La mujer según el país beligerante

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En octubre de 1914, más del 10 por 100 de las trabajadoras londinenses se hallan en paro, pero las posibilidades de reconversión en las industrias de guerra no tardan en producirse. Y si se encuentran con una fuerte resistencia por parte de los Sindicatos, en 1915, el Gobierno británico promete que los salarios serán mantenidos y que los de las mujeres y hombres serán iguales durante la guerra. Así las cosas, Lloyd George hace un llamamiento para que las mujeres vayan a trabajar a las fábricas de municiones; pronto 800.000 se incorporan, y en esta rama se llega a contar con un 60 por 100 de obreras. Otras mujeres se hacen conductoras de autobuses. Setecientas noventa y dos mil entran en la industria entre 1914 y 1918. La demanda más ingente vino de la metalúrgica. En la agricultura, 260.000 mujeres han tomado el arado. En 1917 se crean unidades militares femeninas auxiliares. Las Women's Army Auxilíary Corps guardan las vías de comunicación, antes confiadas a los territoriales, o conducen ambulancias, o trabajan en las oficinas del Estado Mayor y en las cantinas. Al término de la guerra, estas auxiliares femeninas serán 57.000, de las cuales 32.000 en la aviación y 3.000 en la marina.

Es decir, que en Inglaterra, al igual que en Francia, la guerra ha puesto de relieve y dado valor al trabajo de las mujeres; el Ministerio de Agricultura expide a todas las mujeres que se inscriben para trabajar la tierra un certificado con esta inscripción: «La mujer que aporta su ayuda a la agricultura durante la guerra sirve tan fielmente a su país como el hombre que combate en el mar o en las trincheras.» Este certificado va firmado por los ministros de Comercio y de Agricultura.

En Alemania se ha procedido más rápidamente. El Gobierno, consciente de la importancia del tema, encarga a una organización feminista, la Bund Deutscber Frauenoereinc, la organización de las mujeres, distrito por distrito, mientras dure la guerra. Estas se encargarán de abrir restaurantes económicos y guarderías y de ayudar al Gobierno a organizar el abastecimiento de las poblaciones. Quedan agrupadas en el Frauendienst ­oficina femenina­ bajo la tutela de los poderes públicos, que se encarga de abrir talleres donde las mujeres puedan trabajar. Como índica Louise Black, en Berlín, esos talleres son un auténtico éxito: «Una semana después de su apertura, 26 .000 mujeres trabajan ya en la fabricación de cartucheras, de sacos de campaña y de sábanas para los hospitales. Las alemanas trabajan también en los astilleros y en las fábricas de munición. Algunas sustituyen al zapatero o al relojero partidos al frente»1[].

La comparación de cifras entre 1913 y 1918 hace aparecer un aumento de 842.964 mujeres en los sectores industriales siguientes: minas, metalurgia, mecánica e industrias químicas. El crecimiento más sobresaliente fue el de la mecánica. En los EE. UU, en una proporción mucho más débil, encontramos también un aflujo brutal, principalmente en la industria del acero.

La entrada en guerra de Italia determinó un mayor empleo de la fuerza femenina en el campo del trabajo: las mujeres ocuparon sobre todo nuevos sectores productivos. Este ulterior progreso era debido a la falta de mano de obra masculina, pero permitió a las mujeres demostrar su capacidad. Dos circulares ministeriales, del 23 de agosto y del 11 de octubre de 1916, establecían directrices para la utilización de las mujeres en la industria bélica de tipo ligero. Se precisaba que hacia el 31 de octubre la sustitución de la mano de obra masculina por la femenina debía alcanzar el 50 por 100 y que este porcentaje debía elevarse hacia el 31 de diciembre al 80 por 100.

El 19 de marzo de 1917, una disposición decía que «donde el esfuerzo no fuere excesivo y los instrumentos suplan la habilidad profesional, se utilicen mujeres» aun en los trabajos más pesados. Hacia finales de 1915 las mujeres empleadas en la industria bélica sumaban 23.000; en 1916, 89.000; 122.000 el 31 de junio de 1917; 175.000 el 31 de diciembre del mismo año; 200.000 en octubre de 1918. En el momento del armisticio, sobre un total de 905.000 operarios ocupados en la industria bélica, el 22 por 100 estaba constituido por mujeres.

El sector en el que se registraba un mayor empleo de mano de obra femenina era el textil, que debía proveer a la producción de uniformes militares. Los empleos públicos y privados absorbían también un ingente número de mujeres y algo similar se producía en la agricultura; por todas partes la mujer demostraba hallarse a la altura de las exigencias productivas de aquel particular y difícil período2.

Y así sucedía en cuanto a otros muchos contendientes. Hasta en Rusia, donde, bajo el Gobierno Kerenski, se irá mucho más lejos aún, con la creación de batallones femeninos armados.

Sin embargo, cuando se comparan los porcentajes de las mujeres en el trabajo en 1920, inmediatamente después de la guerra, con los de 1900 con los de 1910, se puede notar que, en algunos países, éstos han bajado, y son menos importantes después de la guerra que antes: estas bajas son a menudo notables y afectan en igual medida a países beligerantes que a países que quedaron fuera del conflicto […]

La guerra y el empleo femenino

¿Qué es lo que se desprende, pues, de estas estadísticas? ¿Es que la guerra no ha tenido ninguna influencia sobre el empleo femenino? De hecho, esta sorprendente estabilidad, ese poco efecto producido por la guerra de 1914-­1918, incluso los descensos, esconden dos fenómenos muy interesantes:

  1. Hubo un aumento brutal del número de mujeres durante las hostilidades, pero la regresión, «le retour au foyer», fue también fuerte, una vez terminada la guerra.
  2. Los porcentajes tan estables y las disminuciones, esconden un profundo cambio cualitativo: las mujeres cambian de clases de actividades, se observa un neto deslizamiento de la mano de obra femenina de un sector a otro de la economía3.
  3. En los casos de los países con descensos, se registra la presencia, o bien de sociedades preindustriales o arcaicas (Austria, Italia), o bien de naciones ocupadas o que constituyeron zona de combate casi permanente (Bélgica). Al revés, el caso de Suiza no es representativo dado que, islote en una Europa atravesada por la guerra, se dedicó a abastecer a todos los beligerantes, alcanzando pronto cotas de pleno empleo.

Se puede afirmar, pues, que la contribución de la mujer al esfuerzo bélico fue notable y cuando volvió la paz, y con ella la desmovilización, se produjeron dos hechos básicos:

  • No todas las mujeres tuvieron que abandonar sus puestos recién adquiridos, aunque sí la mayor parte.
  • Se reconoce a las mujeres el referido esfuerzo y contribución realizados, concediéndoles una serie de derechos económicos y políticos.

No todas las mujeres volvieron, pues, al hogar. La idea de aluvión se halla implícita en este texto de A. Michel y G. Texier: «Las americanas y las inglesas ejercieron, en el transcurso de la guerra de 1914-18 y 1939­-1945, profesiones de las que fueron eliminadas en cuanto retornaron los veteranos. Las mismas francesas fueron excelentes técnicas de la metalurgia y de la industria aeronáutica durante la guerra de 1914­-1918, profesiones que les fueron vetadas desde entonces…»

María Vidaurreta Campillo Reis, «La guerra y la condición femenina (1914-1918): Análisis comparativo. La Primera y la Segunda Guerra Mundial en los países beligerantes», Revista española de investigaciones sociológicas, Nº 1, 1978, pp. 65-104.


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