Impacto de la guerra en las mujeres

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Secuencia cinematográfica: I Guerra Mundial: El trabajo de la mujer/Documental de la época

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Trab.Mujer/hombre.



El impacto de la guerra en las mujeres
[…] A comienzos del siglo XX, la vida en las ciudades de Europa mejoró paulatinamente. El suministro de agua potable, la limpieza y pavimentación de las calles, el abastecimiento de gas y electricidad, entre los avances más importantes, aliviaron la mortalidad de todos los grupos sociales. Por ejemplo, en 1890, la esperanza de vida media de las mujeres en Gran Bretaña era de 44 años; en 1910, de 52,4 años; y en 1920, de casi 60 años. La mujer urbana abordaba una vida mejor. Aunque la mujer pobre tardaría más en la consecución de las mejoras. Al mismo tiempo, la extensión de la industrialización y el desarrollo del trabajo en cadena, que sustituyó la fuerza física por la máquina, favorecieron la incorporación de la mujer al trabajo.

Estas condiciones de la mejora de vida tuvieron como consecuencia directa un progresivo descenso del número de miembros de la familia. Ante la reducción de las familias y de los índices de natalidad, los gobiernos, en especial los europeos, reaccionaron con legislaciones que tenían como finalidad favorecer la maternidad. Así, la legislación de orientación proteccionista, los sindicatos y los nuevos trabajos fueron los elementos de cambio más importantes en la vida de las mujeres urbanas de clase obrera, entre la década de 1870 y la de 1920 (Anderson y Zinsser, 1991).

Aspectos sociales
El trabajo como actividad natural y cotidiana para los hombres, e infrecuente para las mujeres, se modificó en este de tiempo guerra. Las mujeres fueron reclamadas en el trabajo y ocuparon su espacio en las fábricas, en puestos antes reservados a los hombres. Como indican Anderson y Zinsser (1991), los «trabajos de hombres» son desempeñados temporalmente por mujeres, sin ninguna pretensión de perpetuidad.

La lectura de diversa bibliografía reseña que la I Guerra Mundial influyó en la liberación femenina y en la transformación del rol de las mujeres en la sociedad. Maurice Bardèche, periodista y escritor francés, explicaba:

«Cuando el decreto de movilización hizo desaparecer, como en una trampa, a todos los varones adultos que se podían hallar entre la Bretaña y los Urales, las mujeres se hallaron de pronto en una situación que la Historia les ofrecía por primera vez. En el vacío así creado, estas desahuciadas se hallaron de repente frente a las tareas de los varones, a los útiles de los varones, a los sillones vacíos dejados por los varones…»


Sin embargo, si se reflexiona más profundamente, la idea de que la guerra fue un instrumento emancipador de la mujer no hace más que reforzar el modelo femenino de madre-ama de casa, porque la ausencia del hombre descubre a la sociedad, en su conjunto, un rol que aúna su máxima responsabilidad en el hogar y la inserción al mundo laboral.

La continuidad del conflicto, el aumento del esfuerzo bélico conforme éste se fue prolongando y la intensificación del alistamiento masivo de soldados, hicieron necesario que los gobiernos contrataran a las mujeres para que colaborasen en la retaguardia y así, evitar el colapso industrial. La siguiente tabla, elaborada por Vidaurreta (1981), muestra y distribuye por sectores de trabajo, la presencia de las mujeres trabajadoras en los años de la Gran Guerra:

Resulta evidente que el conflicto armado se convirtió en un medio por el cual se eliminaron las barreras que separaban los trabajos masculinos de los femeninos. Las mujeres se convirtieron en operarias, montaron aviones, trabajaron en fábricas de municiones, en los ferrocarriles y en las minas, condujeron el metro, autobuses y camiones. Se convirtieron en la primera fuerza de la retaguardia y en el campo, su trabajo resultó fundamental para la supervivencia de todos los seres humanos. Este cambio dotó de confianza a la mujer y explica su nueva y necesaria emersión en la sociedad. El economista y escritor norteamericano, Raymond Robins, en Duby y Perrot (1993: 31) afirma: «Es la hora inaugural de la historia para las mujeres del mundo. Es la era de las mujeres».

La guerra desafió el concepto de feminidad existente. La necesidad de libertad para el cuerpo, favoreciendo los movimientos, implicó una nueva indumentaria y la implementación de pantalones y chaquetas. Por otro lado, los traumas producidos durante el conflicto y la obsesión por la muerte «vuelven al amor más ávido y más banal a la vez» (Duby y Perrot, 1993: 49). Se contribuyó al «advenimiento de la pareja moderna, centrada en una exigencia de realización individual y ya no patrimonial» (Duby y Perrot, 1993: 49).

Aspectos políticos
La «Segunda Revolución Industrial», iniciada hacia 1870, vino acompañada de profundos cambios políticos, económicos y sociales que estimularon el movimiento feminista a finales del siglo XIX. Las metas del movimiento feminista se relacionaron con la consecución del derecho al voto, la mejora de la educación, la capacitación profesional y la apertura de nuevos horizontes laborales, la equiparación de sexos en la familia como medio de evitar la subordinación de la mujer y la doble moral sexual. Entendemos doble moral en el sentido victoriano, donde se considera a la mujer como ser asexual cuyo impulso es la maternidad, análogo al impulso sexual del hombre. Este movimiento, como novedad, tuvo repercusión importante al acompañarse de una movilización colectiva en los distintos países, con logros sustanciales que se vieron ralentizados pero, al mismo tiempo, consolidados durante la Primera Gran Guerra.

Hasta este momento, en la historia de la humanidad, la mujer tenía una doble rígida separación en las esferas de participación social del hombre: en la producción y en la política. La guerra posibilitó la transición por necesidad y supervivencia, a una de las esferas de participación, como hemos venido relatando: la producción. Por otra parte, en un proceso más largo, aunque ya iniciado, las manifestaciones de una conciencia y de una política feminista se encontraron en las luchas por los derechos de la mujer, los movimientos sufragistas y el movimiento obrero. La esfera de participación política y su asimilación hicieron que la subordinación de la mujer al hombre se convirtiera en un aliado oculto y le sirviera para difundirla en su tarea de socialización de los hijos.

Así, la Primera Guerra Mundial trajo consigo los primeros conceptos modernos sobre la mujer y la sociedad: la aparición, por primera vez en la historia de Europa, de una sociedad mixta propiamente dicha. Mutación de la que sólo conocíamos el parcial y, por tanto, antecedente poco representativo de la obrera trabajando al lado de sus compañeros en las fábricas surgidas a raíz de la Revolución Industrial. La mujer pudo mantener una vida pública y privada, logrando un equilibrio que favoreció su desarrollo personal y profesional. Rompió con las costumbres de la época, provocó cambios sustanciales en las relaciones familiares y maritales, hasta cambios estéticos que siguieron impulsando su emancipación.

El mejor ejemplo de este cambio político es Gran Bretaña. Allí, las sufragistas perdieron, catorce veces, pugnas parlamentarias para conseguir el derecho al voto. Sin embargo, su empoderamiento como consecuencia de su contribución a la Gran Guerra fue decisivo para su obtención. Lo consiguieron, finalmente, en 1928. España seguiría el ejemplo con la Constitución de 1931, durante la Segunda República. Las mujeres españolas ejercieron su derecho al voto, por vez primera, en las elecciones de 1933. Esto también sustenta la idea, citada en líneas anteriores, de que el país no participó en la Gran Guerra directamente pero se vio involucrado ideológicamente, con sus consecuencias negativas y positivas, como en el caso del sufragio femenino. Sin embargo, la dictadura de Franco lo anularía de nuevo hasta 1975.

Consecuencia: inicio de la trasformación del estereotipo femenino
El culmen de los cambios sociales y políticos que vivió la mujer después la Primera Guerra incluyó una modificación de los estereotipos de mujeres. Para comprenderlo, consideramos necesario definir qué son el estereotipo y el estereotipo de género.

Atendiendo a Bernárdez, García y González (2008: 123), el estereotipo es una serie de opiniones, actitudes, sentimientos o reacciones de los miembros de una determinada comunidad o grupo respecto a otros, y por ende, tienen un carácter homogéneo y rígido. Desde el punto de vista cognitivo, consiste en la operación mental de adjudicar ciertas características a una serie de individuos por el hecho de pertenecer a un grupo. El estereotipo es un esquema que se aplica a la interacción social, es siempre una generalización, y como tal, poco exacta. Comunicativamente, responde a un principio de economía cognitiva: gracias a un estereotipo somos capaces de procesar una gran cantidad de información con menos esfuerzo cognitivo.

Desde esta perspectiva, se entiende que son la estandarización cultural y normas sociales, absorbidos durante el proceso de socialización. Más allá de una función de simplificación, los estereotipos son sistemas de valores a partir de los cuales los individuos se caracterizan a sí mismos y a los demás. Los rasgos de estereotipación varían respecto a las culturas y épocas históricas.

El conjunto de cualidades y características psicológicas y físicas que una sociedad asigna a hombres y a mujeres, constituye lo que se denominan estereotipos de género. Padilla (2009a: 262) añade: «Los roles y funciones asignados a hombres y mujeres por su sexo son bien distintos e infranqueables». Los estereotipos crean arquetipos, fijan un modelo de ser hombre y un modelo de ser mujer, validados socialmente. A partir de esa visión tópica construida, establecen un sistema desigual de relaciones entre ambos sexos y de cada uno de ellos con el mundo. Estos estereotipos se han construido en función de los intereses, capacidades y tareas, que se asocian a los roles tradicionalmente diferentes asignados a cada sexo.

Los estereotipos femeninos son menos variados que los masculinos y han evolucionado bastante menos. Los roles y funciones de las mujeres y de los varones se definen y atribuyen en función de su sexo. Muchas veces, se basan sólo en características psicofísicas diferentes: por ser de uno u otro sexo, las personas tienen una determinada forma de ser y actuar. Estas ideas confirman la importancia del cuerpo y de la apariencia externa de las mujeres. Además, se basan en la idea anticuada y sexista de que el ámbito público es para los varones y el ámbito privado, para las mujeres. Del mismo modo, las mujeres se relacionan con la infancia y la juventud, de cuya educación y cuidados se considera que es la principal responsable (Dirección General de la Mujer, 2003: 254-256). Justo en estos puntos, la Primera Gran Guerra modificó los estereotipos. La revisión histórica nos ha permitido demostrar que las mujeres hicieron las mismas tareas que los hombres, en las fábricas y en la línea de guerra. Pasaron del ámbito privado al público, y su tarea dejó de estar centrada en el hogar y la crianza de los hijos.

Atendiendo a la clasificación de Bernárdez, García y González (2008: 122-129), la Primera Guerra Mundial pasó de los estereotipos tradicionales, de amas de casa o mujeres contentas con el destino de género que las espera, a mujeres modernas y sexualmente activas, que están tan preparadas como los hombres para asumir los retos de la vida moderna. Mujeres que no tienen dificultades para compaginar sus facetas pública y privada, ni sufren conflictos por los avances producidos gracias al movimiento de liberación de las mujeres, aunque estos aún no las liberan totalmente de los modelos de belleza convencionales.

Conclusiones
Hemos retrocedido un siglo y desde allí, hemos revivido el comienzo de la transformación de la mujer y sus primeros pasos en la conquista de su libertad. Desde las formas físicas hasta las sociales. Desde la indumentaria hasta su psicología. El tema de género, la reivindicación de la mujer y de sus derechos, su integración dentro del ámbito de la sociedad actual, son hechos en la actualidad. Sin embargo, las situaciones de desigualdad de la mujer frente al hombre continúan siendo un problema latente.

Desde distintas publicaciones, foros y asociaciones, públicas y privadas, existen enfoques que intentan luchar contra ello desde muy diferentes visiones. No obstante, y con frecuencia, falta una mirada profunda que oriente de forma peculiar su educación y más importante, que posteriormente, desarrolle todos sus potenciales y posibilidades en su papel elegido dentro de su entorno habitual.

Al reflexionar sobre la historia de la mujer en el siglo XX y en un tiempo difícil como fue la Primera Guerra Mundial, pretendemos reivindicar su papel histórico en la retaguardia y en la línea de guerra. Todo ello obviado y discriminado por la historiografía, generalmente androcéntrica. Asimismo, deseamos colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, en sacar del olvido lo que las mujeres han tolerado a lo largo de la Historia; en la Guerra y en la Paz. Corroboramos que las situaciones difíciles les han dado a las mujeres un papel relacionado directamente con la libertad.

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Graciela Padilla y Javier Rodríguez,«La I Guerra Mundial en la retaguardia», Historia y Comunicación Social, Vol. 18, 2013, pp. 191-206.


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