendimiento y comunicación entre los seres capaces de comunicarse, orienta las ciencias histórico-hermenéuticas, como la historia; y c) el interés emancipativo, que intenta liberar a los seres humanos de la dominación y la represión, guía a las ciencias crítico-reflexivas. En estas últimas coloca la reflexión filosófica y la reflexión autocrítica de Freud.

Aunque todos estos intereses están conectados entre sí, el interés emancipativo es lo supremo de todo saber, pues se refiere a la liberación de los seres humanos.

Mientras Popper coloca al psicoanálisis más cercano a la astrología y a los relatos de Homero sobre el Olimpo23, Habermas lo ubica como un tipo de conocimiento privilegiado porque responde a intereses emancipativos. Sin embargo, tanto Popper como Habermas coinciden en que el psicoanálisis no es una ciencia empírico-analítica como, por ejemplo, la física.

Habermas critica a Freud por considerar al psicoanálisis como una ciencia natural, también señala que tenía una dualidad de intereses; por una parte, en la ciencia natural que manifestó al trabajar en el laboratorio de Peter Brücke en problemas de histología del sistema nervioso y, por otra parte, en las relaciones humanas. Explica:

«Esta dualidad de intereses puede haber contribuido a que Freud fundase de hecho una nueva ciencia del hombre, pero que en ella siguiese viendo una ciencia natural. Además, los modelos determinantes para la formulación de su teoría los toma Freud de la neurofisiología, en la que había aprendido a tratar cuestiones antropológicas importantes con métodos de la medicina y de las ciencias naturales24».


A pesar de la influencia de la ciencia natural en Freud, Habermas considera que el psicoanálisis es un tipo de conocimiento diferente porque hay un interés por el autoconocimiento que no existe en la ciencia natural.

La posición de Habermas coincide en muchos puntos con la que he defendido en líneas anteriores. Así, por ejemplo, da un lugar fundamental a la situación analítica en la que se encuentran paciente y analista. Ella establece las condiciones de posibilidad del conocimiento analítico para ambos interlocutores.22 Por ello, la validez empírica de las interpretaciones psicoanalíticas: «no depende de una observación controlada ni de una comunicación continuada entre investigadores, sino tan sólo de la autorreflexión realizada con la comunicación que implica entre el investigador y su ‘objeto’25».

A diferencia de Popper, Habermas da preeminencia al contexto en que se desarrolla el conocimiento psicoanalítico. Sin embargo, hay una diferencia de matiz entre la posición de Habermas y la que he sostenido acerca de este punto. Mientras que Habermas considera que sólo la situación analítica es relevante para la evaluación de las interpretaciones psicoanalíticas, yo considero que, aún con ser la más importante, no es la única, pues también la discusión de la comunidad de psicoanalistas y la supervisión intervienen en esta evaluación.

Por otra parte, Habermas señala que una interpretación que el psicoanalista ofrezca a su paciente, no puede considerarse refutada porque éste no la acepte; podría ser que las resistencias de él influyeran para este rechazo. Coincido con él en esto. Por el contrario, Popper juzgaría que se ha introducido una hipótesis ad hoc para salvar la interpretación y que ésta estratagema debería excluirse porque va en contra de su idea de racionalidad científica. En otra perspectiva de racionalidad, Habermas sitúa tanto la refutación como la verificación en un contexto más amplio: el proceso analítico del paciente. Dice:
«Freud insiste, con razón, en el hecho de que sólo el curso del análisis puede decidir sobre la utilidad o inutilidad de una construcción, sólo el contexto del proceso de formación en su conjunto tiene fuerza de confirmación o refutación26».

Otro punto en el que Habermas difiere de Popper es el siguiente. Mientras Popper juzga que el psicoanálisis tiende al dogmatismo porque rehuye a la crítica, Habermas considera que el conocimiento analítico es crítico. A las razones que ya he ofrecido en favor de esto último, Habermas añade, según lo interpreto, la crítica que el paciente hace de sí mismo. Dice:

«El conocimiento analítico es crítico en el sentido de que posee la capacidad analítica de disolver actitudes dogmáticas. La crítica termina en una transformación de la base afectivo-emocional, al igual que comienza con la necesidad de cambio práctico. La crítica no tendría el poder de vencer la falsa conciencia, si no fuese impulsada por una pasión por la crítica. O de parte de la experiencia de dolor y de la necesidad y del interés por la superación de esta situación opresiva. El paciente consulta al médico porque sufre a causa de sus síntomas, y quisiera sanar: cosa con la que puede contar también el psicoanalista. Pero a diferencia de tratamiento médico habitual, la presión del sufrimiento y el interés en la curación no son sólo ocasión para el inicio de la terapia, sino un presupuesto para el éxito de la misma27».


La construcción que hago acerca de esto es: el paciente sufre y eso lo lleva a una pasión por la crítica de sí mismo. El conocimiento analítico posibilita al paciente para efectuar esa crítica y disolver con ello una actitud dogmática, su forma de ser. Esto se logra porque el análisis proporciona un conocimiento que vence la falsa conciencia, pero sólo gracias a que el paciente sufre y le interesa salir de ese sufrimiento.

Lo anterior implica que sólo el interés por una vida buena permite el éxito de la terapia psicoanalítica. Si esto es así, la posición de Habermas armoniza con la aplicación de la racionalidad prudencial al psicoanálisis.

Me parece que las opiniones de Habermas y Popper acerca del psicoanálisis difieren profundamente, entre otras cosas, porque están empleando sentidos muy diferentes de racionalidad crítica. Popper entiende por ella el falsacionismo, método único de cualquier ciencia, es decir, defiende un monismo metodológico que toma como paradigma a la ciencia natural. En cambio, la concepción de Habermas implica una racionalidad crítica que va en contra del monismo metodológico, pues cada tipo de conocimiento tiene su especificidad, la ciencia natural es sólo un tipo de conocimiento.

Para concluir quiero señalar que: el psicoanálisis es un conocimiento racional, pues tiene una base de contrastación y se apoya en buenas razones. Analista y paciente son los actores principales en la evaluación del psicoanálisis, pero no son los únicos. La comunidad psicoanalítica, los psicoterapeutas de otras corrientes, los filósofos, hacen su propia evaluación. Pienso que al hacerlo, será más fructífero usar un criterio de racionalidad más amplio que el señalado por el criterio de demarcación de Popper. El psicoanálisis es valioso porque posibilita el cambio profundo que muchas personas buscan para tener una vida mejor; que sea o no una ciencia empírica no es lo importante. Creer que la ciencia natural debe marcar la identidad de otras teorías psicológicas o sociales, es como pretender que el hermano menor tenga que ser como el hermano mayor para actuar racionalmente y ser valioso.

Fernanda Clavel de Kruyff, «Las críticas de Popper al psicoanálisis», en Signos Filosóficos, vol. VI, núm. 11s, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, Distrito Federal, México2004, págs. 85-99.

Bibliografía
1. Brown, Harold I., (1983), La nueva filosofía de la ciencia, Madrid, Tecnos. (Publicado originalmente en 1977).
2. Díez, José y Moulines, C. Ulises, (1997), Fundamentos de filosofía de la ciencia, Barcelona, Ariel.
3. Grünbaum, Adolf, (1984), The Fundations of Psychoanalysis, Berkeley, University of California Press.
4. Habermas, Jürgen, (1982), Conocimiento e interés, Madrid, Taurus. (Publicado originalmente en 1968).
5. Lakatos, Imre, (1975), «La historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales”, en Imre Lakatos y Alan Musgrave (eds.), La crítica y el desarrollo del conocimiento, Barcelona, Grijalbo, pp. 455-509. (Publicado originalmente en 1970).
6. Kuhn, Thomas, (1975), «Lógica del descubrimiento o psicología de la investigación», en Imre Lakatos y Alan Musgrave (eds.), La crítica y el desarrollo del conocimiento, Barcelona, Grijalbo, pp. 81-111. (Publicado originalmente en 1970).
7. Moulines, C. Ulises, (1982), Exploraciones metacientíficas, Madrid, Alianza.
8. Pereda, Carlos, (2000), «El concepto de phrónesis y su compatibilidad con la ética universalista», en M. Julia Bertomeu, et. al. (comps.), Universalismo y multiculturalismo, Argentina, EUDEBA, pp. 229-251.
9. Popper, Karl, (1962), La lógica de la investigación científica, Madrid, Tecnos. (Publicado originalmente en 1934).
10. Popper, Karl, (1983), Conjeturas y refutaciones, traducción de Nestor Miguez, Buenos Aires, Paidós. (Publicado originalmente en 1963).
11. Popper, Karl, (1985), Realismo y el objetivo de la ciencia. Post scriptum a La lógica de la investigación científica, vol. I, Madrid, Tecnos. (Publicado originalmente en 1956).
12. Popper, Karl, (1995a), «Metafísica y criticabilidad», en David Miller (comp.), Popper. Escritos selectos, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 225-234. (Publicado originalmente en 1958)
13. Popper, Karl, (1995b), «El problema de la demarcación», en David Miller (comp.), Popper.Escritos selectos, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 131-142. (Publicado originalmente en 1974).
14. Villoro, Luis, (1982), Creer, saber, conocer, México, Siglo XXI.

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