De cafés y cabarets

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Durante las tres primeras décadas del siglo XX los cafés artístico-literarios y los cabarets acogieron a numerosos grupos de vanguardia que hicieron de él su centro de reunión. El lazo que los unió a ciertos locales llegó a ser tan fuerte que es difícil comprender el desarrollo de movimientos artísticos como el Futurismo, la Escuela de París, el Surrealismo o el Dadaísmo, sin tener en cuenta la influencia estos espacios contenedores. Sin embargo, a diferencia de generaciones anteriores, los artistas de vanguardia mostrarán poco interés por la temática de café.

Dentro de las excepciones encontramos corrientes como el Cubismo que siguen conservando en su repertorio temático escenas de café. Se sabe que muchas de las naturalezas muertas de Picasso, Braque y Juan Gris fueron variaciones de bocetos realizados sobre las mesas de los cafés, donde observamos elementos recurrentes como periódicos, vasos, botellas o juegos de mesa. Temática aparte, podemos considerar al Cubismo como el primer movimiento de vanguardia histórica que mantiene una estrecha relación con el café.

Si bien es cierto que en sus inicios Picasso y Braque optaron por proteger sus producciones cubistas fuera de la discusión pública tanto tiempo como pudieron, en 1910 sus extrañas pinturas ya habían alcanzado fama internacional y un gran número de artistas jóvenes hechizados por el nuevo movimiento habían abandonado el estilo fauvista para adentrarse en la compleja teoría cubista. Fue sobre estas fechas cuando comenzaron a reunirse con asiduidad, alternado las visitas a sus estudios (muchos de ellos situados aún en Montmatre), con la cita obligada en el «Café la Closerie des Lilas», donde analizaban y discutían las innovaciones de Picasso y Braque. En el café confluirán por una parte la vieja generación de poetas y escritores de la revista literaria Vers et Prose, encabezados por Paul Fort, y por otra, al joven grupo cubista formado por Robert Delaunay, Jean Metzinger, Albert Gleizes, Henri Le Fauconnier, Fernand Léger y los hermanos Duchamp, creando una atractiva sinergia.

En cuanto a las representaciones que hacen del café los cubistas, veremos que existen notables diferencias entre ellos. Las pinturas de Picasso y Braque suelen presentarlo de manera más sutil, en ellas desaparece la figura humana y se trabajan los primeros planos de las mesas; llegando en la fase analítica a distinguirse únicamente por la tipografía que certifica su identidad. Tiempo más tarde artistas como Juan Gris se inscribirán al movimiento cubista, abandonando el carácter científico de la primera etapa.

Juan Gris llegó a París en 1906 y a los pocos días de su estancia conoció a Picasso, Apollinaire, André Salmon, Max Jacob y Braque, que lo introdujeron en la nueva corriente estética que estaban ideando. En 1911 comenzó a realizar sus primeros cuadros cubistas entre los que se encuentra Hombre en el café, retrato irónico de un burgués de la época, vestido ridículamente, que sentado en la terraza de un café adopta una postura artificial. Seguramente Gris proyecta en esta imagen el tono humorístico de las viñetas que realizaba en ese momento para revistas satíricas como Le Rire o Le Charivari. Otros cubistas como Pierre Hodé se decantan igualmente por las vistas panorámicas o el retrato a la hora de abordar la temática de café.

En Praga, el movimiento cubista checo ─el cual se desarrolló en la pintura, escultura, arquitectura, mobiliario y decoración interior─ tuvo sus espacios predilectos como el «Café nocturno Sondota», abierto en 1911 o el «Grand Café Orient», del cual hablaremos más adelante. De la misma época es la pintura del pintor praguense Bohumil Kubista, titulada Le Café d´Harcourt.

Siguiendo la estela de la bohemia francesa, el movimiento futurista estableció desde un principio sus centros de reunión en los cafés de las ciudades en las que germinó. Desde su condición de movimiento mediático, el futurismo se dio a conocer al mundo el 20 de febrero de 1909 cuando Marinetti publicó en el periódico francés Le Figaro su incendiario manifiesto. Éste llegó desde París hasta las tradicionales mesas del «Caffè Giubbe Rosse» y fue recibido con entusiasmo por sus parroquianos.

El escritor y periodista Giovanni Papini, uno de sus más fieles clientes, recordaba años después que cuando leyó el manifiesto se lo mostró inmediatamente al escritor y pintor Ardengo Soffici en el célebre café florentino y esté comentó al respecto:

«Finalmente hay alguien en Italia que siente el disgusto y el peso de todos los vejestorios que nos meten en la cabeza y entre las piernas, nuestros maestros. ¡Hay alguien que trata algo nuevo, que celebra la temeridad y la violencia y es por la libertad y la destrucción!… Lástima, que sientan la necesidad de escribir con este énfasis, y que se presente con aires de bufones trágicos que quieren dar miedo a los complacidos espectadores de una matiné».

Una vez consolidado el grupo en 1913, los futuristas florentinos, congregados alrededor de la revista Lacerba, ocuparon la tercera sala del «Giubbe Rosse» convirtiéndola en su sede fija (aunque también se dejaran ver por el «Caffè della Rosa»). Las reuniones dirigidas por Filippo Tommaso Marinetti, contaban con la presencia de Giovanni Papini, Giuseppe Prezzolini, Dino Campana, Carlo Emilio Gadda, Umberto Boccioni y Eugenio Montale, entre otros. De estos encuentros nacieron los polémicos artículos de Papini, los estudios de filosofía y pintura de Ardengo Soffici, el estudio de Italo Tavolato Contro la morale sessuale y donde los futuristas milaneses y florentinos confeccionaron los manifiestos, postales y catálogo de la exposición de pintura futurista de la calle Cavour (1913).

Durante los años más activos del futurismo el propietario del local era un suizo alemán llamado Andrea Joun a quien Alberto Viviani recordaba como un hombre trabajador y servicial que se interesaba en todo momento por el bienestar de sus clientes, los cuales eran molestados mientras jugaban pacíficamente al ajedrez por las voces enérgicas de los futuristas. Asimismo, los camareros del café intervenían frecuentemente en las discusiones de las mesas de la tercera sala. En varias ocasiones el «Giubbe Rosse» se utilizó para celebrar las celebraciones futuristas que duraban hasta las tres de la mañana. El propietario cerraba las persianas para evitar las multas del horario de cierre. Los futuristas bailaban y cantaban frenéticamente descorchando botellas del mejor champagne, dejando las marcas de los corchos en el techo.

Paralelamente a la acción futurista en Florencia, Milán tuvo su propia sede en el «Caffè Centro». Allí mantendrán entusiasmadas conversaciones acerca del arte milanés, al que consideraban agotado, y buscarán desesperadamente crear algo nuevo como alternativa al arte nacional existente. El pintor Carlo Carrá declarará en su libro La Mia vita (1943), como todas las noches se citaba en el «Caffè Centro» junto a sus jóvenes amigos ─emulando de alguna manera a los macchiaioli en el «Caffè Michelangelo» de Florencia─, hasta que en febrero de 1909, Boccioni, Russolo y él conocieron a Marinetti, que vivía en la calle Senato, a poca distancia del establecimiento. Concertaron una reunión con él en el café y esa misma noche decidieron unirse al futurismo, integrando la pintura a un movimiento que por aquel entonces sólo contemplaba la literatura. Meses más tarde se redactaba en las mesas del local el primer manifiesto de la pintura futurista, según Carrá:

«Difundido a varios miles de ejemplares algunos días más tarde. Este grito de temeridad y de rebelión abierta en el gris del cielo artístico de nuestro país hizo el efecto de una violenta conmoción eléctrica».

Para el pintor milanés los cafés serían el punto neurálgico del pensamiento artístico de vanguardia tal como lo describe en sus memorias:

Es una generación, la mía, que todavía comprende el café como sucursal del atelier. Y en efecto, nosotros hemos pasado los años de nuestra vida en los cafés; una hora por aquí, una hora por allá, según el humor y las circunstancias, debatiendo ideas y haciendo los programas, luchando y posiblemente llegando a las manos, por el arte. Y fue justamente en el café donde se sembraron las semillas de iniciativas y movimientos artísticos; y así fue como realizamos la renovación del gusto en Italia1»

Asimismo, fuera de las fronteras italianas, encontramos otros locales que serán frecuentados por el grupo futurista. Como sabemos la ambición de Marinetti fue desde siempre expandir sus doctrinas fuera de Italia y hacer del futurismo un movimiento internacional; y para ello era necesario viajar a París, epicentro del arte de vanguardia, y vocear mediáticamente su proyecto artístico. En 1911, Tomaso y sus compañeros llegaron a la capital francesa para organizar su primera exposición en el extranjero y siguiendo la tradición de reunirse en cafés, se introdujeron de lleno en la vida de café parisina. Entre las numerosas anécdotas que vivieron los futuristas durante su estancia francesa, destaca la protagonizada por Marinetti y Gino Severini.

Marinetti insistió para que lo acompañara al «Café Closerie des Lilas» con la intención de presentarle al poeta Paul Fort. A pesar de su timidez, Severini accedió e inmediatamente quedó cautivado por el poeta, y sobre todo por su joven hija, Jeanne Fort, conocida como la princesa de la Closerie. A partir de ese momento, Severini se convirtió en visitante asiduo de la «Closerie des Lilas» y en 1913 decidió casarse con la joven Jeanne.

Dicen que al anunciar sus planes de boda fue duramente criticado por los futuristas y amenazado con la expulsión del movimiento. Pero Marinetti, sabedor del valor publicitario de cualquier acontecimiento relacionado con Paul Fort, accedió a hacer de testigo. El banquete de boda se celebró en el «Café Voltaire», lugar habitual de las reuniones de los poetas simbolistas.

Un fabricante de moldes de yeso italiano regaló a los recién casados una versión de la Victoria de Samotracia y durante el festejo, Max Jacob puso a la Victoria en el centro de la mesa exclamando: «En semejante reunión de futuristas esta vieja estatua no tiene sentido2», y, ante el horror de los recién casados, cogió una botella e hizo añicos la estatua.

Apenas un año después de la publicación de su manifiesto, el futurismo italiano consiguió cautivar a un grupo de jóvenes creadores de la lejana Rusia, que vieron en sus doctrinas una válvula de escape a su descontento y sentaron las bases de una rebelión anunciada. Bajo el nombre de «Cubofuturismo» nació en Moscú una línea disidente y completamente radical del futurismo ─que aunque se asentaba en la ideología comunista y renegaba de la paternidad italiana─, guardaba grandes similitudes con el movimiento de Marinetti. Una de aquellas analogías era la de establecer en cafés y cabarets sus plataformas de agitación y sus centros de reunión.

Tanto en San Petersburgo como en Moscú, los cubofuturistas dispusieron de locales para organizar sus tertulias y promover sus actividades; hecho extraordinario, puesto que en Rusia los artistas e intelectuales carecían de una tradición de café artístico-literario. No obstante, esta nueva élite artística nada tenía que ver con la aristocracia zarista y era evidente que buscaran un terreno acorde a sus ideas, viendo en estos establecimientos públicos la base de la democracia. Los primeros cenáculos se organizaron en el «Café El Perro Callejero», situado en la plaza Mijailovskaia en San Petersburgo. Fue allí donde los poetas Jlébnikov, Anna Andreievna, Maiakovski, Burliuk y los directores de la revista literaria Satyricon, empezaron a conocer los textos futuristas.

A medida que el grupo fue cobrando forma, sus integrantes, buscando publicidad fácil y gratuita, optaron por realizar «veladas escandalosas» al estilo italiano. Cada noche los cubofuturistas creaban un espectáculo demencial e irreverente que atraía a un gran número de personas que llegaban desde todos los puntos de la ciudad en busca de diversión y enfrentamiento, garantizados por las duras discusiones que se mantenían sobre temas artísticos y que desembocaban en violentas peleas físicas.

Las actividades eran muy diversas, desde conferencias como la de Víktor Shlovski sobre «El lugar del futurismo en la historia del lenguaje», a la redacción de manifiestos colectivos o la proyecciones de films como Drama en el cabaret nº 13; película que ilustraba la vida futurista y tenía a Maiakovski en el papel principal y al payaso y acróbata del «Circo Estatal», Lazarenko, en el papel secundario. No obstante, a pesar del éxito alcanzado, la naturaleza inquieta e innovadora de los futuristas rusos hizo que pronto se cansaran de la previsible audiencia del café y lo abandonaran en busca de nuevos retos. El «Perro Callejero» ya no cumplía sus expectativas, se les había quedado pequeño y necesitaban un público más amplio, por eso decidieron trasladar aquel provocativo espectáculo a las calles de San Petersburgo: «recorrieron las calles con vestimentas escandalosas, las caras pintadas, luciendo chisteras, americanas de terciopelo, pendientes y rábanos o cucharas en los ojales3».

Siguiendo el patrón del «Perro Callejero», Maiakovski, líder del movimiento cubofuturista, inauguró en Moscú el cabaret literario la «Linterna Roja» en 1913. El local funcionó como plataforma de sus obras y dio a conocer a los moscovitas esta llamativa tendencia que fusionaba elementos del pasado con los más novedosos. El establecimiento disponía de una gran sala con una mesa en el centro y otras alrededor para formar una más grande en las que se sentaba el público. Las paredes del local estaban decoradas con dibujos absurdos: torsos de mujer, cerdos, caballos, etcétera. Encima de la puerta del lavabo había una inscripción en semicírculo que rezaba: «Palomo despliega las alas… palomos desplegad las alas». Adherida al muro podía verse una lata de sardianas vacía.

Mezclados con el público, los futuristas se hacían notar con sus atuendos extravagantes, discutían acaloradamente entre ellos. Cada noche Maiakovski subía al escenario y cantaba el himno de los cubofuturistas:

«Comamos piñas
bufones estúpidos
mientras quede con vida
el último burgués»


Y, seguidamente, armado con un plato de carne en una mano y una campanilla en la otra, comenzaba a recitar:

«Hoy nuestras palabras
apenas si pueden llegar a la calle
escapando por las chimeneas de los teatros.
Mañana
la calle se llenará de nuestras voces.»


En Londres el movimiento británico llamado «Vorticismo» ─nombre acuñado por Ezra Pound en 1913, posiblemente en referencia a la afirmación de Boccioni de que toda obra de arte debía originarse en un estado de vorágine (vortex) emocional─ impulsado por el pintor y escritor Wyndham Lewis bajo la influencia del cubismo y el futurismo, tuvo también su lugar de tertulia en el «Café Royale» y el «Café de la Torre Eiffel». El manifiesto del movimiento se publicó en el número uno de la revista Blast (1914-1915), órgano teórico del grupo, un año antes de su primera exposición en Inglaterra en la «Doré Gallery».

Aunque de corta vida, el grupo se disolvió en 1917, el vorticismo fue el primer movimiento organizado hacia la abstracción en el arte inglés. Los intereses temáticos se centraron más en la arquitectura que en los interiores, por eso no veremos cuadros que retraten la vida de café. Una excepción es el cuadro de William Roberts The Vorticists at the Restaurant de la Tour Eiffel, realizado entre 1961 y 1962 […]. La escena parece celebrar la aparición del primer número de Blast, si bien la fecha aludida en el título «Spring 1915» no se correspondería, ya que su publicación data de 1914. Joe, el camarero, trae dos copas y una botella a las dos mujeres que entran por la puerta, Jessica Dismorr y Helen Saunders, únicas mujeres que formaban parte del movimiento desde sus orígenes, y que participaron en las exposiciones organizadas, así como en el manifiesto de Blast. La parte derecha de la obra está ocupada por un cuadro vorticista […].

En España la repercusión de los movimientos cubista y futurista dará como resultado al movimiento «Vibracionista». Esta corriente estética, fundada en 1917 por los pintores uruguayos Rafael Pérez Barradas y Joaquín Torres García en Barcelona, se centrará en representar el dinamismo de la ciudad, combinando el cubismo con la pintura del futurista italiano Gino Severini. Cabe destacar que el vibracionismo acompañará al movimiento ultraísta en casi todas sus publicaciones y que será adoptado por algunos de sus miembros para definir sus proyectos literarios. Torres García, que había frecuentado «Els Quatre Gats» y experimentado con el modernismo, dará un giro radical en su obra al conocer al poeta Joan Salvat-Papasseit, quien lo aleccionará en las nuevas propuestas de la vanguardia europea.

Por su parte, Barradas había entrado en contacto con los futuristas en Italia, lo que le confería una experiencia directa sobre el movimiento. El trío formado por Torres García, Barradas y Salvat-Papasseit utilizará como medio de difusión las publicaciones minoritarias Un Enemic del Poble (1917-1918), Arc-Voltaic (1918), ambas ilustradas por los dos pintores. Asimismo, al igual que otras corrientes análogas, el vibracionismo se forjará en las mesas de café. Barradas, gran amante de sus tertulias, participará activamente no sólo en las reuniones de los establecimientos barceloneses, sino también en las del «Café-Botillería Pombo», el «Café del Prado» o el «Café Social de Oriente» en Madrid. Allí entablará relación con Ramón Gómez de la Serna, César González-Ruano, Guillermo de Torre, Jorge Luis Borges, Benjamín Jarnés, Humberto Pérez de la Ossa, García Lorca, Salvador Dalí o Luis Buñuel. Dibujante prolífico, era frecuente verlo expresar sus ideas directamente en las mesas de mármol, mientras debatía con otros artistas y poetas. El entusiasmo que sentía por estos locales lo llevó a realizar numerosos cuadros que tenían como protagonista el espacio animado de los cafés, en donde la clientela se comprime en una confusión de colores intensos y formas geométricas […]


Milagros Angelini Vega, La actuación del café histórico en la cultura occidental. Análisis de la comunidad artística en el Café y el Cabaret, tesis doctoral, Universidad Miguel Hernández de Elche - Departamento de Arte - Facultad de Bellas Artes de Altea, 2013, pp. 231-238.


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